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Afirmar que la Tierra es plana, asegurar que las vacunas provocan autismo o que los celulares producen cáncer son algunos de los casos más estereotipados de noticias falsas —o fake news— de temas científicos, pero el factor que las une no es el tema sino la forma en que se presentan los argumentos que buscan respaldar esas afirmaciones engañosas, absurdas y por momentos increíbles.

Precisamente, discernir entre una información rigurosa y una falsedad puede resultar más difícil cuando se trata de temas científicos porque quienes impulsan las fake news científicas buscan dotarlas de una apariencia legítima.

La frase “un estudio concluyó” es quizás la fórmula mágina de las fake news para parecer serias, pero también es la utilizada en noticias veraces para dar garantías de que las afirmaciones fueron hechas con metodología científica. Esta dificultad es lo que hace que las noticias falsas en ciencia supongan un riesgo para la toma de decisiones informadas e incluso una amenaza para la salud pública.

“El regreso de las enfermedades antes controladas, como el sarampión, es producto de estas decisiones basadas en argumentos falsos. Por eso, las fake news ponen en riesgo la vida de las personas”, dice el analista de medios, periodista y verificador mexicano, Luis Roberto Castrillón.

“Es indispensable formarnos como públicos críticos para poder discernir entre la ciencia de buena o de mala calidad, o si fue involuntaria o mal intencionada”.

Rodrigo Laje, Universidad Nacional de Quilmes, Argentina


“Pero también ponen en riesgo nuestra forma de percibir el conocimiento y sus aplicaciones. Podríamos pensar que no pasa nada si hay quienes piensan que el uso de los teléfonos celulares puede provocar cáncer, pero en realidad están desarrollando una actitud negativa hacia un dispositivo que hoy puede solucionar muchas cosas”, afirma.

Rodrigo Laje, doctor en física y docente de Neurociencias en la Universidad Nacional de Quilmes, Argentina, sugiere que otro riesgo contundente ocurre cuando son las autoridades y los gobiernos los que generan o toman las noticias falsas como verdaderas para legitimar sus estrategias políticas.

Ambos expertos coinciden en que una forma de discernir, de evaluar la veracidad o rigurosidad de la información es mejorar la alfabetización digital que propicie públicos más críticos y hábiles para separar la verdad de la mentira.

“Parte de la solución también está en que nosotros, los científicos, sepamos más de comunicación, para comunicar mejor los resultados de la ciencia y, por otro lado, que los comunicadores y ciudadanos sepan más de ciencia, no necesariamente sobre los últimos resultados sino de cómo funciona la ciencia y cómo se produce el conocimiento”, afirma Laje.


“Quienes hacemos ciencia somos personas que tenemos que aprender a ser científicos, a hacer preguntas y predicciones, responderlas, analizar datos, etcétera. Hacer ciencia es difícil. Por eso es posible que se comentan errores involuntarios y se produzca, en efecto, ciencia de mala calidad”, dice Laje.

“Lo preocupante ocurre cuando la ciencia de mala calidad se hace de manera intencionada” con un fin, afirma.

El ejemplo más sonado de fake science ocurrió en los años 90, cuando el médico inglés Andrew Wakefield publicó un artículo en el que establecía una relación entre las vacunas y el autismo, que no sólo le dio fama mundial, sino que allanó el camino para el movimiento antivacunas. Tuvieron que pasar cerca de 10 años para comprobar que no había evidencia para sostener tal correlación.

Para Laje esto ocurre, en parte, porque “en general, la ciencia y los científicos tienen una muy buena imagen en la sociedad. Frente a cualquier cosa que le pongan una etiqueta científica, la gente baja la guardia porque piensa que si lo dijeron los científicos, debe ser verdad”. En ese sentido, un estudio realizado en un grupo de escolares de Brasil, por ejemplo, analizó cómo hacían al enfrentarse a noticias falsas cuando buscaban información para sus tareas. Así hallaron que 57 por ciento de los niños analizados creyó en la información, principalmente porque había sido avalada por el profesor.

“Por eso es indispensable formarnos como públicos críticos para poder discernir entre la ciencia de buena o de mala calidad, o si fue involuntaria o mal intencionada”, destacó Laje.

Por otro lado, Castrillón señala la existencia de un “periodismo de mala calidad” cuando se falsean las noticias de manera voluntaria. “Los medios o periodistas pueden distorsionar la información con tal de lograr lectores y clics que luego puedan monetizar. Al inventar datos o sostener como verdadero algo que no lo es, se está violando el contrato ético que tiene el medio con la audiencia”, afirma Castrillón.

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Para hablar sobre fake news en ciencia, compartir dudas, exponer casos y delinear estrategias para hacer frente a ellas, este miércoles 23 de octubre, a las 17 UTC -5 (MEX, COL, ECU, PER) 19 UTC-3 (ARG, BRA) SciDev.Net América Latina realizará un debate vía Twitter con Castrillón y Laje y otros invitados, para profundizar en las posibles alternativas que ciudadanos, científicos y comunicadores tienen para identificar la información falsa. 

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