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[RIO DE JANEIRO] La depresión está muy generalizada entre las personas de bajos ingresos que tienen VIH y contribuye a disminuir enormemente la calidad de vida de estos pacientes, concluye un estudio publicado recientemente en la revista de la Sociedad Brasileña de Medicina Tropical.
 
Realizado al norte de Minas Gerais, la región más pobre del estado más grande del sureste de Brasil, el estudio encontró que casi el 40 por ciento de los 226 pacientes incluidos eran portadores de síntomas depresivos y que el desempleo, los bajos ingresos o pertenecer a las clases sociales más bajas inciden en el empeoramiento de su calidad de vida.
 
El 90 por ciento de los pacientes que participaron del estudio, todos adultos, estaba en tratamiento antirretroviral desde 2013 y 2014.
 
Para Antônio Carlos Ferreira, profesor de la Universidad Estatal de Montes Claros y líder de la investigación, los hallazgos indica la necesidad urgente de vincular el tratamiento antirretroviral con el cuidado de la salud mental de los pacientes con VIH/SIDA.

Es muy común que un hombre abandone a una mujer con VIH, pero es más raro que una mujer abandone a un hombre seropositivo, sea ella portadora o no del virus”.

Antônio Carlos Ferreira, Universidad Estatal de Montes Claros, Minas Gerais (Brasil).

 
“Para mejorar la calidad de vida de estas personas necesitamos ofrecerles un tratamiento completo, desde el aspecto clínico con el infectólogo, hasta la posibilidad de que ingresen a un servicio de salud mental para que se puedan tratar la depresión”, comenta a SciDev.Net.
 
La depresión como limitante de la calidad de vida de las personas con VIH en ambientes de vulnerabilidad social es muy importante para un país como Brasil que, según el Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas, afrontó el regreso de dos millones de ciudadanos a la situación de pobreza entre 2016 y 2017, y además tiene la tasa más alta de depresión y de personas con VIH de América Latina.
 
Datos del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (UNAIDS) muestran que en 2016, casi el 0,4 por ciento de la población de Brasil (830 mil personas), tenía la enfermedad. En 2017 América Latina tenía 1,8 millones de personas viviendo con VIH.
 
Pero en cuanto a la depresión, los números son mayores: en 2017, el 5,8 por ciento de la población de Brasil —más de 11,5 millones de personas— la padecía, según la OMS.

pobreza paho
La pobreza, el desempleo y la marginación social empeoran la calidad de vida de pacientes con VIH y los llevan a la depresión.
Crédito: OPS / Flickr.

Esta tasa es más alta que el promedio mundial (4,4 por ciento) y la más alta de América Latina, que tiene 4,7 por ciento de su población con síntomas depresivos.
 
Maria Fernanda Coutinho, especialista en salud mental y doctoranda en Salud Pública de la Fundación Oswaldo Cruz, concuerda con la urgencia del tratamiento integrado planteado por Ferreira. Pero resalta que el gran cuello de botella para la integración del tratamiento clínico con el de salud mental para los portadores del VIH es el diagnóstico precoz de la depresión.

“Los médicos tienen dificultades para hacer el diagnóstico, sobretodo en la atención primaria”, dice a SciDev.Net.
 
A pesar de que aún está lidiando con el establecimiento de protocolos, el Ministerio de Salud brasileño reconoce la importancia del tratamiento integrado y, según la investigadora, “ha hecho un esfuerzo enorme para tener profesionales que puedan reconocer y tratar rápidamente los trastornos mentales que puedan interferir con la adhesión al tratamiento [antirretroviral]”. Un cuadro depresivo puede llevar a algunos pacientes a no iniciar su tratamiento o no tomar sus medicamentos según lo recetado, agravando su infección y disminuyendo efectivamente la tasa de éxito del tratamiento y las expectativas de vida de las personas con VIH, advierte.
 
“El protocolo en Brasil es que el paciente tome como mínimo el 95 por ciento de la dosis prescrita. Por debajo de este porcentaje aumenta la posibilidad de un aumento de la carga viral, o de disminuir su sobrevivencia y calidad de vida porque comenzará a tener síntomas inherentes a la enfermedad”, explica la investigadora a SciDev.Net.
 
Si, por una parte, los síntomas depresivos pueden obstaculizar el tratamiento de la enfermedad, por otro, el hecho de que una persona sea diagnosticada como portadora del virus también puede desencadenar una depresión.
 
Según Ana Alayde Saldanha, especialista en Psicología Social y profesora de la Universidad Federal de Paraíba, la vulnerabilidad a la depresión aumenta cuando alguien se enfrenta al diagnóstico de VIH/SIDA, “con sus agravantes clínicos y subjetivos, en especial el estigma y el prejuicio”, particularmente en el caso de personas que enfrentan otras vulnerabilidades sociales como la falta de acceso a buenos servicios de salud y de garantías a sus derechos.
 
Un asunto de género
Las mujeres son uno de los grupos más vulnerables. Ferreira señala que “cuando una mujer descubre que tiene VIH, difícilmente consigue pareja cuando revela que tiene el virus. Un hombre consigue una pareja mucho más fácilmente en la misma situación. Es muy común que un hombre abandone a una mujer con VIH, pero es más raro que una mujer abandone a un hombre seropositivo, sea ella portadora o no del virus”.
 
Según la OMS, 5,1 por ciento de mujeres y 3,6 por ciento de hombres padecen depresión a nivel mundial. La tendencia es parecida en el caso de las mujeres con HIV y puede ser consecuencia de una cultura que estigmatiza y penaliza más a las mujeres que a los hombres por contraer el virus.
 
Ferreira enfatiza en la culpa que sienten las mujeres por haberse infectado. “Muchas piensan: ‘me infecté por una relación sexual. Tal vez si yo fuera una persona más ‘tranquila’ y no tuviera este compromiso o aquel compañero no estaría infectada’. La culpabilidad de la mujer, en ese sentido, es mucho mayor que la del hombre”, precisa.


> Enlace al estudio en la Revista da Sociedad Brasileña de Medicina Tropical

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