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Con cierta sorpresa recibí en junio la invitación del Ministerio de Relaciones Exteriores de Panamá para participar en el lanzamiento de la Estrategia de Diplomacia Científica, Tecnológica y de Innovación, una iniciativa del organismo que pretende catalizar las interacciones entre científicos y diplomáticos panameños, con el fin de garantizar una mayor incorporación de evidencias científicas a los acuerdos internacionales firmados por el país.
 
Sorpresa porque vemos, en este preciso momento, algunas de las mayores economías de América Latina seguir justamente el camino opuesto, de debilitamiento de sus sistemas de ciencia y tecnología (CyT), de recortes drásticos en el presupuesto del área y descuido con los datos científicos en la formulación de legislaciones y de políticas públicas. Así, es admirable que un país con un sistema de CyT relativamente nuevo llegue con un bienvenido ejemplo contrario en medio de la crisis que asola a la región.
 
Dos meses después de la invitación —que acepté de inmediato—, se lanzó la estrategia en la Ciudad de Panamá, el 16 de agosto, en ocasión del Día del Diplomático Panameño. En el evento participaron autoridades gubernamentales, diplomáticos y expertos en diversas áreas, nacionales e internacionales, que formaron parte de sesiones sobre variados temas relacionados con la diplomacia científica.

“Hay varias formas de pensar la diplomacia científica. Una de ellas está relacionada con la inserción de la ciencia en las negociaciones internacionales, con miras a contribuir justamente a la resolución de problemas globales”.

Carla Almeida.

 
La mayoría de los presentes resaltó la relevancia de la iniciativa, destacando su potencial para estimular la cooperación científica, fortalecer la capacidad en el sector y promover el desarrollo económico del país y de la región. Marga Gual Soler, del Centro para la Diplomacia Científica de la Asociación Estadounidense para el Progreso de la Ciencia (AAAS), destacó el carácter pionero de la estrategia. Según ella, Panamá es el primer país latinoamericano en formalizar una iniciativa de esa naturaleza.
 
Aunque los últimos años han sido marcados por numerosas discusiones sobre la importancia de incorporar más ciencia a los procesos de gobernanza, tanto nacional como globalmente, todavía son escasas en la región las medidas concretas adoptadas con ese propósito. En ese sentido, Panamá acaba de dar un paso importante y, si es exitoso, puede servir de ejemplo para sus vecinos.

 
Diplomacia científica y América Latina
 
La diplomacia científica, a pesar de no ser exactamente una novedad, ha conquistado una atención creciente en los últimos años. Parte de ello se debe, ciertamente, al papel central que la CyT desempeña en el mundo hoy, con impactos importantes en la sociedad. El concepto también gana importancia en el contexto en que cada vez es más claro que ningún país solo podrá resolver problemas de dimensiones globales como cambios climáticos, seguridad alimentaria y desarme nuclear.
 
Hay varias formas de pensar la diplomacia científica. Una de ellas está relacionada con la inserción de la ciencia en las negociaciones internacionales, con miras a contribuir justamente a la resolución de problemas globales. Otra es valerse de los medios diplomáticos para facilitar la cooperación científica internacional. Otra es aprovechar las cooperaciones científicas para mejorar las relaciones entre países. Aunque con ambiciones globales, todas las interfaces de la diplomacia científica pueden revertirse en beneficios locales.
 
En Panamá, para retomar el ejemplo planteado, el trabajo conjunto diplomacia-ciencia ya ha dado frutos. En la ceremonia de lanzamiento de la estrategia, la vicepresidenta y ministra de Relaciones Exteriores, Isabel de Saint Malo de Alvarado, destacó los acuerdos de cooperación internacional que resultaron en la destrucción de armas químicas antiguas en la Isla San José y en la aprobación de nuevas rutas de navegación en aguas panameñas para minimizar las colisiones entre buques y ballenas jorobadas en migración. En Argentina, por citar otro ejemplo, la diplomacia científica está ayudando en la preservación y el manejo sustentable de los recursos marinos, en el marco del proyecto Pampa Azul. La iniciativa reúne a diversas instituciones científicas y representantes de la industria y tiene en la cooperación internacional un elemento central. Allí, Estados Unidos y Canadá son los principales socios del norte, y Chile y Brasil, del sur.
 
En términos de cooperación científica regional, vale destacar el Programa Iberoamericano de Ciencia y Tecnología para el Desarrollo y el Instituto Interamericano para la Investigación sobre Cambio Global (IAI), que han contribuido de diferentes formas para la integración de América Latina en las últimas décadas.
 
Ambos comenzaron como iniciativas Norte-Sur impulsadas por los países del norte, pero se convirtieron en redes más horizontales de cooperación sur-sur con la estabilización política y económica de la región en la década del 2000. Hoy el escenario es diferente y por eso la iniciativa panameña es tan simbólica. 

Ciencia, política y sociedad
 
Vivimos hoy en gran parte de América Latina un distanciamiento entre la comunidad científica y las autoridades políticas. El conocimiento científico producido en la academia no está llegando a las mesas de decisión o, si está, ha sido sistemáticamente ignorado. ¿Pero por qué? ¿Cómo resolverlo?
 
Bueno, la comunidad científica, de manera general, se ha mantenido alejada de la política. En Brasil, por ejemplo, la reacción de los científicos a los drásticos recortes presupuestarios en el sector de CyT del país en los últimos dos años fue tímida y ha tenido poco resultado práctico. Pero, con el agravamiento de la situación y en vísperas de las elecciones, algunos investigadores empiezan a buscar un mayor compromiso en la vida política, articulándose con candidatos y partidos y, en algunos casos, lanzándose a cargos políticos.
 
Es importante destacar aquí la mayor inserción de científicos en la carrera diplomática como una forma de incorporar más ciencia a las tomas de decisión. Esto ya empieza a ocurrir en Panamá, que recientemente ha flexibilizado las reglas relativas a la formación necesaria para el ingreso en la diplomacia.

“El 'ciudadano común', así como la comunidad científica, necesita tener espacio en la gobernanza del área. Sólo así luchará por ella”.

Carla Almeida.

 
En cuanto a los tomadores de decisión, vemos a la CyT cada vez menos valorada en sus agendas. En países latinoamericanos con elecciones en camino, el sector no consta en la pauta política. Los temas urgentes como el cambio climático y la seguridad alimentaria están fuera del debate. Esto sugiere, por un lado, el poco compromiso de los políticos con el sector de ciencia y tecnología y, por el otro, que defender el área no da votos. De ahí la pregunta: ¿la sociedad está tan desinteresada?
 
Para que la ciencia sea debidamente valorada y reconocida como elemento fundamental para el desarrollo sostenible de la región, no basta con convencer a las autoridades políticas de su relevancia. Es necesario que la sociedad civil también se apropie del conocimiento científico y pase a ver la ciencia como parte de la solución. Para ello, el “ciudadano común”, así como la comunidad científica, necesita tener espacio en la gobernanza del área. Sólo así luchará por ella.
 
Así, al mismo tiempo que vale la pena celebrar la iniciativa pionera de Panamá, es importante reconocer la dificultad de promover la diplomacia científica en la región en las condiciones actuales. Incluso estableciéndose mecanismos de trabajo que faciliten el flujo del conocimiento especializado entre la academia y la diplomacia, no hay garantías de que de ello resulten decisiones y políticas mejor fundamentadas científicamente.
 
Construir el puente es un paso importante, pero para hacerla una vía útil, es necesaria la participación activa de la comunidad científica, la voluntad política y la presión de la sociedad. En Panamá, el clima es favorable. Que la estrategia de diplomacia científica del país sea pronto implementada y sirva de ejemplo para América Latina.