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Terminada la temporada navideña, marcada por la abundancia de alimentos, comienza otro año y regresa una pregunta preocupante: ¿cómo podemos alimentar a una población de casi ocho mil millones en una economía capitalista sin destruir el planeta?
 
A pesar de los avances científicos y tecnológicos que han hecho de la agricultura una actividad altamente productiva y rentable, el problema de la desnutrición y el hambre está lejos de resolverse. En un contexto de extrema desigualdad económica y social, como en América Latina, la cantidad de personas desnutridas incluso aumenta.
 
Además de no garantizar la seguridad alimentaria de la población, la producción de alimentos y la ganadería en particular son excesivamente agresivas para el ambiente, ocupan grandes extensiones de tierra, destruyen porciones significativas de bosques y utilizan un enorme volumen de agua.
 
Este uso excesivo de los recursos naturales convierte a la industria en uno de los mayores contribuyentes al cambio climático, especialmente en América Latina. Si el sector agropecuario representa aproximadamente una quinta parte de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero, eso implica casi la mitad de las emisiones latinoamericanas.
 
Con el continuo crecimiento de la población, se estima que la demanda de alimentos animales aumentará en 70 por ciento para 2050, lo que agrava aún más ese escenario. Por eso la urgencia de buscar alternativas al actual sistema de producción de alimentos.
 
En este contexto, existe un creciente interés por la carne sintética, que promete ser un producto igual a la carne que ya comemos, en apariencia, sabor y textura, así como en valor nutricional, sin necesidad de matar a un animal. Aunque los investigadores han intentado alcanzar este producto durante más de una década, fue en 2017 cuando comenzó el mercado de la carne sintética, impulsado por inversores del Silicon Valley.
 
Si inicialmente este mercado estaba restringido a economías ricas, particularmente a Estados Unidos, 2019 fue el año en que América Latina ingresó al juego.

vacas by sophoco
La producción de alimentos y la ganadería en particular son excesivamente agresivas para el ambiente, ocupan grandes extensiones de tierra, destruyen porciones significativas de bosques y utilizan un enorme volumen de agua.
 
La idea es que la carne sintética se integre en la industria agroalimentaria en el futuro, asegurando la proteína necesaria para alimentar a la población de manera adecuada, sin sobrecargar el ambiente y sin sacrificar tantos animales.
 
Pero, ¿cuáles son hoy las opciones de carne sintética y cómo se inserta América Latina en este mercado?
 
De la planta o de la célula
Actualmente hay dos formas posibles para producir carne sintética, pero solo una ya ha dado como resultado productos disponibles para los consumidores: la carne hecha de proteínas vegetales extraídas de varias especies de plantas. La idea es que, combinadas, podrán imitar con precisión la carne de animales. Para eso, están sujetas a técnicas de ingeniería genética e inteligencia artificial.
 
En este segmento, la startup californiana Impossible Foods, creada en 2011, es una de las más notorias. El buque insignia de la compañía es Impossible Burger, un producto lanzado en 2016, después de años de investigación. El gran salto fue el descubrimiento de la molécula heme, que se encuentra naturalmente en plantas y animales y que es responsable del sabor característico de la carne. La molécula producida genéticamente se une a la proteína aislada de la soja y la papa, entre otras sustancias, para formar una hamburguesa.
 
En mayo de 2019, la brasileña Fazenda Futuro se lanzó al mercado con Futuro Burger, una hamburguesa hecha de proteína de soja aislada, garbanzos y porotos, entre otros componentes. La receta también incluye jugo de remolacha, que garantiza el color rojizo de la carne. El producto está disponible en unos 5.000 puntos de venta y 1.500 restaurantes en Brasil. Valuada en US$ 100 millones, la compañía ahora se está asociando con distribuidores en Uruguay, México y Chile.
 
La chilena The Not Company, que en 2017 ingresó al mercado de proteínas alternativas con una “no-mayonesa”, se está preparando para llevar su carne vegetal a los supermercados. La compañía está expandiendo su negocio y actualmente trabaja para establecer una base de producción en Brasil.
 
El segundo tipo de carne sintética se produce a partir de células madre animales manipuladas en el laboratorio. La primera hamburguesa in vitro se hizo en la Universidad de Maastricht, en los Países Bajos, en cinco años, a un costo de US$ 250.000. Lanzada en 2013, se consideró seca y pobre en sabor. La startup Mosa Meat, que nació en la universidad holandesa, pretende producir en los próximos años una versión mejorada de la hamburguesa a un costo de US$ 10.
 
En Brasil, ya hay empresas que invierten en la mejora de las técnicas utilizadas en la producción de carne in vitro. El uso de “andamios” (scaffols, en inglés) es uno de ellos. Los andamios son estructuras que apoyan la organización y el crecimiento tridimensional de las células, pues en una placa de cultivo convencional proliferan en una sola capa. En estudios biomédicos, estas estructuras se producen a partir de colágeno, prohibido en el sector por su origen animal. Con sede en Minas Gerais, la startup Biomimetic Solutions se dedica al desarrollo de andamios basados ​​en plantas.  
Complejidad y desafíos
Pero no todo son flores. Garantizar la similitud con la carne animal, la seguridad y la calidad nutricional del producto y su viabilidad económica son algunos de los mayores obstáculos a superar para el éxito de la carne sintética en América Latina y en todo el mundo.
 
Aunque las compañías que operan en el mercado aseguran que sus productos tienen el mismo sabor, textura y jugosidad que sus contrapartes animales, esto aún está lejos de ser un consenso entre los consumidores. También hay muchas dudas y desacuerdos sobre la calidad nutricional y la seguridad para la salud humana, teniendo en cuenta todos sus ingredientes y los procedimientos a los que se someten.
 
Incluso los impactos de la carne sintética en el ambiente todavía están poco investigados, por lo que aún no es posible saber con certeza cuánto mejor son para el planeta. Un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Oxford, por ejemplo, sugiere que dependiendo de la energía utilizada para producir carne sintética, a la larga puede ser más contaminante que la ganadería tradicional.
 
Además, la carne sintética sigue siendo cara. Para dar una idea, la caja de hamburguesas Futuro con dos hamburguesas de 115 gramos cuesta unos 17 reales (unos US$ 4). Por menos se puede comprar un paquete con 12 hamburguesas de carne de res en Brasil. Mientras siga siendo costosa, esta alternativa estará restringida a un grupo selecto de alto poder adquisitivo y, al igual que otros alimentos ricos en proteínas, será poco accesible para la gran mayoría de la población desnutrida.
 
A las dificultades señaladas se suma el aspecto cultural. Para muchos países latinoamericanos, comer carne es una tradición. En Argentina, Brasil y Uruguay, por ejemplo, el asado (la barbacoa) es un evento social de los más relevantes, que marca eventos y celebraciones importantes. En muchos casos, la cría y el sacrificio de animales es parte del ritual. Es difícil imaginar la carne sintética insertada en este contexto.
 
Finalmente, si la carne sintética se convierte rápidamente en un éxito, ¿qué pasará con los países agroexportadores como Brasil, Argentina y Uruguay, que se encuentran entre los mayores productores de carne del mundo y es la base de su economía? En este sentido, es aún más importante que los agronegocios latinoamericanos inviertan fuertemente en ciencia, tecnología e innovación y no solo acompañen este nuevo mercado, sino que también aporten soluciones creativas y ventajosas para su desarrollo en la región.