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  • Redes sociales: no disparen al mensajero

Recientes disturbios en el Reino Unido mostraron el lado oscuro de las redes sociales. Pero debemos impedir restricciones severas a su uso.

A principios de este mes, los funcionarios del Área de Transporte Rápido de la Bahía (BART por sus siglas en inglés) de San Francisco, Estados Unidos, cortaron el acceso a los teléfonos celulares a través de su red en un intento de impedir que la gente se reuniera a protestar nuevamente contra las acciones policiales en la ciudad. En julio, una protesta contra un fatal tiroteo de la policía se fue intensificando,lo cual llevó a las autoridades a tratar de impedir que volviese a ocurrir.

La medida fue criticada por una fuente inusual: quienes habían participado en las demostraciones de la plaza Tahrir de Egipto este año hicieron una incómoda comparación con los intentos del entonces presidente del país, Hosni Mubarak, de bloquear los canales de comunicación que permitían a la gente organizar la protesta.

En su opinión, había hipocresía en las autoridades de los Estados Unidos al tomar medidas similares a las que habían condenado en Egipto por constituir una restricción a la libertad de expresión.

Del mismo modo, China tuvo una reacción autosuficiente ante el anuncio del primer ministro británico, David Cameron, de que se estaba considerando dar poderes a la policía para bloquear el acceso a las redes sociales, debido al uso generalizado de estas durante los disturbios de la última semana en Londres y otras ciudades del Reino Unido.

La agencia oficial de noticias Xin Hua informó que incluso el gobierno del Reino Unido había reconocido que “se requiere lograr un equilibrio entre la libertad y el monitoreo de las redes sociales”.

Ambas situaciones ilustran cómo, tanto en los países desarrollados como en desarrollo, las modernas tecnologías de comunicación tienen el poder de catalizar rápidamente las acciones de las bases de una forma que puede ser vista como una amenaza al orden social.

Pero los gobiernos no deben culpar —ni, por tanto, limitar—a la tecnología. Por el contrario, una respuesta adecuada se basa en una tarea aún más difícil de promover, como es el uso responsable de la tecnología. Aunque existe el riesgo de que puedan ser mal utilizadas, las tecnologías de comunicación deben continuar estando disponibles para la libre circulación de la información y expresión de los derechos democráticos.

Empoderar a los ciudadanos es fomentar la democracia

El poder de las redes sociales para promover la democracia, en particular, no debe ser subestimado. Puede ayudar a dar una voz colectiva a quienes están debajo de la pirámide política, que con frecuencia —por no decir siempre— son los pobres y marginales.

Las autoridades egipcias lo experimentaron de primera mano. Los sucesos de la plaza Tahrir tuvieron su origen en una campaña de protesta que comenzó en Facebook el año pasado, y que se expandió rápidamente a una generación joven, técnicamente instruida pero políticamente desencantada.

Del mismo modo en China, los funcionarios gubernamentales están cada vez más desbordados por el ingenio técnico de ciudadanos anteriormente privados de información sobre las acciones del estado.

Un ejemplo reciente es el accidente de un tren de alta velocidad en Wenzhou, el 22 de julio, donde murieron 40 personas. Los esfuerzos del gobierno —durante mucho tiempo exitosos— para evitar la discusión del accidente en la prensa y en la televisión fueron infructuosos por la velocidad con la que la información al respecto circuló a través de los servicios populares de mini blogs como Sina Weibo, que actualmente tiene más de 140 millones de usuarios.

Ciertamente, en Egipto las redes sociales han tenido un efecto profundo y satisfactorio sobre la naturaleza de la acción política. Esta nueva tecnología ha revivido la sentencia del ‘padre fundador’ de los Estados Unidos Thomas Jefferson: “Cuando la gente está bien informada, puede confiar en su propio gobierno”.

Arma de doble filo

Pero también hay un lado oscuro, como lo han mostrado los disturbios en el Reino Unido. La propia ‘abundancia de fuentes’ de esta tecnología puede crear rápidamente un amasijo de eventos que pueden ser fácilmente usados para propósitos menos aceptables e incluso ilegales.

Entre los mensajes más escalofriantes que circularon por las calles de Londres estaban los que daban detalles de tiendas que iban a ser atacadas y en qué momento, con una invitación abierta a participar en los saqueos, o qué lugares iban a ser blanco de ataques (como las instalaciones construidas para los juegos olímpicos del próximo año).

También existe el riesgo de hacer circular información falsa, deliberadamente o no. Parte de esta puede ser inofensiva. Sin embargo, la información engañosa puede tener consecuencias graves y perjudiciales, como los falsos rumores en marzo de un supuesto tsunami que golpearía a Indonesia,  vinculados por los menos a un ataque al corazón con consecuencias fatales y numerosos heridos en accidentes de tránsito.

El acceso a la información instantánea e irrestricta es, por lo tanto, un arma de doble filo. Como casi cualquier nueva tecnología, las redes sociales pueden ser bien o mal usadas. El reto político es diseñar controles que discriminen eficazmente ambas situaciones.

La respuesta debe ser equilibrada

No hay necesidad de apelar a decisiones draconianas. De hecho, incluso los controles que parecerían relativamente benignos en un contexto, pueden tener un significado más amplio cuando se citan como precedentes en otro.

Existe el peligro, por ejemplo, de que cualquier intento de limitar el uso de los teléfonos celulares en un evento relativamente menor (como las protestas en San Francisco) sea usado por otros para justificar una acción mucho más seria. Como dijo el egipcio Mostafa Hussein, en su blog, esto sienta un precedente peligroso.

Los periodistas en particular tienen razón para estar preocupados. Como mostró el accidente de Wenzhou, los canales de redes sociales pueden proporcionar una gran cantidad de fuentes para el periodismo de investigación a través de la amplitud y velocidad de su alcance.

Y es precisamente en momentos cuando la tensión social está alta que la información precisa y oportuna se necesita. Cualquier cosa que lo impida debe ser rechazada.

La respuesta correcta a la mala utilización de las redes sociales no es restringir su aplicación, sino asegurar que su uso se mantenga dentro de los límites legales aceptables, y que la ruptura de esas normas sea adecuadamente sancionada.

La reacción desproporcionada y apresurada, especialmente cuando el blanco es la tecnología en lugar de la forma en la que se utiliza, será contraproducente al generar una poderosa reacción de desconfianza en las autoridades. Y como ha aprendido la China, también es probable que fracase. 

David Dickson
Editor, SciDev.Net