28/08/25

Sudamérica: universitarios con signos de trastornos alimentarios

alimentacion universitarios
La vida universitaria puede exacerbar algunas conductas alimentarias desordenadas, debido a un alto nivel de exigencia y poco tiempo libre. Crédito de la imagen: Universidad Nacional de La Plata, bajo licencia Creative Commons CC BY 2.5 Deed

De un vistazo

  • Más de un tercio de universitarios en 5 países reporta conductas alimentarias desordenadas
  • La percepción deficiente de la salud fue el factor más asociado
  • Especialistas llaman a prevenir y a que universidades asuman responsabilidad

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[IGUALA DE LA INDEPENDENCIA, MÉXICO, SciDev.Net] Vómito autoinducido, preocupación por el peso y una distorsión de la imagen corporal son algunas de las conductas alimentarias desordenadas (CAD) identificadas en 35 por ciento de estudiantes universitarios que respondieron voluntariamente  a un cuestionario en cinco países de América Latina.

Esta cifra es el principal hallazgo de una nueva pesquisa en la que participaron 3.206 alumnos de 10 escuelas superiores de Ecuador, Chile, Brasil, Colombia y Paraguay.

“En Latinoamérica hay poca investigación y menos aún con una muestra tan grande, por eso el trabajo resulta valioso”, dijo a SciDev.Net Claudia Unikel Santoncini, especialista mexicana adscrita a la clínica Cenyeliztli de la Universidad Anáhuac y referente nacional de los estudios sobre trastornos de la conducta alimentaria (TCA), quien no fue parte del análisis.

Los resultados preliminares (pre-proof) han sido publicados en la versión en línea de agosto de Journal of Affective Disorders.

Según Héctor Gutiérrez Espinoza, académico de la Universidad Autónoma de Chile y primer autor del artículo, la evidencia previa estaba enfocada en infantes, adolescentes y adultos.

“Lo que más tenemos a la mano los investigadores es población universitaria y es lo que menos hemos explorado desde la perspectiva de los TCA; antes del nuestro, había tres reportes publicados (durante la pandemia), dos en Brasil[i] y otro en Colombia”, comentó a SciDev.Net.

Para reducir esta brecha de conocimiento, Gutiérrez Espinoza y sus colegas establecieron una colaboración internacional con directores de facultades universitarias en los cinco países.

Luego, convocaron alumnos de esas casas de estudio vía correo electrónico. Su único criterio de inclusión fue el consentimiento informado de tomar parte en la investigación. A quienes acudieron al llamado se les aplicó el instrumento SCOFF, un método de cribado o tamizaje que consta de cinco preguntas de respuesta sí/no.

Con ellas, fue posible estimar la presencia de comportamientos subclínicos, a los que denominaron CAD, entre los que se encuentran la restricción dietética, los atracones y las estrategias compensatorias, como el uso de laxantes o el ejercicio excesivo.

“Lo que mide realmente el SCOFF no es el TCA en sí, porque eso requeriría un diagnóstico clínico, sino el riesgo de padecer algún trastorno de la conducta alimentaria”, precisó en entrevista con SciDev.Net José Francisco López Gil, coautor del estudio e Investigador Senior de la Universidad Espíritu Santo en Ecuador.

El equipo consideró que quienes respondían “sí” en al menos dos de las cinco preguntas tenían una conducta alimentaria desordenada. Adicionalmente, se registraron datos sociodemográficos de los estudiantes, así como su percepción de la salud y su Índice de Masa Corporal.

En promedio, más de un tercio (35 por ciento) de los universitarios evaluados mostró conductas alimentarias desordenadas.

Un descubrimiento novedoso fue que la autopercepción deficiente de la salud apareció como el factor con la probabilidad más alta asociada a las CAD: 55,3 por ciento de los estudiantes que se calificaron a sí mismos con “mala salud” mostraron estas conductas.

“No sabemos si la mala autopercepción conduce a estas conductas o si, al revés, son las conductas las que llevan a sentirse en mala salud”, admite Gutiérrez Espinoza. Y es que, por tratarse de un estudio transversal, el equipo no pudo establecer una dirección causal, aunque resaltan que la novedad del hallazgo justifica indagarlo en futuros seguimientos.

Los otros dos factores asociados a las CAD fueron el sexo femenino (39,3%) y el sobrepeso u obesidad (35,4%). En contraste, la edad mayor a 21 años actuó como factor protector, pues en ese grupo la proporción de CAD se redujo a 31,5 por ciento, lo que podría ser un reflejo del tránsito entre adolescencia y adultez.

Los autores exhortan a leer con cautela estos resultados, ya que se basan en una muestra por conveniencia y no son representativos de la población universitaria de cada país.

“Nuestros hallazgos no son extrapolables a toda la población de Latinoamérica, porque no todos los estudiantes de Latinoamérica tuvieron la misma probabilidad de ser partícipes de este estudio”, reconoce Gutiérrez Espinoza.

Con lo que sí se puede comparar es con otra proporción. Por ejemplo, una revisión sistemática y metaanálisis publicada en JAMA Pediatrics en 2023 estimó que el 22 por ciento de los niños y adolescentes a nivel global manifiestan conductas alimentarias desordenadas.

“Eso nos da un indicio de que el periodo universitario podría exacerbar un poco este tipo de conductas”, apunta López Gil.

“Vimos que aumentaba el índice de masa corporal, disminuía la actividad física y se desordenaban los hábitos alimentarios. Los tiempos libres eran menores, el nivel de estrés y ansiedad más alto y las pausas entre clases muy cortas, lo que llevaba a comer alimentos rápidos y de bajo valor nutritivo”.

Felipe Araya Quintanilla, profesor asociado de la Universidad San Sebastián, Chile

Al respecto, Felipe Araya Quintanilla –profesor asociado de Universidad San Sebastián en Chile y también coautor del estudio– describe esa etapa de la vida como particularmente vulnerable, lo cual ya vislumbraban en una investigación publicada el pasado mes de mayo.

“Vimos que aumentaba el índice de masa corporal, disminuía la actividad física y se desordenaban los hábitos alimentarios. Los tiempos libres eran menores, el nivel de estrés y ansiedad más alto y las pausas entre clases muy cortas, lo que llevaba a comer alimentos rápidos y de bajo valor nutritivo”, comentó.

En el mismo sentido, Gutiérrez Espinoza enfatiza que “la universidad, como entidad, no favorece los estilos de vida saludables”, y urge a que estas instituciones asuman un papel activo en la prevención y acompañamiento.

¿Qué hacer ante las señales de riesgo?

De acuerdo con Claudia Unikel, el tratamiento de los trastornos de la conducta alimentaria requiere de un abordaje interdisciplinario con psiquiatra, nutriólogo y psicólogo especializados.

“Eso es muy difícil de sostener dentro de las universidades; es mucho más fácil, factible y efectivo hacer prevención”, agrega.

La especialista destaca que una de las intervenciones  respaldadas con evidencia es el Proyecto Cuerpo (“The Body Project“, por su nombre original en inglés). Este esquema de prevención se basa en la teoría de la disonancia cognitiva, utilizada en psicología social para lograr cambios de comportamiento.

Consta de ejercicios verbales, escritos y conductuales en un formato de cuatro sesiones de una hora u hora y media. Según Unikel Santoncini, este método podría retrasar la incidencia de trastornos alimentarios hasta por cuatro años.

La experta insiste en no minimizar los síntomas. “[Un TCA] No se quita solo, se necesita atención. Son enfermedades graves con complicaciones médicas muy importantes y una elevada asociación con suicidio”, advirtió.

Si una persona se siente insatisfecha con su cuerpo, experimenta preocupación excesiva por su peso o figura, o recurre a conductas de riesgo para modificarla, debe buscar ayuda profesional, sostiene.

Este artículo fue producido por la edición de América Latina y el Caribe de SciDev.Net.