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Radar Latinoamericano: Periodistas científicos en diálogo
  • Radar Latinoamericano: Periodistas científicos en diálogo

Crédito de la imagen: WCSJ

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Es siempre revigorizante participar en la Conferencia Mundial de Periodistas de Ciencia (WCSJ), organizada cada dos años por la Federación Mundial de Periodistas Científicos, en asociación con diferentes entidades, que varían de acuerdo con la ciudad que sea sede del evento. Pero el sentimiento es que la décima edición del evento, que se realizo en San Francisco (25-30 octubre) —y la cuarta en la que participo— tuvo un peso especial, al menos para quien vive en las tres Américas.
 
Fue, sorprendentemente, la primera vez que el encuentro tuvo lugar en Estados Unidos. Por casualidad —porque hace dos años, cuando la sede de la WCSJ2017 fue seleccionada, todavía no se sabía lo que estaba por ocurrir en esa parte del mundo—, la conferencia llegó a ese país justamente en un momento crítico para la ciencia y la democracia, con Donald Trump como presidente, su arsenal anticientífico en plena actividad y sus decisiones autoritarias fundadas en intereses ocultos.
 
En medio de una grave crisis político-económica, en América Latina la ciencia está inevitablemente sacudida por la situación del vecino rico, sufriendo sucesivos recortes de presupuesto y viendo cómo se desmantelan sus políticas. A pesar de la frustración, la importancia del periodismo científico se reafirma en ese contexto. La conferencia en San Francisco trató de recordarnos eso y también que, aunque seamos pocos en nuestros países, pertenecemos a una comunidad más amplia, cada vez más fuerte y diversificada, con quien podemos intercambiar experiencias, obtener apoyo y aprender mucho.
 
Y así fue desde el 25 de octubre, cuando empezaron las actividades previas al congreso, hasta el 30, con visitas técnicas que pudieron hacer los participantes a algunas de las principales atracciones científicas de la ciudad y alrededores. Entre ambas fechas se promovieron 61 sesiones sobre los más diversos temas y presentadas por cerca de 280 conferencistas internacionales. América Latina estuvo relativamente bien representada, con 78 inscritos (de 1.364) de 12 países, además de un taller especialmente dirigido a periodistas latinoamericanos y una sesión dedicada a discutir el pasado, presente y futuro del área en la región.

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Manuel Lino, presidente de la Red Mexicana de Periodistas de Ciencia, participó en el Taller Jack F. Ealy de Periodismo Científico, dirigido a periodistas científicos de América Latina (Foto: Caterina Elizondo).

Activismo y credibilidad
El programa de la conferencia se dividió entre discusiones protagonizadas por periodistas de ciencia sobre cuestiones importantes y candentes relacionadas con el área, y presentaciones de investigadores sobre temas científicos relevantes y de frontera.
 
En la arena periodística, una de las cuestiones más discutidas fue la del activismo en el periodismo científico. Aunque no es algo nuevo, el tema ganó nuevos contornos en el contexto de la pos-verdad y con los actuales ataques contra la ciencia y la desvalorización de las evidencias que produce. En temáticas polémicas vinculadas al área —por ejemplo, cambio climático—, ¿es aceptable que los periodistas tomen partido?
 
Para la mayoría de los que participaron en la sesión interactiva sobre el asunto, que buscó mimetizars con las discusiones parlamentarias, poniendo frente a frente a actores con distintas posiciones —que podían cambiarse de lugar conforme cambiaban de idea —, la respuesta fue negativa. A pesar de la diversidad de opiniones y argumentos, prevaleció la visión de que el trabajo del periodista no debe ser el de defender la ciencia a cualquier costo, incluso en tiempos trumpianos. Para mantener la credibilidad, el periodista debería comprometerse sólo con los hechos y evitar tomar posición.
 
En otra sesión, sin embargo, ante relatos personales —y emotivos— de periodistas que decidieron luchar por una causa, ya sea involucrando el tráfico de animales, el acceso a tratamientos médicos o la información sobre enfermedades infecciosas en países pobres, la reacción de los participantes fue diferente. No es que hayan defendido abiertamente el activismo en el periodismo científico. Pero los casos presentados, quizás por tocar cuestiones delicadas, terminaron por fomentar otras reflexiones, por ejemplo, sobre la importancia del acceso más amplio a la información científica, en particular en países en desarrollo, tanto para la modificación de conductas de la población como para la formulación de políticas públicas basadas en evidencias.
 
En ese sentido, hubo consenso sobre la importancia del periodismo en el combate a la pseudociencia. En una sesión sobre el tema, periodistas de Sudáfrica, Indonesia, Costa Rica, Egipto y Brasil (en el caso, esta columnista que escribe) presentaron casos en que se vieron en el deber de denunciar la falta de evidencias científicas detrás de iniciativas apoyadas por sus gobiernos. Los riesgos enfrentados por aquellos venidos de regímenes autoritarios plantearon la cuestión sobre la vulnerabilidad de los periodistas trabajando en esos contextos. De los relatos latinoamericanos sobresalió la frustración por la impotencia de profesionales cubriendo ciencia. Incluso cuando hacen un buen trabajo, éste no necesariamente surte efecto.

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La sesión sobre periodismo científico, regímenes autoritarios y pseudociencia, con participantes de Brasil, Egipto, Indonesia, Costa Rica y Sudáfrica, contó con las experiencias de jóvenes periodistas científicos frente a diversas presiones sobre su trabajo (Foto: Renata Sánchez).
Ciencia con fronteras
En la cosecha de la ciencia han surgido muchas novedades instigadoras para alimentar la cobertura periodística del área, sobre todo en el campo biomédico. Llamó especialmente la atención las estrategias innovadoras para combatir el cáncer, desarrolladas por las principales y mejor equipadas instituciones científicas del mundo, en alianzas con organismos gubernamentales de grandes potencias y gigantes farmacéuticos, involucrando un volumen enorme de datos y tecnología computacional de punta. Incluso conociendo bien los tiempos lentos de la ciencia, fue inevitable pensar que no tardará mucho para tener respuestas más eficaces a una de las enfermedades más devastadoras del siglo.
 
Las nuevas técnicas presentadas impresionaron por el nivel de precisión y sofisticación. Por ejemplo, Wendell Lim, de la Universidad de California (UC), en San Francisco, mostró su trabajo de programación de linfocitos T para actuar selectivamente en células cancerosas, un desdoblamiento de sus investigaciones en el campo de la biología sintética. Joe DeRisi, de la misma universidad, divulgó el modelo de diagnóstico que viene desarrollando. Combinando tecnologías refinadas de secuenciamiento genético y computación de alto rendimiento, su dispositivo sería capaz de identificar cualquier enfermedad infecciosa con alto grado de precisión, a partir de una muestra de sangre o de fluido retirado de la médula espinal del paciente. Todo muy prometedor.
Pero la técnica más comentada de la WCSJ2017 fue la famosa Crispr-Cas9, por medio de la cual es posible editar genes de forma relativamente simple y barata. Revelada en 2012, recibió gran atención de los medios en julio de este año, cuando investigadores del Instituto de Tecnología de Massachusetts revelaron haber utilizado el método para modificar el ADN de embriones humanos. Incluso en carácter experimental, el hecho causó una mezcla de admiración y recelo. Jennifer Doudna, investigadora de la UC Berkeley y “madre” de Crispr-Cas9, estuvo en el congreso y habló sobre su creación. Aunque reconoce su alto potencial terapéutico, Doudna llamó la atención de los periodistas sobre las consecuencias inimaginables que pueden derivarse del uso de la técnica, sin hablar de las cuestiones éticas involucradas, ante la posibilidad de manipular embriones.
 
Por un lado, casos como este resaltan la importancia de la mirada atenta y crítica del periodista de ciencia, que, aun ante tantas promesas, debe estar siempre listo para cuestionar las implicaciones de una nueva tecnología, ya sean económicas, ambientales, sociales o éticas —o todo eso mezclado. En ese sentido, defender la ciencia a cualquier costo es irresponsable e incluso peligroso.
 
Por otro lado, la ciencia que se vio en San Francisco da un poco de envidia a periodistas como yo, venidos de países en desarrollo, cuyas comunidades científicas luchan actualmente para mantener lo básico en funcionamiento. Sabiendo que tenemos recursos humanos y capacidad instalada para ir a fondo en el uso de tecnologías como Crispr y hacer nuestra contribución, es triste pensar que, por falta de visión estratégica de nuestros gobernantes, podemos ser relegados a consumidores de sus productos finales. En ese sentido, creo que corresponde, a nosotros, los periodistas, tomar posición y denunciar el olvido de los gobiernos latinoamericanos con sus sectores de CyT. Incluso porque no faltan datos de cómo esto es perjudicial para el desarrollo de una nación.
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