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  • Medicina tradicional modernizada para población local

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Las necesidades locales de salud deben primar en los esfuerzos por combinar la medicina tradicional y la moderna, dice Oswaldo Salaverry.

América Latina alberga una gran cantidad de medicinas tradicionales. Aproximadamente 45 a 50 millones de pobladores indígenas, principalmente en las áreas rurales, dependen de ellas para el cuidado de su salud en el día a día y para protegerse de enfermedades infecciosas. Incluso en las áreas urbanas se utilizan muchos conceptos y remedios tradicionales paralelamente con los medicamentos modernos.

En este entorno, las políticas que inducen a que la medicina tradicional y la moderna se complementen son vitales para asegurar la salud pública. Pero combinar las dos escuelas no es una tarea fácil: requiere un cambio en la manera como se enseña, investiga y practica la medicina.

Por lo general, los investigadores occidentales perciben la medicina tradicional como una mera fuente de medicamentos y plantas que ha hecho importantes contribuciones a la medicina moderna. Por ejemplo, la quinina, un fármaco eficaz contra la malaria, proviene de la corteza del árbol de la quina y durante mucho tiempo ha sido usado como uno de los remedios tradicionales de América Latina.

A medida que la búsqueda de ingredientes activos se intensifica, aumentan las esperanzas de que América Latina —hogar de más de 400 culturas tradicionales y uno de los más grandes reservorios de diversidad biológica del mundo—, sea un gran proveedor de nuevos medicamentos.

Compañeros descontentos

Los financiadores occidentales de la investigación, que con frecuencia dictan las políticas, tienden a enfocarse en enfermedades de interés para el mundo desarrollado. Esta situación poco contribuye a mejorar la salud pública en aquellas áreas de donde provienen los ingredientes activos y pasa por alto el hecho de que la medicina tradicional trata más enfermedades infecciosas, que las complejas o crónicas de las culturas occidentales.

Las leyes de propiedad intelectual en torno a los hallazgos de las investigaciones también plantean un desafío. Muchas comunidades indígenas de América Latina sostienen que el conocimiento tradicional colectivo —sobre plantas medicinales, por ejemplo— debería reconocerse formalmente y los beneficios derivados deberían compartirse entre los investigadores y las comunidades. Pero esto no encaja en los sistemas occidentales de patentes.

El asunto es complejo y la legislación inadecuada. La mayoría de países tiene normas de protección de patentes que son adecuadas para los laboratorios de investigación, pero pocas reconocen legalmente los conocimientos ancestrales.

De la teoría a la práctica

También hay enfrentamientos entre quienes practican la medicina tradicional y la moderna. Muchas prácticas médicas tradicionales, como el parto vertical —donde la madre se arrodilla o se pone en cuclillas al momento del parto— son consideradas anticuadas o primitivas por los médicos modernos.

Y sin embargo, la evidencia muestra que el parto vertical puede mejorar significativamente las tasas de supervivencia de los recién nacidos en las comunidades indígenas. Por ejemplo, en el Perú la capacitación del personal en el parto vertical y otras acciones de salud pública, redujo casi a la mitad las muertes infantiles entre 2004 y 2009.

Éste es solo un ejemplo de los resultados de un innovador plan regional para conducir en conjunto la medicina tradicional y la moderna con el fin de mejorar la salud de los pobladores indígenas.

El Plan Andino de Salud Intercultural en América Latina es resultado de un tratado entre seis ministerios nacionales de salud (Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela), conocido como el Organismo Andino de Salud- Convenio Hipólito Unánue.

Uno de los ambiciosos objetivos del plan es incluir la etnicidad en los registros oficiales de salud de toda la región de manera que se puedan desarrollar indicadores específicos de salud de los pobladores indígenas. Se usaría para cuantificar el número de indígenas que padecen tuberculosis o VIH/SIDA, por ejemplo, pero también para reconocer las enfermedades culturales, como el susto, un síndrome de angustia por el cual el alma de una persona —que según la creencia se perdió después de un episodio de miedo— se puede recuperar con ciertos rituales. Otro objetivo es brindar competencias interculturales al personal de salud.

El plan está avanzando en muchos frentes. En el Perú, innovaciones como las 'casas de espera', que proporcionan alojamiento e instalaciones sanitarias a las madres a punto de dar a luz, han logrado importantes mejoras en los indicadores de salud materna.

Si bien forman parte de un sistema de salud moderno, estas instalaciones permiten prácticas tradicionales como el parto vertical, el consumo de infusiones durante el trabajo de parto, la presencia del padre del niño y el uso de mantas en lugar de las batas hospitalarias. Estas casas de espera incrementaron el promedio nacional de nacimientos asistidos por personal calificado de 71 a 83 por ciento entre 2004 y 2009.

No obstante, a pesar de la evidencia de que la integración entre la medicina tradicional y la moderna trae beneficios tangibles a la salud pública, y un tratado suscrito para promoverla, los ministerios de salud aún no han dispuesto suficiente dinero para tales esfuerzos. Las unidades de salud que incorporan las prácticas indígenas tienden a ser pocas y muy alejadas, en tanto que los ministerios continúan enfocándose en un modelo impulsado exclusivamente por la medicina moderna.

Si los diseñadores de políticas quieren mejorar la salud pública en las aldeas más remotas y olvidadas de América Latina, deben pasar de las palabras a la acción, brindado a la integración de la medicina tradicional y la occidental un apoyo político más fuerte mediante mayores presupuestos y continuidad de políticas.

Oswaldo Salaverry es director del Centro Nacional para la Salud Intercultural del Instituto Nacional de Salud de Perú

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