Acercar la ciencia al desarrollo mediante noticias y análisis

  • Ciencia en 2011: revoluciones y desastres

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La ciencia y la tecnología pueden parecer alejadas de los dramas que se extienden por el mundo, pero nunca estuvieron lejos del frente en los primeros meses de la Primavera Árabe.

Cuando en enero estalló la revolución en la Plaza Tahrir de Egipto, los científicos estaban allí, ayudando a plantar las semillas del cambio. Cuando la dictadura fue reemplazada por un movimiento hacia un sistema más democrático de gobierno que fomenta abiertamente el debate y la discrepancia, y está más comprometido con satisfacer las necesidades sociales de su gente, la ciencia comenzó a germinar en Egipto y otros lugares.

Así, hubo rápidos anuncios sobre la construcción de la nueva ciudad Zewail de Ciencia y Tecnología en Egipto, de un ambicioso plan de inversión en ciencia y, posteriormente, de una red nacional de investigación. Los científicos en Egipto también sintieron que podían hablar en contra de lo que veían como un desarrollo inadecuado.

Y, en la reformada Túnez, se anunciaron planes para impulsar la ciencia y tecnología con un proyecto de US$16,5 millones.

Los eventos a desarrollarse el próximo año, especialmente en Egipto, pueden proporcionar una historia de caso sobre los vínculos —o las brechas— entre una mayor libertad política y un mayor apoyo a la ciencia.

Redes sociales

Al mismo tiempo, la tecnología basada en la ciencia jugó su parte en la consecución de libertades. El papel de las redes sociales en fomentar las revueltas de la Primavera Árabe han sido debatidas exhaustivamente, pero las redes sociales, —y su versátil vehículo, el teléfono celular—, obtuvieron muchos logros también en otros campos, haciendo con seguridad de 2011, el año en el que el fenómeno obtuvo su mayoría de edad en el terreno del desarrollo.

Sea brindando acceso a seguros para los pequeños agricultores del este de África, o ayudando durante desastres como los tifones en Filipinas, las redes sociales han ido acortando las brechas de desarrollo en todo el mundo.

De hecho, la ciencia y tecnología ofrecen avances cada vez mayores cuando suceden desastres, tanto en el campo de las alertas como en el de las respuestas, lo que le da a la ciencia otra razón para involucrarse en los titulares de los acontecimientos mundiales.

El terremoto y tsunami en Japón, que sucedió en marzo, por ejemplo, puso de relieve ideas más ingeniosas para añadir segundos vitales a los tiempos de alerta de tsunamis, desde la detección de marcadores de resplandor en el cielo, hasta el uso de radares y sistemas de posicionamiento global (GPS). Al mismo tiempo, los sistemas de alerta precoz de tsunamis fueron probados a nivel continental y local.

En el caso de la sequía en el Cuerno de África, los científicos estuvieron allí antes de que ocurriera, con sus sistemas de alerta temprana de predicción de hambruna. Pero el mensaje no se tradujo en acción, dejando al descubierto las dificultades psicológicas y políticas que encaran científicos y políticos por igual cuando se habla de riesgos en lugar de certezas. 

Ciencia del desastre

Dados los éxitos y fracasos, no sorprende que haya habido mucho debate este año sobre el uso potencial de la información científica para prevenir o brindar alerta temprana sobre los desastres.

Un científico de Estados Unidos hizo una denuncia controvertida al afirmar que las inundaciones de 2010 en Pakistán se pudieron haber previsto con anticipación usando la información existente en Europa, un reclamo que molestó a los meteorólogos en Pakistán.

Mientras tanto, investigadores de Tailandia obtuvieron avances en un ‘canal amortiguador’ para prevenir los daños de las inundaciones, y los de Filipinas inventaron una versión barata de detectores de deslizamientos de tierras.

El sentimiento creciente de que la ciencia tiene mucho que aportar en las fases de prevención, detección temprana, rescate y recuperación de desastres, fue expresado en la Revisión de la Respuesta Humanitaria a Emergencias, un informe del Departamento de Desarrollo Internacional del Reino Unido dado a conocer a comienzos de año.

Por otro lado, el programa de Investigación Integrada sobre Riesgo de Desastres celebró su reunión inaugural en octubre, en Beijing, y tiene pensando juntar a científicos de diversas disciplinas para trabajar conjuntamente en prevención de desastres.

No muy alejado de las discusiones sobre los desastres naturales estuvo el papel del cambio climático, un fenómeno que preocupó especialmente al sur de Asia en 2011 debido a su exposición a condiciones climáticas extremas. La adaptación a esas condiciones y a los otros efectos del calentamiento global, en particular, escasamente estuvo ausente de las noticias científicas.

Los países menos desarrollados de la región tomaron la iniciativa, lo que refleja su creciente preocupación sobre su futuro.

Una conferencia en Bangladesh subrayó la idea de que la ciencia es clave para formular estrategias de adaptación, en tanto que una cumbre sobre clima en Bután reunió a cuatro países del sur de Asia que se comprometieron a elaborar una estrategia conjunta de adaptación.

El Centro Internacional para el Manejo Integrado de Montañas de Nepal lanzó un nuevo inventario de los glaciares del Himalaya, mientras que las inundaciones que asolaron Pakistán hicieron que la estrategia de cambio climático pasara a aprobación del gabinete y, además, están ampliando su red de monitoreo de glaciares para una mejor comprensión de los impactos de los glaciares en los riesgos de inundaciones.

Más al este, en la región del Pacífico, se combinan modelos y mapas climáticos con información obtenida a nivel local para tratar de entender los impactos del cambio climático.

De esta manera, la ciencia viene demostrando que tiene mucho por aportar a la solución de los problemas ambientales.

Impedimentos globales

Sin embargo, alcanzar este potencial a menudo requiere de acuerdos internacionales. Y cómo la amplitud de las complejidades políticas y financieras en la arena internacional puede impedir que se alcancen tales acuerdos quedó ilustrado nítidamente este año.

En la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (COP 17) celebrada en diciembre en Durban, por ejemplo, los avances fueron lentos a pesar de la exasperación de la mayor parte de científicos del clima.

En la Cumbre Ojo en la Tierra de Abu Dhabi, también en diciembre, nos enteramos que existe una vasta cantidad de información que podría usarse para el medio ambiente solo si la diplomacia y las finanzas lo aceptan.

Y aun cuando la Asamblea General del Consejo Internacional de Ciencias (ICSU, por sus siglas en inglés), reunida en Italia dos meses antes, estuvo de acuerdo en los principales programas relacionados con la ciencia y la humanidad, algunas voces se preguntan si no se debería dedicar más tiempo y dinero para hacer un mejor uso del conocimiento científico existente con el fin de persuadir a la audiencia global sobre la necesidad de tomar urgentes acciones medioambientales.

Estos debates se incrementarán en 2012, durante la preparación de la Conferencia de la ONU sobre Desarrollo Sostenible (Río +20) que se realizará en junio en Brasil. Para muchos, tales debates ilustran los límites para la acción colectiva y las responsabilidades compartidas que pueden existir cuando las tensiones políticas o financieras emergen a la superficie.

Para otros, significa que es más eficaz promover la ciencia en los niveles regional, nacional e incluso local, donde dichas tensiones pueden ser tomadas en cuenta más fácilmente y adaptar las políticas a las condiciones políticas locales.

El precio, sin embargo, es que si las condiciones locales no son favorables, la ciencia no puede prosperar.

A medida que los países en desarrollo reaccionaron a la catástrofe de la planta nuclear de Fukushima en Japón,  quedó en evidencia que mientras el desastre promovía muchos debates nacionales sobre la energía nuclear, los resultados de esos debates —que iban desde el cierre de las plantas nucleares hasta la búsqueda vigorosa de la opción nuclear— dependían de la política local.

Altibajos de América Latina

América Latina brindó un buen ejemplo del flujo y reflujo del apoyo a la ciencia y, por lo tanto, de la variabilidad en la influencia política que los científicos están en condiciones de ejercer en los niveles nacionales.

Chile y Uruguay, por ejemplo, aumentaron sus inversiones en ciencia y tecnología (CyT) en 2011. Paraguay lanzó un plan para desarrollar una política de ciencia y financiamiento y los científicos colombianos incidieron exitosamente en el debate sobre la inversión de un porcentaje de las regalías mineras a la ciencia y la tecnología.

Pero en Venezuela, los cambios a la ley de ciencia efectuados en 2010 e implementados en 2011 dieron lugar a protestas por la disminución de autonomía de los centros de investigación y empresas privadas, y por los pronósticos de una reducción dramática de la ciencia y tecnología.

En Perú —que tiene uno de los presupuestos más exiguos de ciencia y tecnología de América Latina— el nuevo presidente Ollanta Humala anunció que la CyT sería uno de los ejes principales de su propuesta de desarrollo. Sin embargo, el gobierno peruano no aumentó el presupuesto de CyT para 2012 de su actual nivel de 0,1 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB).

Del mismo modo en México, por séptimo año consecutivo el gobierno no ha respetado su propia ley de ciencia,  que estipula que el uno por ciento de su PIB debe invertirse en ciencia, a pesar de las campañas de científicos y empresarios.

La nación más visible de América Latina es, por supuesto, Brasil, donde la financiación a la ciencia se elevó en la última década convirtiendo al país en un faro para el mundo en desarrollo.

No obstante, la curva ahora se ha roto: por primera vez en la última década, se anunció una caída de ocho por ciento en 2011 en comparación con el presupuesto de 2010, una reducción de aproximadamente US$3.300 millones. La promesa es que, en 2012, el presupuesto se recobrará con un nuevo aporte de más de US$3.400 millones.

La débil fuerza política de la comunidad científica brasilera en 2011 se manifestó con el fracaso de los científicos para influir en los debates políticos sobre un planificado código forestal, y en cómo compartir las regalías de los nuevos yacimientos de petróleo encontrados en el suelo marino del Atlántico. Ambas decisiones han sido pospuestas hasta 2012.

Los africanos se hacen cargo

Los políticos africanos, entretanto, demostraron un interés creciente en el valor de la CyT, y especialmente de la innovación, en 2011, y lo combinaron con el aumento en la convicción de que los africanos necesitan impulsar por sí mismos la innovación.

La parte sencilla de esta filosofía es rechazar la financiación de los donantes. Uganda lo hizo, por ejemplo, al dejar de lado el apoyo de la Iniciativa Científica Milenio del Banco Mundial.

La parte difícil es reemplazar el dinero externo, del cual depende gran parte de la ciencia africana, con fuentes de financiamiento internas, algo que Uganda aún tiene que hacer.

Hay, sin embargo, ejemplos cada vez más numerosos de africanos haciendo ciencia e innovación por sí mismos.  

En 2011, estos incluyeron la dolorosa y lenta organización de la Universidad Panafricana; la publicación de la Perspectiva de Innovación Africana, que registra la ciencia e innovación en 19 países africanos; y los debates sobre el establecimiento de un espacio de investigación para la educación superior en África.

Si acaso algunas de estas innovaciones son aún demasiado abstractas para tomarlas en cuenta al final del año, piense entonces en un pequeño fenómeno metálico verde corriendo a través de los campos de la Universidad Makerere de Uganda el mes pasado.

El auto eléctrico, construido por científicos y estudiantes de la universidad, se está convirtiendo rápidamente en un símbolo de que puede haber llegado el tiempo de que África produzca innovaciones autóctonas. 

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