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[CIUDAD DE MÉXICO] A pesar de que muchos mexicanos se vuelven más vulnerables social y económicamente después de cruzar la frontera a Estados Unidos, su acceso a los servicios de atención médica disminuye drásticamente. Las mujeres son las más afectadas pues presentan tasas más altas de depresión y alcoholismo que las no migrantes.

Dos investigaciones dadas a conocer en el último mes advierten de los impactos negativos que estas situaciones pueden acarrear no solo a la población migrante sino a su descendencia. Y aunque no ha sido suficientemente estudiado, los investigadores creen que algunos de estos problemas podrían encontrarse también en otros grupos, como los centroamericanos.

“Antes de partir, 84 por ciento de los mexicanos migrantes tiene seguro médico, pero cae al 20-50 por ciento en el lugar de destino”, dice Ana Martínez Donante, investigadora de la Universidad de Drexel, una de las coautoras del estudio publicado en Journal of Health Care for the Poor and Underserved.

Por estar en ocupaciones más peligrosas y porque las condiciones de trabajo son particularmente malas, los migrantes tienen, además, una mayor tasa de accidentes laborales y, en consecuencia, una mayor tasa de discapacidad”.

Hiram Beltrán-Sánchez y Fernando Riosmena.


Tras analizar las respuestas de 1,541 mexicanos que cruzaron la frontera Tijuana-Estados Unidos entre 2007 y 2015, ella y sus colegas concluyen que los mexicanos que habían emigrado previamente reportaron un menor acceso a los servicios de salud, incluso durante su regreso a México, que aquellos que emigraban por primera vez.

Los 11.4 millones de inmigrantes mexicanos que viven en EE.UU.—de acuerdo con el censo 2017 de ese país— son vitales para la economía estadounidense pues contribuyen con el 4 por ciento de su Producto Interno Bruto. Si se incluyen mexicanos de tercera generación, el porcentaje llega al 8 por ciento. Pero casi  5 millones de ellos, la mayoría varones entre 30 y 64 años, carecen de cobertura médica.

De otro lado, las mujeres migrantes que regresan a México, tienen tasas más altas de dependencia al alcohol (3.2 contra 0.8 por ciento de las no migrantes) y de trastorno de ansiedad (12.9 contra 6.8 por ciento), además de tener tasas significativamente mayores de depresión y de tendencias suicidas, señala otra investigación contenida en un libro presentado por la Comisión Nacional de Población (CONAPO) en México hace unos días.

En esa publicación, 23 investigadores de ambos países analizan las causas y consecuencias de la vulnerabilidad sanitaria de los inmigrantes mexicanos.

Arturo Vargas Bustamante, especialista en migración de la Universidad de California, uno de los autores, identifica que el estatus legal es uno de los principales obstáculos para el acceso y uso de los servicios de salud. Más del 50% de los inmigrantes mexicanos son ilegales, esto propicia que muchos de ellos no acudan a consultas médicas por miedo a ser deportados.

Aun entre la población con documentos, cuando ocurre un evento médico “el costo de la atención sanitaria los empobrece, lo que vuelve imposible darle continuidad a la atención de enfermos crónicos”, dijo a SciDev.Net Vargas Bustamante. Los investigadores Hiram Beltrán-Sánchez y Fernando Riosmena advierten además que la vulnerabilidad sanitaria de los inmigrantes se hereda. Es decir, que a lo largo del tiempo, las diferentes formas de desventajas se acumulan y propician que la salud de ellos y de sus hijos empeore más rápidamente en comparación con otros grupos no-hispano blancos.

El estrés, las largas jornadas laborales, la inseguridad alimentaria y las malas condiciones de vida, sumados, son elementos que contribuyen a que los inmigrantes mexicanos tengan mayores niveles de glucosa, bajo colesterol HDL y obesidad.

Por estar en ocupaciones más peligrosas y porque las condiciones de trabajo son particularmente malas, los migrantes tienen, además, una mayor tasa de accidentes laborales y, en consecuencia, una mayor tasa de discapacidad, advierten Beltrán-Sánchez y Riosmena.

Todos los investigadores coinciden en que es necesario crear estrategias binacionales para que los gobiernos de ambos lados de la frontera garanticen la atención médica a los migrantes más desfavorecidos.  

“Puede ser que en los países receptores, expandir los servicios y programas para las poblaciones inmigrantes a menudo sea controvertido e impopular”, reconoce Martínez Donante. Sin embargo, desde una perspectiva de salud pública, “lo más sensato es proteger la salud de las poblaciones móviles por su propio bien y el de las poblaciones con las que interactúan en el lugar del que vienen y al que van”. 

> Enlace al artículo publicado en Journal of Health Care for the Poor and Underserved

Enlace al libro Migración y Salud, reflexiones y retos sobre la salud de la población migrante

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