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Miles de abejorros importados por Chile desde 1982 para propiciar la polinización de algunos cultivos han invadido el sur de Argentina y provocado importantes daños medioambientales, como la reducción de su biodiversidad, y eventualmente podrían propagarse a otros países sudamericanos.

Un grupo de investigadores de universidades de Chile, Argentina, Estados Unidos y Canadá, publicaron esta semana (6 de marzo) un artículo en Journal of Applied Ecology  en el que reportan las consecuencias más graves de esta invasión de abejorros en el sur de Argentina, que incluyen desde la transmisión de patógenos hasta daño a flores y cultivos en campo abierto como la frambuesa, de importante valor comercial.

En el reporte, afirman que uno de los impactos más negativos ha sido la disminución de la única especie nativa de abejorros en la Patagonia (Bombus dahlbomii).

“Desde hace 25 años llevamos a cabo monitoreos sistemáticos en el Valle del Challhuaco, a 20 kilómetros de Bariloche.  En el caso del abejorro nativo hace cerca de 10 años que no detectamos su presencia, cuando solía ser el polinizador más abundante allí”, dice a SciDev.Net Marcelo Aizen, autor principal del artículo e investigador de la Universidad de Comahue, en Bariloche.

Además, reportan que la gran abundancia de B. terrestris ha aumentado el robo de néctar y el daño en flores nativas y cultivadas. En el caso de la frambuesa, las excesivas visitas del B. terrestris provocan daños en el estilo de la flor, ocasionando la disminución del tamaño de la fruta en los campos comerciales del noroeste de la Patagonia.

“El néctar robado de la flor de frambuesa también disminuye la disponibilidad de néctar para que se alimenten las abejas melíferas, lo que propicia efectos negativos en la producción de miel”, afirman los autores en el artículo.

Debemos sentarnos con los colegas transandinos y a través de una agenda binacional discutir e implementar medidas de manejo destinadas al control de los abejorros exóticos”.

Marcelo Aizen, Universidad de Comahue, Bariloche
El problema se inició en los años ochenta, cuando el sector productivo chileno presionó para importar abejorros (B. ruderatus) desde Nueva Zelanda y mejorar la polinización del trébol rosado, de gran valor para el forraje. Luego,  en 1997, el país autorizó la importación de la especie Bombus terrestris desde Holanda para mejorar la polinización del tomate en invernadero, pues se había comprobado que esta especie era mucho más efectiva y barata comparada con otros métodos de polinización.

“Los entomólogos en Chile estaban en total desacuerdo con esa introducción”, dice la investigadora Patricia Stay, del Instituto de Investigaciones Agropecuarias (INIA) La Platina, que depende del Ministerio de Agricultura de Chile.

“Ellos venían trabajando en la domesticación de la única especie nativa (B. dahlbomii), conocido también como moscardón, y se había demostrado su eficacia en la polinización de tomate producido en invernadero”, revela Stay, quien en 2005 logró un procedimiento técnico patentable de producción masiva de la especie de Bombus nativa tras su evaluación sobre especies hortofrutícolas, el cual se usa actualmente a nivel experimental.

A pesar de esta alternativa, Chile no ha detenido la importación de especies de abejorros de Europa. Según el artículo de Aizen, desde 1997 ha importado más de un millón de colonias; únicamente en 2015 el país importó 200 mil colonias de empresas de Bélgica, Eslovaquia e Israel. Y aunque se han usado en invernaderos y ambientes controlados, muchos abejorros se usan para polinizar campos abiertos de frambuesas.

Para Vicente Pérez D’Angello, investigador de la Universidad de Magallanes, en Chile, quien no participó en el estudio,  la importación del Bombus terrestris no se ha detenido por “ignorancia biológica de las autoridades”.  

“Los funcionarios de los servicios del agro tienen desconocimiento de la biología, hay carencias de laboratorios de investigación y también de presupuesto para financiar los proyectos de los investigadores”, afirma el chileno a SciDev.Net. Pérez D’Angello acusa al INIA de haber introducido al B. terrestris en Magallanes para mejorar el rendimiento de cultivos de tomates en invernaderos. “¿Para qué? Magallanes no es región agrícola. Tuvo una razón de la sinrazón”, afirma.

Por su parte, Stay cree que es necesario tomar en cuenta todos los elementos que afectan a las poblaciones de abejas en Chile y Argentina pues el uso de abejorros para la polinización sí puede influir positivamente en el calibre exportable de la fruta.

En su artículo, Aizen y sus colegas destacan la necesidad de alertar a los gobiernos de las consecuencias involuntarias que puede tener un tratado comercial para importar especies no nativas y sobre la urgencia de medidas internacionales coordinadas para prevenir la presencia de especies invasoras.

Hace un año un grupo de investigadores brasileños usó modelos para identificar las zonas de Sudamérica más susceptibles a la invasión de B. terrestris y concluyó que el abejorro exótico llegará al noreste de Uruguay y el sureste de Brasil. Aizen también predice que se propagará en Bolivia y Perú.  

Debido al potencial peligro para la región, Aizen considera que “la primera medida es que Chile interrumpa la importación de abejorros”. Luego “debemos sentarnos con los colegas transandinos y a través de una agenda binacional discutir e implementar medidas de manejo destinadas al control de los abejorros exóticos”, afirma.

El investigador dice que algunas de estas medidas pueden incluir la destrucción de nidos silvestres para reducir la abundancia de B. terrestris, “pero habría que discutirlo y evaluar su efectividad”. 

Pérez D’Angello recuerda que los arqueólogos del país tienen una ley que detiene cualquier emprendimiento que ponga en riesgo el pasado arqueológico del país. Eso, indica, también deberían tener los biólogos para proteger la biodiversidad. Porque “lo que ha impedido que Chile detenga la importación de especies exóticas es la carencia de una ley al respecto”. Por eso, concluye: “soy un biólogo indignado”.

> Enlace al artículo completo en Journal of Applied Ecology.