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[Curitiba, Brasil] Sólo un ínfimo porcentaje de los nuevos medicamentos lanzados cada año se destina a las llamadas enfermedades desatendidas, que afectan desproporcionadamente a poblaciones de bajos ingresos de países en desarrollo e incluye malaria, tuberculosis y 17 enfermedades tropicales.

Un estudio publicado en The Lancet Infectious Diseases muestra que 256 nuevos fármacos llegaron al mercado entre enero de 2012 y septiembre de 2018. De ellos, sólo ocho estuvieron dirigidos a enfermedades desatendidas, padecidas por aproximadamente mil millones de personas en todo el mundo según la Organización Mundial de la Salud (OMS) y que contribuyen globalmente con el 11 por ciento de la incidencia de enfermedades.

Las enfermedades tropicales desatendidas, según la OMS, son el dengue, la rabia, el tracoma causante de ceguera, la úlcera de Buruli, las treponematosis endémicas (pian), la lepra (enfermedad de Hansen), la enfermedad de Chagas, la tripanosomiasis africana humana (enfermedad del sueño), la leishmaniasis, la cisticercosis, la dracunculosis (enfermedad del gusano de Guinea), la equinococosis, las infecciones por trematodos transmitidas por los alimentos, la filariasis linfática, la oncocercosis (ceguera de los ríos), la esquistosomiasis (bilharziasis) y las helmintiasis transmitidas por el suelo (gusanos intestinales).

Los resultados del estudio confirman lo que ya se ha observado en análisis de otros períodos desde 1975: la existencia de una profunda brecha entre los impactos de esas enfermedades y el desarrollo de tratamientos para ellas.

De los ocho fármacos lanzados en ese período, ninguno fue específicamente para las enfermedades tropicales desatendidas sino para la malaria y la tuberculosis,  y de hecho sólo dos son fueron nuevos  compuestos químicos: bedaquilina, para tuberculosis, y tafenoquina, para malaria, señala el estudio.

… enfermedades como la dracunculiasis no tienen ninguna opción de tratamiento disponible”.

Jadel Kratz, Iniciativa Medicamentos para las Enfermedades Desatendidas

Los demás eran medicamentos aplicados en el tratamiento de otras enfermedades que fueron aprobados para otros usos clínicos, o que tuvieron nuevas formulaciones.

Por ejemplo, la miltefosina, lanzada en 2014 para el tratamiento de la leishmaniasis, se utilizaba desde los años 1980 para metástasis cutáneas de cáncer de mama. Actualmente, este es el único medicamento oral para tratar todas las formas de la leishmaniasis. Otro avance fue el desarrollo de benzonidazol pediátrico, para tratar la enfermedad de Chagas en niños de 2 a 12 años, aprobado en 2017 (antes, era usado sólo en adultos).

“Falta innovación, que sólo apareció para la malaria y la tuberculosis. La principal causa, en mi opinión, son las inversiones”, dijo a SciDev.Net Adriano Andricopulo, investigador del Laboratorio de Química Medicinal y Computacional de la Universidad de São Paulo y coautor del artículo.

Según un informe divulgado en enero por Policy Cures Research, las inversiones en investigación para combatir estas enfermedades alcanzaron el valor récord de US$3.600 millones en 2017. Pero detrás de esa cifra se esconden algunas disparidades.

“Aunque fue la mayor inversión de la historia, el 70 por ciento de ese total fue para el sida, la malaria y la tuberculosis, donde hemos observado la mayor innovación farmacéutica en las últimas décadas, aclaró Andricopulo.

blister pastillas
Paquete de cloroquina, medicamento utilizado en el tratamiento de la malaria. 
Crédito: Lauren Holden / Wellcome Trust (CC BY).

Según el investigador, se requiere una mayor inversión en enfermedades tropicales que realmente están desatendidas como dengue, chikungunya, leishmaniasis y otras.

El investigador Jadel Kratz señala que existen tratamientos disponibles para algunas enfermedades, como Chagas y leishmaniasis, pero con limitaciones, pues fueron desarrollados hace mucho tiempo, o los tratamientos fueron adaptados de otras áreas terapéuticas.

“Otras enfermedades, como la dracunculiasis, no tienen ninguna opción de tratamiento disponible”, precisó Kratz, quien es gerente de investigación y desarrollo de la Iniciativa Medicamentos para las Enfermedades Desatendidas, organismo de investigación sin fines de lucro de nuevos tratamientos para estas enfermedades.

Además de la falta de inversiones, otros factores dificultan el desarrollo de medicamentos específicos para ellas. “Muchas veces, la perpetuación de estas enfermedades está ligada a la falta de condiciones sanitarias y de infraestructura. Y la concentración de los pacientes en áreas remotas y de baja infraestructura dificulta el desarrollo de los medicamentos”, explicó.

La creación de un nuevo medicamento para cualquier enfermedad es un proceso complejo: es necesario conducir estudios clínicos con un gran número de pacientes, lo que requiere infraestructura y personal capacitado. “Es más fácil hacer un estudio clínico de una enfermedad cardiovascular en una ciudad como São Paulo o Nueva York, donde existen hospitales y médicos, que en una región que tal vez no tenga internet, electricidad ni mucho menos equipamientos sofisticados y personal entrenado”, compara Kratz.

Y después de superar esas dificultades y aprobar un nuevo medicamento, que puede tardar en promedio 10 a 12 años, los productores deben lograr que llegue a los pacientes y sea accesible.

Andricopulo cree que la situación de las enfermedades olvidadas puede cambiar con más inversiones  y nuevos incentivos.
A modo de ejemplo, explicó que la FDA (Food and Drug Administration) de los Estados Unidos, tiene políticas para acelerar la disponibilidad de medicamentos que tratan enfermedades graves. “Las grandes empresas farmacéuticas están utilizando esas formas para acelerar el desarrollo de nuevos fármacos para el tratamiento de las enfermedades desatendidas”, expresó.

La Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria (Anvisa) de Brasil, en 2018, dio una norma para  que la aprobación de medicamentos para enfermedades raras, incluyendo las desatendidas, pueda obtenerse hasta en 120 días, plazo muy inferior al promedio, que es de 188 días para los genéricos y similares, 276 días para medicamentos nuevos y 356 días para los innovadores.

Enlace al resumen del artículo en The Lancet

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