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  • Hay que repensar la infraestructura de la innovación

Para impulsar el desarrollo, la educación superior en países pobres necesita infraestructura para la innovación, dice Arnoldo Ventura.

La velocidad de los cambios tecnológicos y la sofisticación de las sociedades generan nuevas necesidades en los países en desarrollo, a las que no se puede responder con los métodos, tecnologías y decisiones tradicionales.

Para abordar los desafíos sociales y abrir caminos que conduzcan al progreso, se necesitan enfoques más innovadores, basados en la información, la experiencia y las capacidades que se adquieren por medio de la educación superior.

Desempeño insuficiente

Muchos países en desarrollo cuentan con universidades y escuelas técnicas tradicionales y prestigiosas que reciben encomiable apoyo financiero, tanto interno como externo. La Universidad de West Indies, por ejemplo, se creó en 1948; sin embargo, este tipo de universidades no ha logrado impulsar el desarrollo socioeconómico o proteger de manera adecuada el medio ambiente.

América Latina y el Caribe tienen en promedio 700 investigadores e ingenieros por cada millón de habitantes, pero sus aportes a la innovación y el desarrollo han sido escasos. El hecho de que las universidades de la región no hayan contribuido al desarrollo tanto como se esperaba es una queja habitual de políticos y otros lideres sociales.

La recesión mundial ha significado para muchos países en desarrollo la pérdida de mercados donde colocar sus productos, de modo que los dirigentes lanzan exhortaciones para que haya más graduados en ciencia, tecnología e ingeniería que puedan mejorar la productividad, diversificar productos y curar así los males económicos. Pero el incremento en la cantidad de estudiantes en el pasado no ha redundado en mayor innovación, lo que sugiere que la educación superior atraviesa problemas más de fondo.

Una dificultad evidente es la falta de colaboración entre los académicos y los industriales: las destrezas, los conocimientos, las perspectivas y las energías se desarrollan y encauzan hacia la realización de proyectos aislados, diseñados por agencias especializadas con objetivos particulares, carentes de la sinergia que resultaría de acumular sus efectos positivos. Además, muchos de los resultados o beneficios de estos proyectos no tienen continuidad una vez concluida la investigación y ni siquiera se conjugan con otras iniciativas que surgen en áreas o departamentos afines.

A lo anterior se añade otra dificultad: un enfoque equivocado de la educación superior. Por ejemplo, en Jamaica se privilegian las carreras científicas y tecnológicas (CyT) con mayor orientación académica, en desmedro del abordaje de los aspectos técnicos de orden práctico, lo que retrasa la transferencia del conocimiento hacia la producción de bienes y servicios que necesita la sociedad. Más aún, una lectura errónea de las demandas del mercado ha llevado a fomentar en exceso la formación en administración, economía y contabilidad, disciplinas que estimulan más la circulación de riqueza que su creación.

Las prácticas educativas consolidadas en facultades sólidas e independientes por lo general apuntan a perfeccionar destrezas especializadas. Rara vez se piensa en la manera de armonizar estos conocimientos para dar respuesta a problemas de desarrollo multidisciplinarios y multisectoriales, por ejemplo los vinculados a la producción, el almacenamiento y la comercialización agrícola y agroindustrial.

Además, los proyectos que se diseñan puntualmente para resolver el problema de la falta de trabajadores cualificados no se plantean objetivos de desarrollo, a menos que consideren el uso efectivo que se puede dar a tales destrezas.

Se necesita un cambio

Contribuir a que la educación superior afronte objetivos para el desarrollo implica comprender en toda su magnitud el proceso de innovación, que a su vez depende de la confluencia de perspectivas, la colaboración, el intercambio, la reciprocidad y la cooperación. Para avanzar es necesario tener predisposición a evaluar y asumir riesgos, lo que requiere un cambio de actitud, en particular mayor tolerancia al fracaso.

Debemos adaptar los cursos de ciencia, tecnología e ingeniería para hacerlos más interdisciplinarios y prácticos e incorporar el aprendizaje colectivo. La Escuela de Negocios de la Universidad de West Indies ubicada en Mona (Jamaica) ha desarrollado un exitoso curso sobre gestión de la tecnología dirigido a mandos medios y altos directivos de empresas interesados en modernizar métodos de producción anticuados. Otras instituciones deberían seguir el ejemplo y no solo enfocar la enseñanza en el desarrollo de habilidades, sino también en función del modo en que estas pueden ser empleadas para generar nuevas ideas, formas, procesos y productos.

Además, otros actores también deben desempeñar su papel. Las empresas tienen que aprender a ser más enérgicas en el empleo de las habilidades científico-técnicas (las economías asiáticas emergentes, como China, India y Singapur ya lo están haciendo). Los gobiernos deben diseñar y poner en marcha incentivos de apoyo y políticas de financiación más eficaces. Y las comunidades científicas y tecnológicas tendrán que despojarse del exceso de individualismo y dejar de construir imperios. En su lugar, deberían trabajar en conjunto y cambiar un sistema dominado por la búsqueda de promoción y reconocimiento individual de los investigadores. Por su parte, la sociedad debe ser paciente y afrontar los costos de poner en marcha sistemas de innovación.

En esencia, debemos construir sociedades más solidarias y educadas.

El papel de los donantes

Los donantes externos pueden colaborar proporcionando fondos y experiencia, para crear y promover el desarrollo de la infraestructura necesaria para la innovación. Sería importante que apoyaran las iniciativas orientadas a comercializa los productos de la investigación a través de incubadoras tecnológicas, centros de diseño, grupos empresariales, parques tecnológicos, instalaciones piloto y oficinas de transferencia y previsión en establecimientos de enseñanza superior.

Por ejemplo, el Mona Institute of Applied Sciences de la Universidad de West Indies es un parque tecnológico incipiente que ha comenzado a abordar el problema de cómo traducir los resultados de investigación en aplicaciones comerciales y en esta línea ofrece cursos de posgrado orientados a alcanzar las metas comerciales e industriales. Otras iniciativas de este tipo han surgido en universidades y escuelas de enseñanza técnica de la República Dominicana y Cuba. Colaborar con proyectos de esta naturaleza tendrá como ventaja añadida la promoción del empleo y de las empresas.

Aprovechar al máximo este tipo de iniciativas requiere tender puentes entre las necesidades socioeconómicas, democráticas y ambientales locales y el sector educativo-formativo.

Algunos países en desarrollo, como Brasil y Singapur, están formando equipos en red para construir sistemas de innovación a través del fomento del pensamiento creativo y la confianza en las tareas compartidas. Los organismos de financiación deberían seguir más de cerca estas iniciativas.

Sin duda, la calidad y permanencia de las relaciones, ya sea entre proveedores y clientes; fuentes internas y externas de tecnología; donantes, proveedores y usuarios de ciencia y tecnología; entre universidades y otras instituciones y empresas de entrenamiento, merecen todo el apoyo.

Arnoldo Ventura, científico retirado, es asesor especial en ciencia y tecnología del Primer Ministro de Jamaica.



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