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Hija de una ama de casa y un militar, su carrera como científica no era parte del universo familiar de la brasileña Ana Tereza de Vasconcelos. A pesar de eso se graduó en Ciencias Biológicas de la Universidad Estatal de Río de Janeiro (1983), realizó una maestría en Biofísica de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ) en 1995, y un doctorado en Genética también en la UFRJ (2000).

En 1984 comenzó a trabajar en el Laboratorio Nacional de Computación Científica, donde se enfocó en el campo de la bioinformática —la tecnología de la información aplicada al análisis y modelado de datos obtenidos en la investigación biológica— y la genómica —rama de la genética que estudia el material genético de los seres vivos transmitido a su descendencia—. Entonces eran campos jóvenes en el mundo de la ciencia.

En Brasil, el Proyecto Genoma de ese país es considerado el punto de partida para la genómica local, cuyo vigésimo aniversario se celebra este año.

Siendo hasta la actualidad un campo masculino en Brasil, Ana Tereza fue una de las primeras mujeres en su país en trabajar en el área, y posiblemente una de las pioneras en América Latina. Sus estudios han contribuido a combatir diversas enfermedades que afectan a los países en desarrollo, como la malaria, la fiebre amarilla, el zika, el chikungunya, el mayaro, el oropouche y la COVID-19.

“Compartir datos en América Latina hace que esta ciencia crezca, cada vez más rápido, de una manera más democrática”.

Ana Tereza de Vasconcelos


¿Cómo termina una bióloga trabajando en el Laboratorio Nacional de Computación Científica (LNCC) de Brasil?
Cuando terminé la universidad todavía no me había decidido por la genética. Siempre me gustaron las matemáticas y la informática. Al final de mi graduación trabajé con la calidad del agua y surgió la oportunidad de sumarme al LNCC con el modelado computacional en un proyecto relacionado con la central hidroeléctrica Tucuruí, en Pará.

Cuando la región se inundó habían comprado un paquete computacional matemático para ver cómo sería la degradación de la materia orgánica y necesitaban a alguien con mi perfil.

Ana Tereza con Darcy Fountoura
Ana Tereza con Darcy Fontoura de Almeida, a la izquierda, quien le presentó la bionformática y la genómica.
Crédito de la imagen: Ana Tereza de Vasconcelos.
 
En aquel entonces, ¿cómo supo de disciplinas como la bioinformática y la genómica?
La bioinformática me llegó a través de un profesor del el Instituto de Biofísica de la UFRJ, Darcy Fontoura de Almeida, quien durante unas vacaciones encontró un libro que decía que el manual de instrucciones sobre cómo funciona cualquier ser vivo estaba escrito en el ADN.

A mediados de la década de 1980, ese libro comenzaba a hablar de que a través de la lectura y la comprensión de esa secuencia (genética) podíamos extraer información que nos permitiría comprender el comportamiento de una célula o incluso de un organismo.

Darcy se acercó a mí y me propuso que me cambiara de área para trabajar en genómica. Entonces tenía 24 años, era un mundo nuevo, lleno de preguntas y, como soy una persona curiosa, me encantó la propuesta.

Como ya trabajaba con biología molecular y estaba en un instituto de informática, mi entrada en el campo de la bioinformática fue razonablemente natural. Tuve que aprender mucho sobre computación, lenguajes de programación.

 
 
La bioinformática es un campo reciente...
Sí, tiene unos 30 años. Comenzó con el desarrollo de dos tecnologías. Una de ellas, desde el punto de vista de la biología molecular, fue el desarrollo de los equipos capaces de secuenciar pequeños fragmentos de ADN, es decir, determinar el orden de los nucleótidos (las cuatro letras que forman el código genético: ATCG) en el ADN o de los aminoácidos que forman las proteínas.

Estos dispositivos secuenciadores comenzaron a desarrollar su tecnología y con los años fue posible analizar los tipos más diferentes de organismos.

La otra tecnología, extremadamente importante, fue el área de la informática, cuando las computadoras comenzaron a ser más potentes, más rápidas y robustas. Con estas computadoras fue posible analizar las secuencias de ADN.

La información en esas secuencias fue tan grande que fue necesario desarrollar algoritmos computacionales capaces de procesar esa información y extraer información biológica relevante.

Un hecho importante para la bioinformática fue Internet, que comenzó en 1992. Antes, las secuencias que se obtenían se depositaban en bases de datos aisladas. Debíamos comprar una suscripción a esas bases de datos y enviar la información en disquetes o CD.  También tuvimos que desarrollar nuestro propio programa para hacer el análisis.

Pero en alrededor de 1992, cuando apareció Internet, esas bases de datos comenzaron a ser públicas y las secuencias se depositaron en una base de datos llamada GenBank (con base en Estados Unidos, en los Institutos Nacionales de Salud), también en una europea y otra en Japón.

Con Internet, todos los investigadores de todo el mundo ahora tienen acceso a esta información al mismo tiempo, que es gratuita y está abierta a toda la comunidad científica.

Por eso digo que la bioinformática es una de las áreas más democráticas de la ciencia, porque cualquier persona en el mundo puede tener acceso a la misma información, al mismo tiempo, tan pronto como se publique.

“La bioinformática es una de las áreas más democráticas de la ciencia, porque cualquier persona en el mundo puede tener acceso a la misma información, al mismo tiempo, tan pronto como se publique”.

Ana Tereza de Vasconcelos

  
¿Qué significaba ser mujer en este campo aún emergente? ¿El hecho de ser una mujer le ha impedido o le ha ayudado en su profesión en un mundo aún masculino?
En el momento en que surgió, la comunidad bioinformática estaba dominada principalmente por hombres. No recuerdo situaciones en las que ser mujer me impidió u obstaculizó mi profesión.

Pero tal vez me ayudó a partir de algunos prejuicios. En algunas situaciones tal vez me miraron y dijeron “pobrecita, es una mujer con mucho trabajo, del tercer mundo, con dos hijos que criar; colaboremos”. En algunas reuniones lo sentí. Pero mucho más por los prejuicios de los demás que por los míos.

Esto sucedió una vez cuando estaba en Estados Unidos, en una reunión en el Instituto Venter, creado por Craig Venter, el investigador que desarrolló el genoma humano. Tuvimos una colaboración con él para el genoma humano. Pero tuve un problema con el ensamblaje del genoma del mosquito de la malaria aquí en Brasil. Lo había secuenciado, pero el paquete que desarrollaron no permitía el ensamblaje. Cuando terminó la reunión, fui a ver a su jefe, Bob Strausberg, que estaba visiblemente triste por mí.

Entonces, llamó a la persona que había desarrollado el software, Brian Walenz, para que le mostrara lo que estábamos haciendo y se dio cuenta de que tenía que cambiar un módulo. Brian dijo que si su jefe le daba dos semanas, podría dedicarse a ello. El jefe dijo que podía hacerlo porque yo “lo necesitaba”. Luego reparó el módulo y construí el genoma del mosquito de la malaria, un programa ampliamente utilizado.

 
 
Es madre de dos hijos, pero logró hacer un posdoctorado en el extranjero y alta productividad a lo largo de su carrera científica. ¿Cómo combinar la carrera científica con la maternidad?
El desafío de ser madre cuando investigas, especialmente durante tus estudios de maestría y doctorado, es muy grande. Pero creo que siempre logré manejar las dos facetas con mucha facilidad, sobre todo porque el padre de mis hijos también es investigador y entendió la necesidad de que nos dividiéramos las tareas de casa y los hijos, para cuidarnos.

Durante el período en que nacieron los niños me quedé en casa, básicamente amamantando a los niños, pero volví a trabajar rápidamente.
Los niños crecieron acostumbrados a ver a sus padres sentados frente a la computadora, pero prestando atención. Tienen mucho cariño, mucho respeto por nuestra profesión y entendieron la necesidad de transformar los momentos en que podríamos estar juntos en momentos muy agradables.

Ana Tereza e hijos con tiburón
 
Su trabajo de investigación contribuyó a ayudar a combatir enfermedades que afectan a los países en desarrollo, como la malaria, la fiebre amarilla, el zika, el chikungunya, el mayaro y el oropouche. ¿Puede contarnos sobre el trabajo que usted y su equipo han realizado en el contexto de COVID-19?
Con la llegada de COVID-19 a Brasil era importante verificar rápidamente el origen de estos virus, si procedían de países europeos o de Asia. Entonces la pandemia ya estaba comenzando en Estados Unidos.

En marzo hicimos la secuencia de esos pocos casos que en ese momento ya tenían pruebas positivas. Este fue un trabajo importante para verificar que ya había una transmisión local, es decir, que un virus que había llegado a Brasil de pasajeros procedentes de Europa y otros continentes, pero también ya había mutado y ya se transmitía entre la población brasileña.

Ahora, en el laboratorio, seguimos secuenciando genomas de otras regiones del país en diferentes escalas de tiempo, con pacientes que contrajeron la enfermedad en los últimos dos meses.

Eso permite monitorear las mutaciones que ocurren en los virus en las diferentes regiones del país. Son datos extremadamente importantes para verificar si el virus en Brasil está cambiando a un ritmo normal, como sucedió en otros países, o más rápido.

También es importante para el desarrollo de pruebas de diagnóstico más rápidas, más eficientes y baratas, así como el desarrollo de medicamentos y vacunas, porque tenemos que elegir regiones del virus que sean más estables y puedan atacarse con fármacos.

LNCC equipo
Recientemente, investigadores del LNCC (entre ellos la Dra. Vasconcelos) secuenciaron en tiempo récord (48 hs) los primeros 19 genomas del COVID-19 de pacientes de los estados de Río de Janeiro, Minas Gerais, Goiás, Río Grande do Sul y São Paulo, ampliando la cobertura nacional de vigilancia genómica viral.
Crédito de la imagen: LNCC.
 
La bioinformática se caracteriza por trabajar en red, con colaboraciones entre grupos de investigación de varios países, incluso de América Latina. ¿Por qué sucede esto?
Sobre todo porque son proyectos muy caros. Porque es difícil que una institución o una sola persona obtenga dinero suficiente para construir un gran proyecto.

Hay que tener cuenta que el origen de la genómica en Brasil, con el Proyecto Genoma en Brasil, nació en una red. Fue una acción inducida por el Ministerio de Ciencia y Tecnología que hizo un llamado público para la creación de una red que apoyó a 24 investigadores con recursos que les permitieron estructurar los laboratorios de secuenciación.

La red ya no existe con recursos del ministerio, pero continuamos trabajando como una red.

La bioinformática siempre está vinculada a la validación de resultados, porque la información de nuevas funciones de los genes o de la biología de esos organismos, generalmente se valida en experimentos in vitro y/o in vivo en laboratorio. La parte de desarrollo de productos como testes de diagnósticos, drogas y vacunas es realizada por grupos específicos.

Genoma de mosquito Anopheles darlingi
Genoma del mosquito Anopheles darlingi, en cuyo estudio ha participado la Dra. Vasconcelos.
Crédito de la imagen: cortesía Ana Tereza de Vasconcelos.
  
¿Por qué es importante trabajar en red en la bioinformática y la genómica en América Latina?
Primero, porque en la bioinformática se puede trabajar y compartir datos de manera muy fácil. Y también porque la genómica es una ciencia costosa.

A menudo, compartir datos que pueden procesarse en otros países y compararse con los datos adquiridos de otras regiones de América Latina hace que esta ciencia crezca, cada vez más rápido, de una manera más democrática.

Siguiendo este razonamiento, en 2000, creamos la Sociedad Iberoamericana de Bioinformática, que celebra reuniones anuales y permite hacer proyectos conjuntos de investigación y capacitación.

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