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En países de América Latina y Asia, la posibilidad de prevenir la demencia es mayor que en los países desarrollados, según concluyó un estudio de Investigadores del University College of London (UCL) que analizó los factores que causan esta enfermedad en siete países de América Latina y Asia.
 
Según un trabajo anterior realizado por los investigadores, 35 por ciento de los casos de demencia en el mundo podría prevenirse, pues se atribuyen a factores de riesgo modificables, como falta de educación en la infancia; hipertensión, obesidad y pérdida de audición en la mediana edad; tabaquismo, depresión, inactividad física, aislamiento social y diabetes en la edad avanzada.
 
Sin embargo, para saber si estos resultados se aplicaban igualmente a países desarrollados y en desarrollo, los expertos utilizaron datos sobre estos nueve factores en siete países en desarrollo de América Latina y Asia: India, China, Cuba, República Dominicana, México, Puerto Rico y Venezuela.
 
Al analizar el perfil de riesgos para demencia en estos países, hallaron que el potencial de prevención es aún mayor, pues allí la proporción de esta enfermedad ligada a estos factores es de 40 por ciento en China, 41 por ciento en India y 56 por ciento en América Latina, revelan los resultados publicados en The Lancet Global Health.
 
Para esta patología —entendida en realidad como un grupo de enfermedades que deterioran las funciones cognitivas y la capacidad intelectual, de las cuales el Alzheimer es la más común— no existen tratamientos curativos, por lo que las estrategias de prevención son esenciales.
 
“Reducir la prevalencia de estos factores tendría un gran impacto en la prevalencia de la demencia. Incluso retrasar el inicio de la demencia por algunos años tendría un enorme impacto en la prevalencia de la enfermedad. Por eso es importante concentrarse en la reducción de estos factores de riesgo”, dijo a SciDev.Net Naaheed Mukadam, investigadora de la División de Psiquiatría de la UCL y principal autora del estudio.

“Existe una gran ventana de oportunidad para intervenir en el riesgo de demencia”

Orestes Forlenza, profesor del Departamento de Psiquiatría, Facultad de Medicina, Universidad de São Paulo 

Para los países en desarrollo, donde las políticas públicas para prevenir estos factores no han tenido el alcance de países en desarrollo, “existe una gran ventana de oportunidad para intervenir en el riesgo de demencia”, dijo a SciDev.Net Orestes Forlenza, profesor del Departamento de Psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad de São Paulo, que no participó en la investigación.
 
“Si estos factores de riesgo modificables se tratan adecuadamente a lo largo de la vida, disminuye el peso de cada uno en el riesgo de demencia, y así la cantidad de casos”, agregó Forlenza.
 

Adaptación cultural

El problema del sesgo para los países desarrollados también aparece en las herramientas de diagnóstico de demencia, que necesitan ser adaptadas culturalmente. “La mayoría de los instrumentos que evalúan memoria, atención, raciocinio, lenguaje, fueron desarrollados para poblaciones más escolarizadas. Pero es necesario adaptarlos para captar informaciones sin sesgos en individuos con baja escolaridad”, dijo Forlenza.
 
Por ejemplo, un cuestionario sobre asuntos que serían de conocimiento universal en una población escolarizada, para probar la memoria de los pacientes, puede no funcionar con personas que no tuvieron acceso a esas informaciones.
 
“Otra cuestión son los aspectos culturales. La descripción de un estado depresivo por una persona que vive en Escandinavia va a ser la misma de una persona que vive en el interior de China?”, dice Forlenza.
 

Antes, pero también después

Además de la estimación del impacto de las intervenciones preventivas, otros estudios han señalado el peso de la falta de tratamiento en pacientes con trastornos mentales.

En la región, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) estimó que, en promedio, casi 7 de cada 10 personas con trastornos mentales no reciben tratamiento, y que también allí se identifica el sesgo entre países en desarrollo y desarrollados.

Mientras en América del Norte la brecha es de 53,2 por ciento, en América Latina de 74,7 por ciento. “Un tercio de la población indígena en Estados Unidos y 80 por ciento en América Latina no recibieron tratamiento”, agrega el estudio.

Y en cuanto al impacto económico de estas enfermedades, el desequilibrio entre la carga causada por trastornos mentales y el gasto en salud asignado a la salud mental provoca una brecha entre la carga y el gasto de tres veces en los países de altos ingresos mientras lleva a 435 veces en los países de bajos ingresos, estimó otro estudio de 2018 de la OPS.

“A pesar de las limitaciones que afectan a los presupuestos de salud mental en la región de las Américas, hay un margen considerable para hacer mejoras sustanciales (en la gestión de estas enfermedades) y, a la vez, priorizar el financiamiento de los servicios de salud mental comunitarios”, concluye la investigación de OPS, en sintonía con la investigación de la UCL.
 
Enlace al estudio en The Lancet Global Health

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