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Cerca del 90 por ciento de casos de malaria reportados en los últimos 10 años en Panamá se focalizan en comunidades indígenas, situación que podría agravarse por la actual pandemia del nuevo coronavirus, que ha puesto al borde del colapso los precarios servicios de salud de esos territorios.
 
El estudio, publicado en Malaria Journal, encontró que los asentamientos indígenas más afectados son las comunidades Guna de Madungandí, localizada al este de la provincia de Panamá, las comunidades indígenas de la provincia de Darién, y la comarca Guna Yala, en la costa Caribe fronteriza con Colombia.
 
En estas zonas prevalece la pobreza, y el acceso a la salud y servicios básicos es limitado. Según el Banco Mundial, en los territorios indígenas panameños la esperanza de vida es de 67,8 años, mientras que el promedio nacional es 79 años. Y las tasas de mortalidad materna son cinco veces más altas: 462 entre las poblaciones nativas frente a 92 por 100.000 nacimientos en el resto del país.

La COVID-19 está golpeando fuertemente a estos asentamientos: de 77.377 casos confirmados al 12 de agosto en el país, la Comarca Guna Yala tiene 595 casos y la de Darién 1,398. En la provincia de Panamá, donde se ubica la Comarca Madugandi, hay 42.976 casos. En total se han registrado 1,703 defunciones en el país, según el Ministerio de Salud.

“Por la pandemia no se debe dejar de atender esta enfermedad, principalmente porque estamos en la época de proliferación de los vectores; es muy importante seguir haciendo el monitoreo y la vigilancia epidemiológica”

Tomás Alberto Ríos, Universidad Autónoma de Chiriquí, Panamá

Lisbeth Amarilis Hurtado, encargada del Departamento de Análisis Epidemiológico y Bioestadísticas del Instituto Conmemorativo Gorgas de Estudios de la Salud, y autora principal del estudio, señaló que en Panamá el trabajo con las poblaciones indígenas es difícil porque existen muchas barreras culturales.  
 
Refirió que en ocasiones, debido a sus  creencias, los infectados se resisten a seguir los tratamientos y las medidas de control convencionales contra la malaria, a lo que se suman las dificultades para llegar a los territorios indígenas, generalmente ubicados en plena selva.
 
“El problema de pobreza y marginación que viven estos grupos hace mucho más difícil atacar la situación”, dijo la investigadora en entrevista telefónica con SciDev.Net.
 
A ello se añade la presencia de migrantes que llegan a la frontera de Panamá con Colombia, procedentes de países con casos más severos en los que se han descrito cepas resistentes a los principales antimaláricos, añadió.  Los mosquitos hembra del género Anopheles infectados con el parásito Plasmodium son los principales vectores de la malaria, pero según Lorenzo Cáceres, entomólogo médico y coautor del estudio, en Panamá cinco de las 26 especies de mosquitos que pululan en el país trasmiten la enfermedad.
 
Además, aún se desconoce cómo están contribuyendo en la transmisión de la malaria otras seis especies, confirmó a SciDev.Net Cáceres, investigador senior del Instituto Gorgas.
 
Para el biólogo-entomólogo Tomás Alberto Ríos, el hallazgo de un porcentaje tan alto de incidencia de la enfermedad en territorios indígenas podría estar asociado al comportamiento del vector “o hasta de una nueva especie que esté actuando como vector de transmisión del patógeno”.
 
Dirigentes de diversos pueblos originarios de Panamá durante el Congreso Nacional de Pueblos Indígenas, 2017.
Crédito de la imagen: Marcelino Rosario.

A Ríos, quien es analista del laboratorio científico de la Universidad Autónoma de Chiriquí y no participó del estudio, le preocupa el porcentaje tan alto de malaria hallado en las comarcas indígenas.
 
“Hay que seguir haciendo estudios sobre el comportamiento de las poblaciones en estas zonas”, dijo telefónicamente a SciDev.Net, y recomendó que paralelamente se eduque a sus habitantes, desde una perspectiva intercultural, sobre las enfermedades tropicales infecciosas.
 
“Actualmente, por la pandemia, no se debe dejar de atender esta enfermedad, principalmente porque estamos en la época de proliferación de los vectores; es muy importante seguir haciendo el monitoreo y la vigilancia epidemiológica”, alertó.

El estudio destaca que “la mitad de la población infectada [en los últimos diez años] tenía 19 años o menos, y el 41 por ciento correspondía a menores de 15 años, especialmente menores de cinco años”, lo que en opinión de los autores, evidencia la transmisión de la enfermedad dentro del hogar.
 
Cáceres confirmó que más del 90 por ciento de casos de malaria en Panamá son ocasionados por Plasmodium vivax, un parásito que no genera muerte como el P. falciparum. Sin embargo, en ocasiones se aloja en el hígado del paciente sin manifestar síntomas para, posteriormente activarse y causar una recaída.
 
Los autores estiman que sí se puede eliminar la malaria para el 2030, objetivo fijado por el gobierno. Pero para ello, según Hurtado, urge fortalecer el programa de eliminación de la malaria con compromisos claros, mayor apoyo financiero al programa y el desarrollo de la logística necesaria, atendiendo también el factor intercultural de los pueblos indígenas.
 
> Enlace al artículo completo en Malaria Journal

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