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Después de seis años y con una inversión de US$ 2,3 millones, un equipo de investigadores logró secuenciar por primera vez el genoma completo de dos tipos de aguacate (también conocido como palta): el mexicano y la variedad Hass.

Además de su valor para comprender la evolución del fruto, la información del estudio coordinado por investigadores mexicanos, sienta las bases para un programa de mejoramiento genético que pueda aumentar su producción y mejorar la resistencia del árbol a enfermedades provocadas por el cambio climático.
 
El consumo global de aguacate ha crecido en la última década, y se ha convertido en un producto esencial para la economía mexicana. Actualmente, México es el mayor productor del mundo, concentra entre 50 y 60 por ciento de la producción y sus exportaciones están valoradas en US$ 2,5 mil millones anuales.
 
La nueva investigación, publicada en la revista PNAS, secuenció el genoma del aguacate en sus distintas variades, y en particular reveló que el aguacate Hass tiene 61 por ciento de ADN de variedades mexicanas y 39 por ciento de otras guatemaltecas. Hay muchos tipos de aguacate (cuyo nombre científico es Persea americana), pero es la variedad Hass —que comenzó a ser cultivada en 1920 y patentada en 1935— la que más se vende en el mundo.

“Necesitamos estar preparados con un programa urgente coordinado por el gobierno federal que integre a las instituciones capaces de hacer mejoramiento de aguacate”.

Luis Herrera Estrella, Universidad Tecnológica de Texas.

 
Al secuenciar el genoma del aguacate, los científicos encuentran alelos o versiones distintas de los genes en cada variedad, y son estos cambios los que hacen que algunos tipos de aguacate puedan ser capaces de producir aceites de mejor calidad o más resistentes a algunas plagas.

Luis Herrera Estrella, investigador de la Universidad Tecnológica de Texas y líder del proyecto, piensa que la información genética servirá para proteger la producción actual ante los efectos del cambio climático en las zonas aguacateras de México, como el estado de Michoacán, “que solía ser un invernadero natural con temperatura, humedad y calidad de suelo ideales” y que ya está cambiando.
 
“Necesitamos estar preparados con un programa urgente coordinado por el gobierno federal que integre a las instituciones capaces de hacer mejoramiento de aguacate”, agrega Herrera Estrella.
 
Ana Wegier, investigadora del Instituto de Biología de la UNAM, en México, aseguró a SciDev.Net que la información genética obtenida de las diferentes variedades de aguacate “permite conocer la gran cantidad de variación que existe entre ellas y eso es la base de un programa de mejoramiento genético exitoso”. Herrera-Estrella, ex director del Laboratorio Nacional de Genómica para la Biodiversidad (Langebio) de México, es conocido por sus investigaciones vinculadas al desarrollo de transgénicos. Aunque el mejoramiento tradicional sería una opción, dice, para el aguacate sería mejor pensar en transgénesis o edición genética dado que el ciclo del fruto es más largo que en otros cultivos (de entre cuatro y ocho años) y se requerirían décadas para obtener resultados.
 
Por el contrario, Wegier opina que “plantear un mejoramiento sobre la manipulación del genoma parece una mala estrategia para México, ya que se requiere mucha inversión, y de obtenerse buenos resultados podrían verse en el largo plazo, asociados a gran incertidumbre sobre efectos adversos a la diversidad de la planta y sus interacciones ecológicas”.
 
Independientemente del método elegido, Herrera-Estrella cree que la iniciativa debería venir del gobierno, sin intervención de grandes empresas. “Este es uno de los cultivos donde puede haber un papel importante del sector público y las instituciones académicas; tal vez podrían participar empresas pequeñas en la reproducción del material vegetativo. La idea es proteger la propiedad intelectual de los genes específicos”, agregó.
 
La investigación fue coordinada por el Langebio de México, y contó con la participaron de la Universidad Tecnológica de Texas y la Universidad de Buffalo. México financió la mayor parte del proyecto a través de fondos sectoriales del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) y la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural.

Enlace al artículo en PNAS (en inglés).