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Es el momento justo para incluir el cambio climático en el trabajo humanitario, señala Anita Makri


La frontera entre México y Estados Unidos es una región traicionera. Mucho más que una zona de guerra, señala la organización benéfica de ayuda médica Médicos sin Fronteras (MSF).

Desde secuestros hasta violencia física y sexual, las personas que se desplazan desde Centroamérica están envueltas en una crisis humanitaria que ha estado latente desde mucho antes de que la política de los Estados Unidos hiciera de esta ruta migratoria el foco de la atención internacional.

Cada vez más, MSF ha volteado su mirada a cómo el cambio climático entra en juego.

“No estamos allí deliberadamente porque sea un punto caliente del clima”, dice Carol Devine, asesora de asuntos humanitarios de la organización. “Pero es bien sabido que el cambio climático está exacerbando la violencia extrema y la pobreza que ya existe allí”.

La escasez de agua y la pérdida de cultivos son los principales ejemplos, añade.

El asunto todavía no se ha incluido en la planificación de operaciones. Pero MSF está ahora mucho más “sintonizado” con el cambio climático, admite Lavine. Y no son los únicos: otras organizaciones humanitarias también están comenzando a pensar más al respecto, según el medico  James Orbinski, director del Instituto Dadaleh de Investigación en Salud Global de la Universidad de York en Canadá. 
 
Orbinski, quien presidía el Consejo Internacional de MSF cuando recibió el Premio Nóbel de la Paz otorgado a la organización hace 20 años, advirtió durante la conferencia científica anual realizada el mes pasado, que el cambio climático tiene “claras implicancias” en la forma en que funciona. “No hay manera de que MSF pueda prepararse para todos los posibles desastres naturales y eventos climáticos extremos [pronosticados]”, expresó. 

Signos de cambio
Orbinski cree que una razón por la que las organizaciones humanitarias están pensando de manera más activa sobre el cambio climático son las severas olas de calor e inundaciones de los dos últimos años.

El trabajo humanitario se ha vuelto menos reactivo y más preventivo en los últimos años, según Andrei Marin, investigador de la Universidad de Ciencias de la Vida de Noruega. “Al menos en teoría pone a las organizaciones humanitarias en una posición en la que pueden anticiparse y mitigar mejor”, señala.

Los signos del impacto del cambio climático difieren de un lugar a otro. El personal de MSF observa mucha desnutrición aguda grave en los niños, afirma Devine, y más casos de malaria que en el pasado en Sahel, Somalia y Sudán del Sur.

“Muchas soluciones que se necesitan realmente no son nuevas y no requieren mucha ciencia, no son modelos informáticos muy complicados”.

Maarten van Aalst, director, Centro del Clima de la Cruz Roja y Media Luna Roja.


A veces los signos no son tan obvios y los trabajadores humanitarios que están en el terreno tienen que conectar las pruebas. Las personas que encuentras en la frontera entre Guatemala y México no te van a decir “estoy escapando del cambio climático”, indica Devine. “Pero he encontrado a muchos que dicen ‘mis cultivos se han perdido, nos vamos porque no tenemos agua’”.
 
La escasez de agua, el aumento en el nivel del mar y la pérdida de cultivos a medida que las sequías e inundaciones se vuelvan más frecuentes son algunos de los impactos de “inicio lento” que se espera duplicarán el número de personas que se desplazarán a través de México y América Central para el 2050, según el Banco Mundial. También señala que hasta el 30 por ciento de la población de la región depende de la agricultura para generar ingresos.

A ello se suman la confluencia de conflictos y la degradación ambiental, que empuja a la gente a dejar sus hogares, haciéndolos más vulnerables. A veces esto limita las opciones de los trabajadores humanitarios para protegerlos.

Alertas tempranas
Marin y su colega Lars Otto Naess analizaron lo que los cambios en el sistema humanitario que se están dando actualmente podrían lograr para mejorar la adaptación de la gente. Encontraron que esos cambios tienden a agruparse en tres categorías: creación de resiliencia, reducción del riesgo de desastres e inversión en sistemas de alerta temprana.

Las organizaciones de primera línea saben que las alertas tempranas son la clave para proteger a la gente y sus pertenencias.  Esto implica pronósticos y modelos predictivos y en esto, la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja (IFRC por su sigla en inglés) tienen una ventaja.

A través del Centro Clima de la Cruz Roja y la Media Luna Roja, creado en 2002, el IFRC trabaja con científicos climáticos y gobiernos para analizar los problemas del pasado en una región, obtener rápidamente los mejores pronósticos y observar el rango de acciones que los involucrados pueden tomar de manera realista.
 
Los plazos largos son importantes, según Marten van Aalst, director del centro y autor principal del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático. La cantidad de tiempo del que se dispone depende del peligro, podría ser que falten cinco días para un ciclón tropical o varias semanas para una sequía. Por lo general la ciencia es lo suficientemente buena para darle a los involucrados un tiempo de trabajo viable y preciso, dice. Pero mucha investigación aún se desliza entre las grietas de lo que se considera ciencia novedosa y las necesidades sobre el terreno.
 
La realidad, añade van Aalst, es que la predicción es como un rompecabezas que debe resolverse cada vez que se diseña un sistema de respuesta. “Una tormenta en Bangladesh es muy diferente de un dzud (invierno severo) en Mongolia. Y, de nuevo, muy diferente de una sequía en el sur de África”. Cada nueva situación exige un nuevo trabajo científico. Y hay un riesgo adicional con el que hay que lidiar: la imprevisibilidad. “Para un campesino pobre en el Sahel, la principal consecuencia puede ser no saber qué esperar en la próxima temporada de lluvias”,  puntualiza van Aalst.

Tanto los trabajadores humanitarios como la gente que vive en las áreas vulnerables quieren evitar lo inesperado.

Para las organizaciones, el modelamiento puede ayudar a planificar operaciones y políticas, subraya Orbinski: poder describir y cuantificar las variables causales ayuda a entender dónde, por qué y cómo la gente toma la decisión de desplazarse a través de las fronteras, por ejemplo. MSF dice que quiere invertir más en investigación climática que ayude a ese tipo de decisiones, así como en el pronóstico de emergencias.

Para las personas vulnerables, se trata de crear resiliencia: fortalecer su capacidad de lidiar con los impactos imprevistos y las sorpresas. “Muchas de las soluciones que se necesitan realmente no son nuevas y no requieren mucha ciencia de punta, no son modelos informáticos muy complicados”, expresa van Aalst. 

Datos compartidos
Pero a menudo es en las áreas más vulnerables donde la información es más pobre. Y dentro de esas áreas, los campos de refugiados están olvidados.

Saidou Hamani, coordinador regional de desastres y conflictos del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente dice que el uso excesivo de agua y la sequía en la cuenca del lago Chad se suman a los desafíos del desplazamiento resultante de la violencia de Boko Haram.
 
Faltan evaluaciones de este tipo en los países en desarrollo y prácticamente no hay investigación específica para los campos de refugiados, asegura Margherita Fanchiotti, de la Oficina de Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios. “Generalmente para la evaluación de vulnerabilidades se usan metodologías muy ricas en datos  que no necesariamente trabajan bien cuando los datos del censo se recopilan cada diez años”, explica.  

En MSF, puntualiza Devine, se están llevando a cabo una serie de proyectos de investigación para abordar este tipo de vacíos en los datos. Uno de esos proyectos está estudiando cómo están convergiendo en México la migración, la violencia y el cuidado de la salud relacionados con el clima. Y en Guatemala, el cambio climático es una de las pistas seguidas por el personal que observa un crecimiento de la enfermedad renal crónica.

“Lo que queremos hacer ahora es conectar más con los investigadores para compartir también nuestros datos”, agrega. Hay un claro reconocimiento de que el cambio climático importa, prosigue, y la organización está lista para ir más allá de proyectos piloto. “Creo que el momento ha llegado”.

Fanchiotti ve signos de este movimiento a nivel mundial. Pero se requiere fortalecerlo, subraya. “Hay un largo camino por recorrer antes de que se convierta en una práctica estándar, no en un conjunto de proyectos piloto por aquí y por allá”.


> Este artículo fue publicado originalmente en la edición Global de SciDev.Net (en inglés).