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  • Pérdida de biodiversidad importa, y es crucial contarlo

Para revertir la pérdida de biodiversidad hay que contarle a la gente por qué es importante que esto no suceda.

El fracaso de las conversaciones sobre el clima en la cumbre de la ONU realizada en Copenhague en diciembre, no pudo ser un preludio menos prometedor para el Año Internacional de la Biodiversidad, que se inició el mes pasado (enero).

Al igual que el cambio climático, la amenaza de pérdida de la biodiversidad a gran escala –y la necesidad de una acción política global para detenerla— crece día a día.

En una reunión sobre biodiversidad organizada por el gobierno británico en enero en Londres, Robert Watson, ex jefe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés), advirtió que los daños al medio ambiente natural se estaban acercando a ‘un punto de no retorno’, una frase familiar en el debate sobre cambio climático.

Ambos temas enfrentan retos formidables para persuadir a los líderes políticos y al público en general acerca de la urgente necesidad de tomar acción. Las razones son complejas. Pero la raíz es el conflicto entre la necesidad de cambiar radicalmente el uso que damos a los recursos naturales, y el deseo de mantener las formas actuales de crecimiento económico tanto en los países desarrollados como en desarrollo.

Las soluciones son igualmente complicadas. Parte de la respuesta, en cada caso, reside en mejorar la habilidad de los medios para comunicar los mensajes con contenido científico que van emergiendo, de manera que reflejen con exactitud la urgencia de la situación y de qué manera se verá afectada la vida cotidiana de la gente.

Reformulando objetivos

Conseguir que esos mensajes calen no es tarea fácil. Y hasta ahora, en el caso de la biodiversidad, los esfuerzos han fracasado.

Ha quedado en evidencia que los gobiernos signatarios de la Convención sobre Diversidad Biológica (CDB) han fallado en sus objetivos para 2010, establecidos en 2002, de alcanzar “una reducción significativa en las tasas de pérdida de la biodiversidad”.

Como lo han admitido los delegados a la conferencia de Londres y a otras reuniones de lanzamiento del Año Internacional de la Biodiversidad, esta omisión se debe en parte a las deficiencias en la comunicación.

La comunidad científica no ha sido capaz de comunicar eficazmente sus preocupaciones a los formuladores de políticas, al menos no de la manera que priorice suficientemente la conservación de la biodiversidad dentro de una agenda política que está preocupada, de manera predominante, con el empleo y el crecimiento económico.

El debate sobre un nuevo grupo de objetivos para proteger la biodiversidad en la próxima década ya está en marcha y se espera que sean aceptados en octubre, durante la próxima reunión de revisión del CDB, a realizarse en Nagoya, Japón.

Los nuevos objetivos no solamente deben ser más realistas y concretos, sino que deben ir acompañados de una estrategia de comunicación más sofisticada.

Conexiones perdidas

Dicha estrategia debe abordar las debilidades encontradas en los enfoques actuales. Por ejemplo, los temas que a juicio de los científicos son los más importantes con frecuencia parecen abstractos y alejados de las preocupaciones cotidianas de la gente común. La tasa a la que se están perdiendo las especies en el mundo es un ejemplo típico.

Incluso el término ‘biodiversidad’ sufre de esta debilidad, al no concretar conceptos como aumento del nivel del mar. Por esa misma razón, algunos asesores de los medios de comunicación sugieren incluso evitar el término siempre que sea posible, lo que no es muy prometedor para quienes tratan de crear una campaña global alrededor de esa misma palabra.

Gran parte de la cobertura mediática sobre la biodiversidad no logra conectarse con los temas que afectan directamente la vida de las personas. Incluso conceptos como la “red de la vida”, usados para subrayar las interrelaciones de los sistemas vivos, no explica de inmediato por qué deberíamos estar preocupados por la disminución del número de insectos o plantas en lugares distantes.

Finalmente, el tono apocalíptico usado a veces como un intento de dirigir un mensaje casero puede dificultar aún más una acción constructiva. Con demasiada frecuencia, promueve el cinismo o la apatía entre quienes no pueden relacionar esos escenarios de desastre con sus propias experiencias personales.

Los activistas del cambio climático lo han experimentado en meses recientes, cuando trataron de abordar el caso de prevención del calentamiento global durante el invierno más frío que el hemisferio norte haya experimentado en décadas.

La ciencia es difícil; las razones, apremiantes

Ir hacia una estrategia de comunicación más eficaz que evite estos peligros es ciertamente uno de los retos más grandes que enfrenta la comunidad de la diversidad biológica en sus planes para la próxima década.

Y si los investigadores quieren estar a la altura de tal desafío, primero deben concretar en la práctica los argumentos científicos. El daño que las fallas científicas recientemente aireadas está causando a las campañas sobre el cambio climático es un recordatorio de que, con los riesgos tan altos que hay, un razonamiento científico descuidado puede tener un impacto amplio y duradero.

Igualmente importante es la necesidad de integrar esta evidencia científica a las estrategias de crecimiento y desarrollo económico sostenibles. Y esto significa la generación de un discurso público que relacione directamente las necesidades del medio ambiente con las prioridades sociales como empleo, alimentación y salud.

Los componentes para tal diálogo –por ejemplo cómo los productos naturales son fuentes potenciales de nuevas medicinas—ya existen. Pero todavía queda mucho por hacer para integrarlos en una estrategia política viable y eficaz para revertir esas tendencias actuales.

Si el fracaso de Copenhague puede servir como un llamado de alerta a la comunidad de la biodiversidad, será un logro positivo en sí mismo.

David Dickson
Director, SciDev.Net

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