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Los agricultores del estado de Hidalgo, en el centro de México, están cosechando maíz contaminado con metales tóxicos como cadmio y plomo. Algunos de estos metales, indica un estudio publicado en Environmental Gepchemistry and Health, incluso superan los límites permitidos por normas nacionales e internacionales.
 
Hidalgo, como otros lugares del país, fue un estado minero durante siglos. Aunque muchas minas se agotaron y fueron abandonadas hace años, los desechos y productos químicos que dejaron atrás todavía se encuentran en el ambiente.
 
Algunos análisis han sugerido que el maíz, el alimento básico de los mexicanos, puede asimilar metales tóxicos presentes en el suelo donde se cultivan e incorporarlos a distintas partes de la planta. Pero esa cantidad varía según el suelo, clima del lugar y el tipo de contaminante, dice María Aurora Armienta, geoquímica ambiental de la Universidad Nacional Autónoma de México en Ciudad de México.
 
Para saber si esa contaminación afectaba al maíz mexicano, Armienta y sus colegas decidieron enfocarse en Zimapán, una de las zonas mineras más antiguas de Hidalgo que ha sostenido una explotación durante casi 400 años. El equipo obtuvo y analizó muestras del suelo de parcelas de maíz ubicadas a 20 y 30 metros de un depósito de desechos mineros, llamado relave. También recolectaron suelo de otro campo más lejano y menos contaminado. Todas las muestras contenían rastros de arsénico, plomo, cadmio, hierro y zinc, con concentraciones más altas en los sitios más cercanos al relave.

“Estamos hablando del maíz, que es el principal alimento de México (...) Es una situación que me preocupa independientemente de las normas.”

Francisco Lara Viveros, Universidad Politécnica de Francisco I. Madero.

 
En un invernadero, los investigadores usaron los tres tipos de suelo para plantar semillas de maíz también obtenidas en Zimapán. Tras unos cinco meses de cultivo, los maíces crecidos con el suelo más contaminado fueron visiblemente más pequeños que los demás –– consecuencia de la mayor concentración de metales, pero también de los pocos nutrientes encontrados ahí.
 
Más inquietante para Armienta fue detectar la presencia zinc, hierro, plomo, arsénico y cadmio en la raíz, tallo, hojas y elote de las plantas. En el caso del plomo y el arsénico, los científicos midieron concentraciones de 3,9 mg/kg y 1,02 mg/kg en los granos de los maíces más contaminados, respectivamente.
 
Estas cantidades superan los valores máximos establecidos por regulaciones técnicas del gobierno mexicano y organizaciones internacionales: 0,5 mg/kg de plomo en cereales y entre 0,1 mg/kg a 0,3 mg/kg de arsénico en vegetales.
 
Aunque los niveles de metales tóxicos se hubieran encontrado por debajo de esos estándares, “aún así estamos hablando del maíz, que es el principal alimento de México”, dice Francisco Lara Viveros, fisiólogo vegetal de la Universidad Politécnica de Francisco I. Madero en Hidalgo que no participó en el estudio. “Es una situación que me preocupa independientemente de las normas”, agregó. Lara Viveros ya ha estudiado esa misma situación a unas dos horas de Zimapán, en una región de Hidalgo llamada el Valle de Mezquital. Ahí, unas 80.000 hectáreas de tierras de cultivo se riegan con aguas residuales provenientes de la Ciudad de México. En 2015, demostró la presencia de cadmio y plomo en plantas de maíz y alfalfa, cultivos que después se venden y distribuyen en todo el país.
 
Pero encontrar soluciones no es fácil por la complejidad de la situación. A pesar de venir cargadas de tóxicos, las aguas de la Ciudad de México también contienen muchos nutrientes que hacen crecer a las plantas.
 
“Casi no se habla de ello como si fuera un problema porque también genera una cantidad muy importante de recursos económicos”, dice Lara Viveros. “Mucha gente vive de eso aquí. De otra manera, El Valle no tendría agricultura como la tiene”.
 
En el caso de las minas, Armienta propone exigir a las autoridades que confinen los residuos para evitar que se dispersen. Ella y sus colegas ahora planean explorar métodos para remover metales de los suelos y experimentar con pastos no comestibles que puedan ayudar a absorberlos.

> Enlace al estudio publicado en Environmental Geochemistry and Health