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En una playa de Guatemala ubicada en una zona protegida, lejos de las posibles fuentes de emisión, un estudio halló fragmentos contaminantes de microplásticos, partículas menores a cinco milímetros que, por ser fáciles de ingerir, pueden dañar a la salud de la vida animal y humana.

“Incluso en áreas ambientales protegidas, donde no hay fuente contaminantes de microplásticos, vemos una intensa contaminación”, dijo Roberto Meigikos dos Anjos, investigador de la Universidad Federal Fluminense (Brasil) y autor principal del trabajo publicado en el Marine Pollution Bulletin.

El grupo de investigadores trabajó en la playa El Quetzalito que, situada al norte de ese país, forma parte de una zona de 1.500 km2 llamada Refugio de Vida Silvestre Punta de Manabique. La región, además, tiene manglares y arrecifes de corales que buscan ser protegidos.

Según detalló el experto a SciDev.Net, la principal fuente de contaminación es material plástico en general “que llega a la costa desde los ríos y por las lluvias, y con la ayuda de las corrientes marinas se distribuye a lo largo de las áreas de las costa marina, incluyendo las playas protegidas”.

Un estudio previo ya había señalado que la basura plástica en los mares se ha transformado en tan preocupante que hacia 2050 pesará más que todos los peces juntos.

La principal fuente de contaminación es material plástico en general “que llega a la costa desde los ríos y por las lluvias, y con la ayuda de las corrientes marinas se distribuye a lo largo de las áreas de las costa marina, incluyendo las playas protegidas”.

Roberto Meigikos dos Anjos, Universidad Federal Fluminense (Brasil)

Crédito de la imagen: Pedro Andrade/Gentileza Roberto Meigiko.

En el estudio, el microplástico más abundante (66,8 por ciento) fue poliestireno, un material duro usado en embalajes y en la industria del juguete, por ejemplo, junto con fragmentos de polipropileno (25,8 por ciento), usado para la confección de ropas y envases.

Los polímeros que conforman estos materiales tienen alta duración, pero se deterioran por acción de la luz ultravioleta y por acción física (como las erosiones eólicas y marinas).

El trabajo forma parte de un proyecto más amplio que se lleva a cabo en varios países de América Latina y el Caribe, llamado Remarco (remarco.cl), en el que participan Meigikos y colaboradores.

Remarco es “una red de cooperación en ciencia y comunicación que conecta a 16 países de América Latina y el Caribe para facilitar la toma de decisiones frente a los retos y vulnerabilidades comunes presentes en los ambientes marinos bajo cuatro líneas de acción: contaminación química marina, acidificación de los océanos, floraciones de algas nocivas y microplásticos”.

“Estos estudios en áreas protegidas permiten una mejor visualización de los daños causados al ambiente costero y marino”, añadió Meigikos.

“El mensaje principal es que debemos invertir fuertemente en higiene básica en los países latinoamericanos si queremos proteger el ambiente. Al mismo tiempo, es necesario cambiar las conductas sociales, para no hacer del ambiente un gran basural”, concluyó.

Para Martín Blettler, investigador del Conicet argentino en el Instituto Nacional de Limnología de la Universidad del Litoral, el microplástico ya es algo completamente ubicuo en la Tierra. “Está en los lagos remotos de Mongolia, en las Fosas de las Marianas, en la Antártida, en alta montaña. Se encontró en el agua de grifo tanto como en la embotellada, o en las mieles”, dijo.

Respecto del trabajo realizado en El Quetzalito, destacó que la investigación ratifica para una zona protegida lo que ya estimaban otras investigaciones.