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La estructura de edad de la población de América Latina, cuyo promedio de edad se encuentra entre la de África (más joven) y la de América del Norte y Europa (más cantidad de mayores de 60 años), podría explicar por qué la COVID-19 está afectando principalmente al grupo comprendido entre los 25 y 59 años.

“La edad puede ser un factor de riesgo muy importante para las complicaciones y la mortalidad por COVID-19, por lo que es importante comprender qué países y áreas están en mayor riesgo según la estructura de edad”, dijo a SciDev.Net la investigadora Jennifer Dowd, profesora del Departamento de Sociología de la Universidad de Oxford. 

Dowd es coatuora de un artículo publicado en PNAS que destaca que la estructura demográfica de una población es clave para comprender cómo se desarrollará la enfermedad, cómo será su intensidad y qué medidas se deben tomar para disminuir su impacto.

De hecho, si se observa el caso de San Pablo —el estado de Brasil con mayor cantidad de casos—, aunque la tasa de mortalidad por COVID19 es más alta en los mayores de 60 años —como en el resto del mundo—, 77 por ciento de las infecciones se registran en personas de entre 20 y 50 años.

Lo mismo ocurre en Argentina, en donde el grupo de entre 15 y 59 años acumula 80 por ciento de los casos positivos, y en Uruguay, por ejemplo, con poco más de 70 por ciento de los casos, entre otros países. En cambio, en España e Italia, la tasa de personas infectadas entre menores de 60 años es de 44,7 por ciento y 43,9 por ciento, respectivamente.

El envejecimiento de la población es más característico en los países más ricos, lo que, en teoría, podría disminuir el impacto de la pandemia en los países en desarrollo o subdesarrollados, con estructuras de edad más jóvenes. Sin embargo, en algunos de estos países esto no sucede.

“La estructura de edad de la pirámide de población brasileña es diferente de la de Europa. No tenemos el mismo porcentaje de personas mayores en Italia o España, así que es natural que la enfermedad se distribuya principalmente entre los jóvenes”.

Margareth Dalcolmo, Fundación Oswaldo Cruz (Brasil)


Para Margareth Dalcolmo, investigadora de la Fundación Oswaldo Cruz, Brasil, el hecho de que en Brasil la COVID-19 afecte más a jóvenes se debe principalmente a una adaptación de la enfermedad al perfil de la población del país.

“La estructura de edad de la pirámide de población brasileña es diferente de la de Europa. No tenemos el mismo porcentaje de personas mayores en Italia o España, así que es natural que la enfermedad se distribuya principalmente entre los jóvenes”, dijo Dalcolmo a SciDev.Net.

Dalcolmo también señaló que esta mayor vulnerabilidad de los jóvenes brasileños puede estar relacionada con una mayor concentración de esta población en lugares con condiciones desfavorecidas y el acceso precario a los servicios de salud.

Algo similar sucede en África, donde alrededor de 60 por ciento de la población tiene menos de 25 años. En ese continente, aunque la propagación de la enfermedad aún no es masiva, los investigadores predicen si eso ocurre la mortalidad sería alta, porque 56 por ciento de la población urbana se concentra en barrios marginales superpoblados, 9,5 millones de jóvenes trabajan en la minería y muchos de ellos tiene coinfecciones como SIDA y tuberculosis.

Más allá del caso de África, los investigadores coinciden en que, aunque la infección puede afectar a los jóvenes de manera leve, el gran problema es que pueden ser vectores potenciales de la enfermedad para grupos de mayor riesgo.

En ese sentido, el artículo de Oxford también concluye que los países con contactos intergeneracionales fuertes, donde hijos y nietos viven cerca de sus padres o se vinculan entre sí con frecuencia, también es un factor que pueda ayudar a propagar la enfermedad a la población mayor de 60 años. Por eso, el estudio indica que se debe prestar especial atención a los grupos de población de alto riesgo con contacto intergeneracional y sugiere algunas medidas.

“Si bien las escuelas pueden ser un foco de transmisión de virus, el cierre de estas instituciones puede propiciar el contacto entre abuelos y niños”, destaca el estudio, porque los abuelos, muchos ya jubilados, se convierten en los cuidadores de los niños mientras los padres están trabajando.

Entonces, “en poblaciones con estrechos lazos intergeneracionales, los gobiernos deben facilitar soluciones de cuidado infantil que reduzcan el contacto (con los mayores)”, sugiere.

Consultado por SciDev.Net sobre las conclusiones del estudio, el demógrafo José Eustáquio Diniz Alves, profesor retirado del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), opinó que aunque la demografía es importante, no es decisiva.

“Hay otros aspectos además de la demografía. Las diferencias entre países se reflejan en la calidad del acceso a los servicios de salud, en la distribución del ingreso y en las condiciones de vida. Los que no tienen agua y jabón serán más vulnerables a la enfermedad”, afirmó.

Y recordó algunos errores cometidos al principio de la pandemia. “Cuando el virus aún no había llegado a América Latina, se dijo que la enfermedad no sería fuerte en Brasil, porque este es un país joven, y la gente comenzó a creer eso. Hay una falsa sensación de seguridad entre los jóvenes”.

> Enlace al estudio en PNAS

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