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  • Enfrentar enfermedades transmitidas por insectos en cualquier clima

Con o sin cambio climático, hay que reducir las enfermedades transmitidas por insectos en los pobres, dice el salubrista Ulisses Confalonieri.

Las enfermedades transmitidas por insectos, que incluyen fiebre del dengue, malaria, enfermedad de Lyme, encefalitis transmitida por garrapatas, fiebre del Nilo occidental y fiebre amarilla, ya afectan a millones de personas en las regiones tropicales y templadas.

Los cambios en el clima provocados por el calentamiento global indudablemente afectarán, directa o indirectamente, al ciclo de esas enfermedades. Pero la manera exacta en que lo harán dependerá mucho de las características locales o regionales: el clima de referencia; el insecto o ‘vector’, las especies involucradas en la transmisión; el medio ambiente natural y el construido, y el hospedero humano de las poblaciones.

Muchos documentos de investigación recientes predicen una mayor distribución geográfica para las enfermedades transmitidas por insectos, o unas tasas de transmisión más intensas, a medida que las temperaturas aumenten. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, por ejemplo, ha reconocido que la encefalitis transmitida por garrapatas, se está dispersando hacia el norte de Escandinavia y se ha desplazado a más altura en las montañas de la República Checa, como resultado de los cambios en las temperaturas y los patrones estacionales.

Pocos artículos examinan las relaciones entre clima y enfermedades prematuras, señalando problemas de datos y dificultades metodológicas en el análisis. Las pruebas de los cambios en la transmisión y distribución de la malaria en África, por ejemplo, no son claras, pues diferentes autores presentan resultados poco consistentes.

Contextos locales

Es cierto que la variabilidad y el cambio climáticos pueden afectar los complejos ciclos de vida y las interacciones entre los vectores, los patógenos y los hospederos (tanto humanos como animales) involucrados en las enfermedades transmitidas por insectos. Los parámetros físicos del clima, como la temperatura y la humedad, pueden afectar las fases de desarrollo de los vectores y patógenos así como la dinámica de las poblaciones hospederas. Por ejemplo, desde comienzos del siglo XX se conoce bien el papel que desempeña el clima en la transmisión de la malaria y se le incluye en los modelos matemáticos clásicos de esta enfermedad.

Pero los efectos del cambio climático en cualquier enfermedad varían de acuerdo con el contexto local. Por ejemplo, el incremento de las lluvias en una región seca puede crear el ambiente adecuado para la reproducción de los mosquitos portadores de la malaria, pero el mismo aumento en un ambiente húmedo, como los bosques tropicales, puede eliminar los mosquitos inmaduros.

Las predicciones de la malaria, basadas en escenarios climáticos globales, no toman en cuenta esas diferencias. Tampoco consideran las características regionales del ciclo de la enfermedad: la malaria se comporta diferente en África en comparación con América del Sur, por ejemplo. Las diferencias regionales en las especies del vector y en la inmunidad humana, entre otros factores, también influyen en los patrones de transmisión. En consecuencia, varían las respuestas al clima.

Estrategias de enfrentamiento

Las enfermedades transmitidas por insectos permanecerán como un reto importante para la salud pública en las próximas décadas. Pero la mayor parte de los riesgos para la salud derivados del cambio climático no serán ahora ‘viejos demonios’, sino nuevos problemas. La razón de que no haya malaria en Europa o Norte América, como tampoco en gran parte de América del Sur, no es por un clima inadecuado sino por el eficiente control y monitoreo de la enfermedad, combinado con la destrucción de ecosistemas naturales del vector a través, por ejemplo, de la urbanización.

Sin embargo, es posible que los cambios medioambientales provocados por un sistema de cambio climático mundial extienda los territorios donde las enfermedades transmitidas por insectos son endémicas.

La esperanza para detectar tales extensiones es que los programas de control desarrollen estrategias de vigilancia en las fronteras de las actuales zonas de distribución de la enfermedad —sean de latitud o de altura— especialmente donde las proyecciones climáticas sugieren una probabilidad más alta de cambio en las próximas décadas. La vigilancia medioambiental por satélite, usando datos hidrometeorológicos, puede ser importante en este proceso.

Incluso más útil que el monitoreo de la enfermedad es la vigilancia de los insectos vectores para detectar cambios en sus rangos antes que las áreas de transmisión de la enfermedad se expandan.

Pero el desafío principal para las sociedades que luchan contra las enfermedades transmitidas por los insectos es lograr sistemas de salud más eficientes mediante el control de las enfermedades y hacer a las personas menos vulnerables a la infección, por ejemplo, mejorando la sanidad, la vivienda y la educación. Ello debería ser una prioridad independientemente del cambio climático global.

Ulisses E. C. Confalonieri es profesor de salud pública en la Fundación Oswaldo Cruz (FIOCRUZ) en Brasil
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