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A principios de mes, un artículo sobre el Alzheimer publicado en Nature Medicine recibió atención de los medios de comunicación en varias partes del mundo. En él, un grupo de científicos cuenta cómo pudo comprobar la relación entre niveles bajos de irisina, La hormona producida por el organismo durante el ejercicio físico, y la pérdida de memoria en pacientes con la demencia.
 
En las pruebas con ratones que involucraron la administración de la hormona y la realización de ejercicios físicos, los investigadores fueron capaces de revertir la pérdida de memoria en los animales con Alzheimer y prevenir los efectos de la demencia en animales sanos. Se trata de un paso importante para el desarrollo de un posible tratamiento para la enfermedad, que ya alcanza cerca de un millón de brasileños, 35 millones de personas en el mundo, y aún no tiene cura. Por eso la gran repercusión en los medios.
 
En Brasil, el estudio recibió aún mayor destaque por haber sido liderado por investigadores de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), una de las más importantes del país. Allí, un grupo de científicos liderado por Sérgio Ferreira y Fernanda De Felice se dedica a comprender, a nivel molecular, los mecanismos que llevan a pérdidas de función cerebral, entre ellas la memoria, en la enfermedad de Alzheimer.
 
En más de una década de investigación, el grupo ha realizado descubrimientos relevantes, publicados en revistas internacionales de alto impacto, y no es la primera vez que señala caminos para el mejor control de la enfermedad. El artículo en Nature Medicine es una prueba más de la calidad del trabajo del grupo y también de la ciencia brasileña que, incluso con graves problemas de financiamiento, todavía logra producir conocimiento relevante para el país y para el mundo. Pero, ¿hasta cuándo?
 
El grupo de Ferreira y De Felice es solo uno de los muchos que ya sufren el impacto de la crisis que asola la ciencia en el país y en América Latina. De acuerdo con los investigadores, el estudio con la irisina solo fue posible porque De Felice consiguió financiamiento en el exterior. Si antes soñaban con pasar de sus investigaciones básicas con animales de laboratorio a estudios clínicos con seres humanos, hoy tienen que preocuparse de mantener las condiciones mínimas de trabajo en sus departamentos.

Dimensión de la crisis y reacciones
Para caracterizar mejor la crisis de la ciencia en América Latina, vale recurrir al informe “El Estado de la Ciencia”, publicado por la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología Iberoamericana e Interamericana (Ricyt), con apoyo de Unesco. El documento presenta una serie histórica de datos que detallan la situación de la ciencia y la tecnología (CyT) en la región entre 2007 y 2016.
 
Allí se puede verificar que, después de un período de significativo crecimiento, las inversiones en el sector comienzan a sufrir una reducción en 2015, siguiendo un estancamiento económico del bloque iniciado el año anterior. Entre los países más afectados están Brasil y México, que representan, respectivamente, 60 y 17 por ciento de las inversiones regionales en CyT.

Más que inyectar recursos en nuevas tecnologías e innovaciones, los gobiernos latinoamericanos deben restablecer su ciencia básica, opina Carla Almeida.

  
En 2016, Brasil invirtió 1,28 por ciento del PIB en el área, mientras que México, 0,50 por ciento. Para tener una idea, Corea del Sur e Israel superan 4 por ciento y Estados Unidos y Alemania se acerca al 2,8 por ciento.
 
Claramente, la situación no es buena e impone una reacción inmediata, antes de que empeore y saque a América Latina de vez del mapa de la ciencia mundial. Presionados por la comunidad científica de sus respectivos países, los nuevos presidentes electos en México (Andrés Manuel López Obrador) y en Brasil (Jair Bolsonaro) —que representan lados opuestos en sus posiciones políticas— ya prometieron que van a recomponer el presupuesto del sector. Pero aún se desconoce de dónde van a sacar los recursos y dónde los asignarán.
 
En Brasil, como se mencionó en la última edición de 2018 de esta columna, las declaraciones de campaña del presidente electo de ultraderecha sobre una mayor aproximación al sector empresarial y el direccionamiento de más recursos para nuevas tecnologías generaron preocupación en relación con el futuro de la ciencia básica en el país.
 
Los discursos del nuevo ministro de la cartera, Marcos Pontes, llenos de términos como innovación y “tecnologías aplicadas”, y los nombramientos de dos ingenieros en aeronáutica para comandar las principales agencias nacionales de fomento a la investigación no aliviaron las tensiones.
 
Primero la ciencia básica
No es un error defender la idea de que Brasil y a otros países de América Latina deben invertir más en tecnología de punta e innovación tecnológica y, con ello, convertirse en generadores de más riquezas a partir del conocimiento que producen. Lo cierto es que tenemos problemas en animarnos a dar ese gran salto. Pero, para eso, cada uno necesita hacer su parte correctamente.
 
No es lo que está sucediendo. En los países desarrollados, la mayor parte de los recursos dirigidos a CyT provienen del sector empresarial, que invierte mucho en investigación aplicada, generando nuevos procesos, servicios y productos. A los gobiernos les corresponde financiar sobre todo la ciencia básica y las investigaciones de interés nacional. En América Latina, la historia es otra. El sector público financia más de la mitad de la inversión en CyT y la participación de las empresas en el presupuesto dirigido al sector es pequeña. De acuerdo con el informe de Ricyt, en 2016, la proporción fue 59 por ciento de recursos públicos y 35 por ciento de inversión privada en CyT en la región.
 
Sin embargo, si todo va bien en la economía y la ciencia básica está bien protegida, como era el caso en América Latina hasta 2014, puede incluso tener sentido que los gobiernos quieran invertir en nuevas tecnologías e innovación, asumiendo el papel que debería ser protagonizado por las empresas.
 
Después de todo, alguien tiene que hacerlo. Pero esta no es la realidad actual. Los laboratorios tienen infraestructura desfasada, los proyectos reciben menos fondos de los que necesitan y las becas de postgrado están menguando. Ya podemos prever una nueva ola de fuga de cerebros. Así, no hay ciencia básica que resista.
 
En ese escenario, más que planificar inversiones en nuevas tecnologías e innovaciones, el gobierno brasileño necesita restablecer la salud de su ciencia básica. Invirtiendo en ella, de forma consistente y continua, fue que el país ganó destaque, por ejemplo, en el área agrícola, y en el campo de las enfermedades tropicales, participando de forma decisiva en el control de la reciente epidemia de zika. Es a partir de ella que el país produce conocimiento relevante para sí mismo y para el mundo, como sucede ahora con las investigaciones sobre el Alzheimer.
 
Es claro que debemos querer ir más allá. Sería bueno poder dar el paso siguiente y realizar los ensayos clínicos con la irisina en Brasil. Mejor aún si logramos finalmente transformar los resultados de esas investigaciones en un nuevo tratamiento para la demencia, beneficiando a millones de personas en Brasil y en el mundo y ganando dinero con ello. Pero, así como en la ciencia, en la política científica también es imprudente quemar etapas.
 
Por otro lado, el gobierno debe, sí, trabajar en una mayor aproximación entre los sectores científico y empresarial. La falta de diálogo entre ellos es, sin duda, un obstáculo importante para la transposición del conocimiento científico a la aplicación clínica o tecnológica. Este es un desafío antiguo para la CyT brasileña y latinoamericana, que hasta ahora no se ha logrado, ni aún en tiempos de bonanza. Sería interesante conocer los planes concretos del nuevo presidente de Brasil para atacar el problema.

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