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Gloria Bonder es pionera en Argentina en la investigación y formación en el campo de género. Hija de una de las primeras matemáticas del país, creo en 1979 en Buenos Aires —plena dictadura militar en el país— el primer Centro de Estudios de la Mujer.

Según Bonder, ese y todos los logros que alcanzó surgieron del trabajo en grupo, la creación de redes de mujeres, sinergia que considera esencial para avanzar hacia una profunda transformación social y cultural de las desigualdades de género.

Directora el área de Género, Sociedad y Políticas en FLACSO Argentina, y coordinadora de la Cátedra UNESCO Mujer, Ciencia y Tecnología en América Latina, Bonder reconoce como su principal mentora a Florence Howe, una de las impulsoras de los estudios de la mujer en Estados Unidos, y fundadora Feminist Press, editorial dedicada a difundir la producción de los estudios de género.

“Howe solía decir que ‘los estudios de la mujer son el brazo académico del movimiento feminista’”, dice Bonder, enfatizando, ante SciDev.Net, la importancia de reconocer la interrelación entre la investigación y la formación académica en el campo de género y el papel del movimiento social de mujeres en la visibilización y transformación de las desigualdades que afectan primordialmente a ellas.

Resulta llamativo que en épocas de supresión de derechos cívicos y usted haya logrado crear un centro de investigación sobre la mujer desde donde abordaban la violencia hacia la mujer. ¿Cómo lo logró?
Yo también me hago esa pregunta. En esa época, algunas de mis colegas ya se habían exiliado y otras permanecimos en el país en una suerte de exilio interno. Creamos un grupo de reflexión para repensar nuestras prácticas profesionales y pronto nos dimos cuenta de que queríamos hablar y entender un malestar que aún no tenía nombre. Percibíamos que, a pesar de tener una carrera universitaria y una profesión, nuestra autonomía y las oportunidades para expresarnos y hacer opciones de vida estaban más restringidas que las de los varones.

Empezamos a ponerle nombres a ese malestar y a darnos cuenta de que no era una cuestión personal sino colectiva, y por tanto política. También que necesitábamos nuevas herramientas teóricas para interpretarlo.

“El desafío no es incluir a las mujeres en entornos liderados por varones sino transformar esas culturas, juntos”.

Gloria Bonder


Con un grupo de colegas creamos el Centro de Estudios de la Mujer que desarrolló una intensa labor de investigación, difusión y formación en diversos campos (educación, comunicación, salud, entre otros).

Desde fines de los 90 y ya desde la Cátedra Regional UNESCO Mujer, Ciencia y Tecnología en América Latina me concentré en los temas relacionados con la igualdad de género en el campo científico y tecnológico. Ello me llevó a organizar un evento preparatorio a la Conferencia Mundial de la Ciencia (Budapest, 1999). Desde inicios de la década del 2000 nos interesamos en las relaciones de género en la construcción de la sociedad de la información y del conocimiento.

A lo largo de todo este trayecto, comprendí que la producción de conocimientos científicos sobre las relaciones de género debe ir acompañada de un proceso autoreflexivo para que mujeres y varones revean sus representaciones, prácticas y valores que configuran sus vidas cotidianas, relaciones y percepción del mundo.
 
¿Ese desafío sigue vigente hoy?
Totalmente, es ineludible si apostamos por un cambio sustancial.
 
¿Considera necesario asegurar la participación femenina en ámbitos de decisión mediante la asignación obligatoria de cupos o cuotas?
Sin duda. Hay medidas que pueden no satisfacer todas las expectativas que se depositan en ellas, pero son necesarias. Creo que en Argentina el cupo rompió un statu quo que era inadmisible y marcó un antes y un después en el Congreso, donde la participación de la mujer era insignificante.

El desafío va más allá de sumar mujeres, es fundamental que quienes resulten electas, se comprometan con la defensa y ampliación de los derechos de las mujeres y promuevan su ejercicio.

Video: Claudia Mazzeo.

El reciente debate en Argentina por la legalización del aborto, el posicionamiento contra el abuso sexual y la violencia de género, ¿implican avances en los derechos de la mujer?
Sí. Creo que todo lo que le ponga palabras, que visibilice una demanda de justicia, de libertad, de ejercicio de derechos, es positiva; es como correr un velo que no nos dejaba mirar. Es una manera de pronunciarse a favor de elegir una vida libre de violencia, donde se nos respete y podamos tener autonomía en las decisiones.
 
¿Y qué sucede en América Latina y el Caribe?
Las argentinas hemos sido pioneras en la región respecto de la ampliación de derechos, pero la demanda se ha esparcido. El reclamo ha sido de tal magnitud que inspiramos a otras mujeres, que rápidamente se sumaron con sus propios estilos y agregaron otras demandas, como por ejemplo las relacionadas con las desigualdades étnicas, raciales y socioeconómicas.

Padecemos distintas formas de opresión, de subordinación y discriminación; no es idéntica la situación de una mujer negra, blanca, representante de una minoría étnica, transexual o con capacidades diferentes.

El movimiento de mujeres se caracteriza por su heterogeneidad y es necesario que se les dé visibilidad y se valoren las demandas de todos los grupos de mujeres.
 
Desde el inicio de su carrera a la actualidad, ¿podría hacer un balance sobre la situación de la mujer?
Indudablemente se han logrado muchos avances en las últimas décadas. Al menos formalmente, hay un discurso social que acepta la igualdad entre varones y mujeres. Pero para que la igualdad formal se convierta en igualdad sustantiva, necesitamos garantizar a mujeres y varones iguales oportunidades para acceder y generar recursos materiales y simbólicos y participar en todos los ámbitos, en especial los de decisión.  
¿Incluidas la ciencia y la tecnología?
Si bien desde hace décadas se viene incrementando la cantidad de mujeres que estudian y se desempeñan en disciplinas científicas, en algunas de ellas —muy vinculadas al desarrollo económico y productivo— todavía son minoría. Por ejemplo, en algunas ramas de las ciencias (como Física y Matemática) y en las ingenierías, especialmente en informática.

Las investigaciones realizadas en los últimos años nos permiten afirmar que cuando las mujeres ingresan a esas áreas deben adaptarse a los códigos masculinos dominantes y muchas veces ellas terminan ocupando roles o posiciones subalternas.

Entonces, el desafío no es incluir a las mujeres en entornos liderados por varones sino transformar esas culturas, juntos.
 
¿Qué cree que debe hacerse para incrementar la participación de la mujer en las ciencias y la tecnología?
Hay tres caminos que son fundamentales. Tenemos que seguir cambiando todos los estereotipos, mandatos y expectativas de género que orientan a las mujeres hacia determinados campos de conocimientos.

En segundo lugar, es indispensable transformar las culturas de las instituciones. Cambiar las normas, los discursos y prácticas basados en determinados modelos masculinos que priorizan el éxito, generando rivalidades y competencias improductivas y nocivas para el bienestar de las personas.

Y en tercer término opino que el gran desafío es transformar el conocimiento actual mediante investigaciones e innovaciones que incluyan la dimensión de género, desde el diseño inicial hasta el análisis y utilización de los resultados.

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