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En enero de 2016, este espacio —el Radar Latinoamericano— compartía con sus lectores algunas preocupaciones derivadas de la elección de Donald Trump en Estados Unidos, sobre todo en lo que se refiere a la lucha contra el cambio climático, considerado uno de los mayores desafíos enfrentados hoy en el planeta.
 
Como prometió en campaña, pero tardó en anunciar, Trump decidió, en junio de 2017, abandonar el Acuerdo de París firmado por 195 países, que se impusieron metas para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero hasta 2025 e intentar impedir un catastrófico aumento de 2ºC en la temperatura media global hasta el final del siglo. En América Latina, solo Nicaragua no es signataria del tratado.
 
Como era de esperar, el anuncio fue lamentado por diversos países, sobre todo por los líderes en las negociaciones climáticas, conocidas por ser largas, arduas y de difícil consenso. Francia, Italia y Alemania, en un comunicado conjunto, transmitieron su pesar y negaron la posibilidad de renegociación del acuerdo, como era deseo de Trump.
 
El gobierno de Brasil, que actúa como importante articulador entre las naciones emergentes y desarrolladas, lanzó entonces otro comunicado expresando su decepción y preocupación por el impacto negativo que la salida de Estados Unidos podría tener en el combate al problema. En aquel momento era imposible siquiera pensar que el país pudiera ser el próximo en abandonar el barco.

“Después de 14 años de presidentes de izquierda en el poder y de dos años de un gobierno transitorio, los brasileños eligieron en octubre de este año, en una de las votaciones más intensas de la historia del país, un nuevo presidente”.

Carla Almeida

 
Pero resulta que la marea cambió en Brasil. Después de 14 años de presidentes de izquierda en el poder y de dos años de un gobierno transitorio —que sucedió al juicio político de la ex presidenta Dilma Rousseff—, los brasileños eligieron en octubre de este año, en una de las votaciones más intensas de la historia del país, un nuevo presidente. Esta vez fue el militar de reserva Jair Bolsonaro. Afiliado al Partido Social Liberal, de ultraderecha, Bolsonaro viene a sumarse a presidentes de inclinación semejante elegidos sucesivamente en América Latina en los últimos años, confirmando una tendencia derechista cada vez más nítida en la región.
 
El diputado federal entre 1991 y 2018, Bolsonaro es conocido por sus posiciones polémicas en casi todas las áreas. El ambiente, por desgracia, está entre ellas. El presidente electo tiende al escepticismo en relación con el calentamiento global y ya manifestó intención de retirar al país del Acuerdo de París. También ya ha pensado juntar el Ministerio de Agricultura con el del Ambiente. ¿Y qué piensa sobre las reservas ambientales y las tierras indígenas? Que son un obstáculo al desarrollo.
 
Por estas y otras razones, Bolsonaro ganó el apodo de Trump Tropical y todo indica que sus medidas (anti) ambientales representarán un enorme retroceso ante las conquistas hechas en las últimas décadas en términos de legislaciones y políticas conservacionistas en América Latina.

Amazonia en juego
 
Sin mucho dominio sobre el tema, Bolsonaro, afortunadamente, ha vuelto atrás en relación a algunas ideas. Después de los reclamos surgidos de varios sectores, dentro y fuera del país, ya no está tan convencido sobre la salida de Brasil del Acuerdo de París. Y luego de recibir críticas hasta de los ruralistas, también está repensando la fusión de los ministerios de Agricultura y Ambiente.
 
Tales medidas pueden ser vistas con malos ojos por ahí. El mercado internacional es cada vez más exigente con respecto a la procedencia de los productos agrícolas y la sostenibilidad de los procesos de producción. Es decir, tanto el abandono del acuerdo como la subordinación de una instancia reguladora a un sector a ser regulado, de forma tan abierta, en lugar de facilitar, pueden perjudicar al agronegocio.
 
De todos modos, el discurso del presidente electo ya diseminó internamente el mensaje de que existe carta blanca para la deforestación por parte del nuevo gobierno, solo que aun no está seguro de cómo llevará a la práctica. Así, aunque permanezca en el Acuerdo de París, será cada vez más difícil para Brasil alcanzar las ambiciosas metas de reducción de emisiones con las que se ha comprometido. Y si el país, que es el principal articulador del tratado en América Latina, no cumple sus metas, ¿qué van a decir a sus vecinos?
 
En ese escenario, ¿cómo queda la Amazonia, el mayor bosque tropical del mundo, que responde por una parte inestimable de la biodiversidad del planeta, acoge a las últimas comunidades indígenas de las Américas y regula las lluvias en toda la región sur? Protegerla ha sido una tarea ardua, que moviliza a muchos actores y depende de voluntad política. Si no existe, los esfuerzos realizados hasta aquí naufragarán, con graves consecuencias para la vida local y global.
 
Democracia a prueba
 
Defensor del liberalismo económico y del conservadurismo social, diseminador de pensamientos preconcebidos que atropellan los derechos humanos, el presidente electo promete grandes cambios en áreas de salud, ciencia y educación, con potencial impacto en toda América Latina, dada la fuerte influencia del país en la región y el contexto político favorable.
 
Por sus declaraciones públicas y su programa de gobierno, se teme, por ejemplo, por el desmantelamiento del Sistema Único de Salud y del programa brasileño de lucha contra el Sida, dos proyectos que han servido de modelo para diversos países y de los cuales dependen miles de personas. Con su acercamiento cada vez mayor a la iglesia evangélica, también es posible prever retrocesos en el debate sobre el aborto, un problema grave de salud pública en el país que venía ganando atención.
 
En el campo de la ciencia, todavía hay muchas indefiniciones. En campaña, Bolsonaro prometió aumentar la inversión nacional en el sector de cerca de 1,2 por ciento al 3 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) del país en cuatro años, pero no ofreció muchas pistas de cómo pretende viabilizarlo. Una mayor aproximación con el sector empresarial y la inyección de recursos más sustanciales en nuevas tecnologías también están en el tapete. A pesar de ser bien recibidas, tales metas generan cierto temor sobre el destino de las ciencias básicas en el país, altamente dependientes de fondos públicos. El futuro de los posgrados brasileños, responsables por gran parte de la producción científica nacional, también está abierto. Se habla de transferir su gestión del Ministerio de Educación al Ministerio de Ciencia, Tecnología, Innovaciones y Comunicaciones. La propuesta ha causado polémica y tiende a ser recibida de forma negativa por la Academia. Hay un entendimiento de que la educación debe ser pensada y administrada de forma integrada, teniendo en cuenta todos sus niveles.
 
En lo que se refiere a la educación se especula sobre el mantenimiento de la gratuidad de las universidades públicas y del sistema de cuotas adoptado en gran parte de ellas, que ha promovido inclusión en la enseñanza superior. En cuanto a la educación básica, ya se habló de cambiar los métodos y currículos, de implementar la enseñanza a distancia y enseñar creacionismo en las escuelas. En este sentido, existe un movimiento creciente de persecución a los profesores que abordan cuestiones políticas y sociales en el aula, acusados de enseñar contenido inapropiado, diseminar ideologías y engatusar a los alumnos.
 
Por estos y otros motivos, la victoria de Bolsonaro, en el momento en que la derecha radical crece en América Latina, aumenta los temores de un posible retorno de gobiernos autoritarios en una región que no es novata en el asunto. Se conocen bien los efectos devastadores de una dictadura, para todos los campos del conocimiento. La ciencia y la sociedad necesitan libertad y espacio para la contestación. Los próximos años serán una prueba de fuego para la frágil democracia latinoamericana. Radar conectado.

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