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[LA HABANA] Doctorada en ciencias físico-matemáticas, Liliam Álvarez Díaz es miembro de la Academia de Ciencias para el Mundo en Desarrollo y actual Secretaria de la Academia de Ciencias de Cuba. Fue directora de Ciencias del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente de Cuba entre 2002 y 2010. Coautora de dos volúmenes de métodos numéricos, uno de Álgebra Lineal y el otro de Análisis Matemático, así como de varias publicaciones, es una defensora acérrima del valor de las llamadas ciencias duras para el desarrollo. La Dra. Álvarez ha trabajado intensamente por promover el lugar de las mujeres en la ciencia y en 2016 publicó el libro titulado “Ser mujer científica o morir en el intento”. 
 
¿Cómo era en los años 70 estudiar física en Cuba?
Realmente empecé a estudiar física en 1968. Soy holguinera (ciudad del norte-oriental de Cuba) y desde el preuniversitario siempre fui monitora de esa disciplina, por lo tanto, cuando tuve que elegir la carrera dije: ¡física! Tenía, además, un tío que era graduado de Pedagogía en la especialidad de física. Ahí tenía un patrón de referencia; de otro lado, mi madre y toda una pléyade de primas y hermanas de mi madre eran maestras. Subí la escalinata de la Universidad de La Habana en 1968 y me matriculé en física. Aquello era como un reto. Al segundo año me di cuenta que debía haber estudiado matemática porque me iba mucho mejor en todas las asignaturas que tenían que ver con esa materia. Pero también con ese espíritu conservador, de niña aplicada, dije: empecé física, pues termino física. 
 
¿Cómo era el contexto? ¿Era la única mujer?
No, que va, había otras muchachas. Esos años fueron muy interesantes. Uno subía la escalinata y se matriculaba en lo que quería. No había pruebas de ingreso. Había una Residencia Estudiantil maravillosa. Fue un gran privilegio. El primer día de clases de física éramos más de 100 alumnos en un aula enorme. Solo terminamos 25. Yo era muy estudiosa. Desde segundo año fui alumna ayudante; a los estudiantes un año menor que yo le impartía seminarios y clases de problema. El profesor impartía las conferencias. 

En esa época no se hablaba de género, pero cuando triunfa la Revolución, había una vocación muy grande de incluir a todo el mundo, el chino, el negro, la mujer, cuando ni el término género, ni el término inclusión social se usaban. Date cuenta de que en 1961, cuando se hace la Campaña de Alfabetización de seis millones de cubanos, un millón era analfabeto. Por cierto, yo fui alfabetizadora con 11 años. Alfabeticé a cinco personas en Holguín como alfabetizadora popular. Ya te digo se abrieron las puertas de la universidad para todo el mundo, todo el que quisiera estudiar. 

Cuando terminé la carrera se hizo una selección, un grupo se quedaba en la Facultad de Física, y otro grupo iba para el Instituto de Física Nuclear que se había fundado en 1971. Hicieron una captación de 10 para física nuclear. Y ahí estábamos yo y mi esposo. Cuando en Cuba nadie hablaba de maestría, en 1976, yo estaba defendiendo una maestría en física nuclear. El tema era física de neutrones y cálculo de reactores nucleares porque ya estaba el plan de que en Cuba íbamos a tener una central átomo-eléctrica. 

Si la ciencia no aprovecha a esas muchachas que se están graduando, está desaprovechando el 50 por ciento del talento”.

Liliam Álvarez Díaz

 
¿De qué se ocupa su área de investigación? ¿Cómo tributa a la ciencia aplicada?
En muchas esferas de la ciencia, muchos fenómenos se modelan con ecuaciones matemáticas. Por ejemplo, ¿cómo se calcula la trayectoria de huracanes?, con unas ecuaciones. ¿Cómo se calculó el domo de la Ciudad Deportiva? Fue trabajo de los ingenieros civiles, con un modelo matemático. ¿Cómo se hizo el puente de Bacunayagua, considerado una de las siete maravillas de la ingeniería civil cubana?, calculando las fuerzas de tensión, carga y del viento. Todo eso son ecuaciones que yo puedo resolver. Los cálculos de ecuaciones diferenciales se aplican a la meteorología, la cinética química; por ejemplo, si inyectas un fármaco, cómo se va distribuyendo. Eso es cinética, entonces es un sistema de ecuaciones. 
 
¿Qué aprendizajes le ha dejado el estudio del género en la ciencia, durante más de 20 años?
¿Cómo entré en las cuestiones de género? Porque observé que ya no solo en Cuba, sino en el mundo, había muy pocas mujeres físicas o matemáticas. En los años 90 comencé con este tema, aunque debo aclarar, no soy experta en género. No soy científica social, pero sí con esa preocupación me empecé a acercar al género. A aprender qué cosa es género, que es una definición cultural, que no viene dada por la biología. Siempre me llamaron la atención las metáforas que usan las expertas en género y yo comencé a coleccionarlas. La primera: “techo de cristal”. Las especialistas en género lo explican de una forma, pero para mí -que soy física-matemática- es que todas las mujeres vemos un techo de cristal, arriba está el poder, abajo estamos nosotras, para llegar chocamos con ese techo de cristal. Otra metáfora es “piso pegajoso”: la mujer que no quiere dejar el suelo, no aspira a nada más. También está “círculo de terciopelo”, aquella idea de que la mujer debe ser protegida, porque claro el mundo está hecho con el poder de los hombres.

Durante 8 años fui directora de ciencias en el Ministerio de Ciencia Tecnología y Medio Ambiente de Cuba, en un contexto donde hubo transformaciones y fortalecimiento de la Academia de Ciencias, y me dijeron: como a ti lo que te gusta es fomento de la ciencia y divulgación de la ciencia, ve para allá, para la Academia. Claro, ya yo era académica titular. Eso tiene que ver con lo que las expertas en género llaman círculo de terciopelo, porque supuestamente te sientes protegida, te sientes arropada, pero es discriminación porque al final dudan de tus habilidades. Una vez me pusieron en una evaluación de dirigente: ‘ella no puede ocupar cargos de dirección porque es muy dulce’. ¡Entonces ser dulce es un demérito!
 
¿Cómo ha influido su visión de mujer, su mirada al género en el ejercicio de las posiciones de poder que ha ocupado dentro del sistema de ciencia en Cuba? 
Yo estaba en el Instituto de Cibernética, Matemática y Física (ICIMAF), en el grupo de análisis numérico, muy feliz, formando a otras mujeres, dirigiendo doctorados en análisis numérico. Ahí pasé 36 años de mi vida científica.  Quien me llama para el Ministerio es Rosa Elena Simeón, quien fue la primera mujer presidenta de la Academia de Ciencias de Cuba, porque entonces todavía no era ministerio. Yo era vice directora del ICIMAF, durante doce años ocupé ese cargo. En el año 92 ella va a la Cumbre de Río con Fidel, y ahí él hace el famoso discurso de Río, ahí Cuba se compromete con la Agenda 21. Cuando Fidel regresa dice, hay que crear un ministerio que se ocupe del medio ambiente. Entonces, en 1994, dos años después, en medio de la terrible crisis económica que vivía Cuba y de una crisis migratoria, se estaba fundando un ministerio para la ciencia, el medio ambiente y la tecnología. Es como lo real maravilloso. Años después Rosa Elena se enferma y dice que quiere cambiar su organigrama; entonces crea una dirección de ciencias. Y me puso en ese puesto. Yo era para las otras ciencias una desconocida. Rosa Elena me dijo, tú estás lista para ver la ciencia -hablo del año1999- a escala nacional. Por 8 años me instalé en el Capitolio, donde radicaba el ministerio. Mi foco de atención en ese lapso fue promover las ciencias exactas y el tema de las mujeres en la ciencia.

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Liliam Álvarez Díaz con colegas del Simposio de Enseñanza de la Matemática en Costa Rica.
Crédito: Cortesía de la entrevistada para SciDev.Net.

¿Qué logró en esos 8 años?
Hicimos transformaciones en los programas nacionales, hicimos proyectos institucionales, que no existían hasta ese momento. Dábamos más libertad a los institutos para investigar. En el tema de la promoción de la ciencia, hicimos mucho con las escuelas y sobre todo con los maestros, porque nos dimos cuenta de algo –que aunque todo el mundo lo sabe, la cosa es enfocarse en eso– y es que la formación de las nuevas generaciones de científicos en Cuba pasa por la formación de los maestros. Si los maestros no enseñan buena ciencia en las escuelas, luego el muchacho o la muchacha no va a elegir una carrera de ciencia, o no va a tener buena base, o va a tener tremendos problemas si entra a una carrera de ciencias o ingeniería. 

Enfocamos nuestros esfuerzos hacia los maestros. Sembramos, mi equipo y yo, conceptos como festivales de ciencia. Fuimos los pioneros en Cuba de algo que ya existía en el mundo, la experiencia de llevar la ciencia al gran público, la trajimos a Cuba. Llenamos los salones del Capitolio de maestros para hablar de genómica, de protónica, de las células madres. Así fuimos sembrando estas formas novedosas de promover la ciencia. 
 
A pesar de las estadísticas, donde la presencia femenina en el Parlamento cubano es más del 50 por ciento o en el sector de la ciencia 63 por ciento de mujeres, hay obstáculos por vencer. ¿Cuáles son, desde su visión?
Primero, en general, los obstáculos en la vida cotidiana actual, que son tremendos para la mujer cubana. Estamos hablando del siglo 21. Como tengo la oportunidad de reunirme con mis homólogas, científicas igual que yo de otros países, veo que para ellas no existe toda esa dificultad de la vida cotidiana que vivimos nosotras.

Lo otro son los salarios. El estándar de vida es un gran obstáculo, no solo para la vida cotidiana, personal, sino también para el modelo de roles. Es muy difícil que una científica que vive en Alamar (ciudad dormitorio al este de La Habana) -yo viví en Alamar 36 años-, anda en guagua (autobús de servicio público) y vive con un salario que no le alcanza, sirva de modelo a muchachas jóvenes. Su modelo son las artistas o cantantes con éxito.

Hay en la vida institucional discriminaciones que no son tan obvias, son discriminaciones sutiles. En mi libro “Ser científica o morir en el intento” pongo de manifiesto lo general y lo que pasa en Cuba. Después de andar tantos años en esto sucede que en algún evento me dicen: vamos a hablar de las mujeres porque si no Liliam se pone brava. En los tribunales, en los programas de debate, en los paneles, siempre debe haber una mujer. Cuando te pones los lentes de género, comienzas a ver la sociedad de otra forma. Estos años me han servido para saber distinguir dónde están las discriminaciones.
 
¿Y cuáles son las marcas que distinguen esas discriminaciones en el sector de la ciencia?
No son muy abiertas, pero existen. Te voy a poner un ejemplo. Yo tenía una alumna muy bonita que se vestía con faldas cortas. Era matemática. Mis compañeros decían qué hace esta niña estudiando esto, en vez de estar bailando en el Tropicana (un famoso cabaret de La Habana). Eso es discriminación. No nos ven, no te nominan. En las instituciones, en las universidades, para ser académicos. Eres casi anónima. 
 
Hay un camino doble que recorrer…
Doble y triple. En Cuba no llega a ser quizás tanto así, pero yo una vez fui a Jamaica y las jamaicanas te dicen: mira si además de científica, eres mujer y negra tienes que demostrar cinco veces un currículum estándar para ser jefe de departamento. Lo tienen bien estudiado. En Cuba no tanto así, pero pasa.  En el sector de la salud, donde casi el 80 por ciento son mujeres, cuando se revisa los directores de hospitales, la mayoría son hombres. Por primera vez la bicentenaria Universidad de La Habana tiene una rectora.
Hay un informe de la UNESCO de este año donde se advierte que solo el 35 por ciento de quienes están en carreras STEM, son mujeres. ¿Cómo se puede revertir esa realidad desde las políticas?
Me gusta que me hagas esa pregunta porque en Cuba esta metodología STEM no está establecida ni en el Ministerio de Educación, ni en el Ministerio de Educación Superior, ni en la Academia de Ciencias. ¿Por qué el mundo desarrollado separa esto así, habla de ciencia, tecnología, ingeniería y matemática? Primero, porque la matemática es una ciencia transversal que está lo mismo en la neurociencia que en la estadística. La matemática, como el género, son transversales. En Cuba eso no se comprende eso.

En cuanto a la presencia de la mujer, en efecto es un fenómeno del mundo. Se está haciendo difícil que los jóvenes quieran estudiar para ser científicos. El primer mundo desarrolla esta metodología para captar a muchachos que quieran ser científicos y en eso colocar la variable género, porque las mujeres somos la mitad de la humanidad. ¿Qué es lo que está pasando? Por ejemplo, en el Instituto Superior Politécnico José Antonio Echevarría entran la misma cantidad de muchachas y muchachos y se gradúan igual, pero entonces los muchachos suben en su vida profesional, son jefes de la industria, hacen enseguida maestría o doctorado. A las muchachas les cuesta más. Pero el problema es que si la ciencia no aprovecha a esas muchachas que se están graduando, está desaprovechando el 50 por ciento del talento. Si no captas a esas mujeres talentosas que ya entraron, para que vayan a trabajar a los centros de investigación, pierdes la mitad del talento.
 
¿Cómo se puede incidir en esa realidad desde edades tempranas?
Hay que diseñar estrategias y políticas. Yo pertenezco a una Red Iberoamericana de Divulgación de la Ciencia. Allí he publicado temas de mujeres en la ciencia. Hace poco una maestra española contaba que les puso una composición a sus niñas con el tema yo no quiero ser princesa, quiero ser física cuántica. Te pongo ese ejemplo porque hace falta una estrategia desde los ministerios y luego desde los medios de comunicación. O sea, decirles a los padres que todos los niños cuando nacen son científicos y la sociedad le va matando la curiosidad, el afán de saber. Y más a las niñas.