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Los sistemas de alerta temprana, junto con la prevención y preparación al nivel más básico de las sociedades vulnerables, resultan claves para evitar las peores consecuencias de las corrientes de El Niño y La Niña, que generan sequías e inundaciones en diversas partes del mundo, pero sobre todo en América y África.
 
Un estudio de investigadores de las ONG Christian Aid y Oxfam mostró que la resistencia a las sequías producidas por El Niño funcionan mejor cuando se basan en el uso a largo plazo de los servicios de predicción climática, porque permite a la comunidad prepararse para afrontar el riesgo climático e implementar actividades para aumentar su resiliencia.
 
El trabajo de campo —publicado en una edición especial de la revista Disasters, de abril— se hizo con comunidades que cultivan maíz, sorgo y legumbres de Nicaragua y Etiopía, durante 6 y 2 años, respectivamente. Si bien Nicaragua se considera un país de ingreso medio y Etiopía de ingreso bajo, el primero es más vulnerable climáticamente.
 
Tras las devastadoras consecuencias de El Niño de 2015, más de tres millones de personas requirieron ayuda humanitaria, de las cuales 1,6 estuvieron en situación de inseguridad alimentaria moderada o grave en El Salvador, Guatemala y Honduras, parte del corredor seco centroamericano. Por eso, desde la Organización de Naciones Unidas, reclamaron coordinación entre los países y acciones urgentes para la resiliencia y la seguridad alimentaria.
 
En ese sentido va esta última serie de intervenciones, que consistió en seleccionar sitios vulnerables a las sequías y al estrés hídrico: en Nicaragua, en Somotillo, parte del corredor seco; en Etiopía, en Kombolcha y Seru.
 
En ambos países se ofreció un ‘paquete de construcción de resiliencia’ (que incluyó grupos de discusión y encuestas) además de servicios de información climática y se los comparó con quienes no lo recibían, a modo de grupo control. Se generaron doce grupos de discusión, la mitad de los cuales usaron ejercicios de líneas de tiempo para estructurar los debates sobre la experiencia de la comunidad antes, durante y después de la sequía. Toda la secuencia se desarrolló alrededor del ciclo de riesgo para investigar desde la fase de alerta, la acción temprana, la ayuda de emergencia y la recuperación post-sequía. 
 
“En general, el acceso a las alertas tempranas, los adelantos meteorológicos y la resiliencia a la sequía —que en muchos casos implica el cambio de cultivos poco redituables— facilitó  la toma de decisiones, con cerca del 70 por ciento de los participantes haciéndolas antes de lo habitual”, contra un 45 por ciento del grupo de comparación, señala el artículo. Ello se tradujo en mejores rendimientos e ingresos y menores pérdidas para los agricultores.
 

“La mayoría de los países, que salen a buscar fondos una vez que se declara la emergencia, y se pierde la ventana de oportunidad que da la alerta temprana y que podría reducir el impacto”

Richard Ewbank, de Christian Aid y autor del estudio

Ya los distintos informes del Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU (IPCC), entre otros, advirtieron de la profundización de las sequías en los lugares habitualmente secos y la combinación con el fenómeno de El Niño y La Niña. 
 
“Lo notable es que funciona mucho mejor la prevención entre quienes usan su propios datos climáticos y se ven involucrados en el proceso de generación de las predicciones climáticas”, remarca Richard Ewbank, de Christian Aid y autor principal del estudio.
 
“Nuestra recomendación es el establecimiento formal de un sistema de predicción basado en las alertas tempranas a nivel global y en todos los países vulnerables al sistema Niño/Niña, algo que aún no está implementado en la mayoría de los países, que salen a buscar fondos una vez que se declara la emergencia, y se pierde la ventana de oportunidad que da la alerta temprana y que podría reducir el impacto”, señaló Ewbank.
 
Manuel Campos, oficial del área de cambio climático del Centro Humboldt de Nicaragua, afirmó que en ese país esta prevención está generando adaptaciones obligadas a la combinación cambio climático, sequías y desertización.
 
“Se han dejado algunos cultivos que no generan tanto [rendimiento] en épocas de sequía, como maíz o frijoles, y se han adoptado otros, como hortalizas, sobre todo en áreas pequeñas de cultivo donde el déficit hídrico se nota más”, dijo.
 
Para Daniel Morchain, asociado del programa Resiliencia y Adaptación al Cambio Climático del Instituto Internacional para el Desarrollo Sustentable (IISD), “el artículo produce unos resultados importantes que confirman la necesidad de coordinar esfuerzos urgentes de respuesta humanitaria con aquellos de más largo plazo que buscan afianzar la resiliencia y la adaptación al cambio climático de los grupos más marginalizados”.

Sin embargo, según su parecer, “tiene una brecha importante al no enfatizar suficientemente la importancia de abordar cuestiones de género al momento de realizar estas intervenciones, y por otro lado, tocó solamente muy por encima la necesidad de tratar estos temas de construir resiliencia de manera estructural (es decir, buscando el origen de los problemas en asuntos de gobernanza, así como en las causas fundacionales de desigualdad y pobreza)”.

Enlace al artículo completo en Disasters