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  • Biocombustibles amenazan la seguridad alimentaria

Se necesitan políticas internacionales fuertes para evitar que la revolución de los biocombustibles amenace la seguridad alimentaria de los pobres, dice Siwa Msangi.

Los países dirigen sus esfuerzos hacia los biocombustibles en respuesta al cambio climático y el alza en el precio del petróleo. Pero la producción de biocombustibles plantea nuevos riesgos y desafíos para la seguridad alimentaria de los pobres. Precios de alimentos más elevados, subsidios para biocombustibles y degradación ambiental se sentirán en forma desproporcionada en el mundo en desarrollo.

Así, mientras el desarrollo y uso de los biocombustibles tienen un lugar destacado en la agenda política global, los generadores de políticas, investigadores y otros debieran evaluar cuidadosamente las consecuencias para los más pobres entre los pobres.

Biocombustibles y alimentos más caros

La producción global de etanol –más del 90 por ciento del total de la producción de biocombustibles- creció más del doble entre 2000 y 2005. La producción global de biodiésel casi se cuadruplicó en el mismo período. Este tremendo crecimiento ya está afectando de manera adversa a los pobres de países en desarrollo al aumentar el precio y la volatilidad de los alimentos.

Producir biocombustibles a partir de maíz y caña de azúcar, involucra los costos más altos de la producción de biocombustibles. Las alzas de al menos 50 por ciento en las materias primas en los últimos años han afectado las ventajas comparativas y la competitividad de ciertos países.

En la medida en que el crecimiento del sector de los biocombustibles contribuya a aumentar el precio del maíz y otras materias primas de los biocombustibles, la competitividad del sector podrá verse adversamente afectada por estos mismos cambios en los precios, así como también por otros factores económicos.

Tanto los activos agrícolas como los precios de la energía han aumentado significativamente en los últimos años. En el pasado no había una relación significativa entre ellos, pero desde 2002 la correlación se ha fortalecido. Y el uso de cereales para propósitos industriales –incluyendo la producción de biocombustibles- ha aumentado en más de 25 por ciento desde 2000.

Estas tendencias emergentes sugieren que los lazos entre mercados de los alimentos y las energías probablemente se fortalecerán más en el futuro, de manera que las alzas y fluctuaciones de los precios de la energía conducirán a cambios similares en el precio de los alimentos.

Mirando hacia el 2020

Usando el más avanzado modelamiento computacional, el Instituto Internacional de Investigación en Políticas Alimentarias (IFPRI) ha proyectado precios de los biocombustibles para dos escenarios potenciales hasta el año 2020. El escenario uno se basa en los actuales planes de inversión en biocombustibles y predice que el precio internacional del maíz y de las oleaginosas crecerá en 26 por ciento y 18 por ciento respectivamente. El escenario dos asume una expansión del doble del escenario uno y sugiere que el precio aumentará en 72 por ciento para el maíz y en 44 por ciento para las oleaginosas.

En ambos escenarios, aumentar el precio de los cultivos va de la mano con una reducción en la disponibilidad y acceso a los alimentos. Los pobres gastan más en alimentos que en energía, cerca del 50 al 70 por ciento en alimentos y entre el uno y el diez por ciento en energía. Con precios altos, probablemente gastarán menos en alimentos, exacerbando las dietas pobres y la malnutrición de micronutrientes.   

Los escenarios estiman que el consumo de calorías disminuirá en regiones completas, en comparación con los niveles de base. El consumo decrece más en el África Subsahariana, donde el escenario dos proyecta que la disponibilidad de alimentos podría caer en más de ocho por ciento hacia 2020.

Los resultados de los escenarios sugieren que una variedad de cambios en el abastecimiento (incluyendo sequías y el destinar alimentos a combustible), podrían elevar poderosamente los precios. La demanda de alimentos ya es fuerte, porque el ingreso está creciendo rápidamente en algunos países en desarrollo. Si esta situación continúa, los precios de los alimentos probablemente van a permanecer altos por algún tiempo, incluso sin que haya más sobresaltos en el abastecimiento.

Una cuestión de políticas

La generación de marcos de políticas nacionales e internacionales amplios puede establecer las bases para combustibles ambientalmente sustentables a favor de los pobres, logrando también seguridad energética. Necesitamos políticas que aceleren la productividad agrícola ayudando a mantener y mejorar la seguridad alimentaria, y más enfocadas en las tecnologías agrícolas y de biocombustibles, en coordinación con los usuarios de los biocombustibles. Reformas comerciales y de mercado deben establecer un sistema global de biocombustibles que no provoque distorsiones y que tenga bajos costos de transacción.  

En general, los biocombustibles que usan alimentos como materia prima son más costosos para los pobres y elevan los precios de alimentos básicos, los que ya representan una parte importante del gasto doméstico de los pobres. Por lo tanto, los subsidios a cultivos que incentiven la producción de biocombustibles a partir de ciertas fuentes alimentarias tienen una carga social para los pobres y para los productores de esos cultivos en otros países.

Pero, en ciertos casos, para la sociedad, el beneficio general de reducir las emisiones de carbono podría justificar algún nivel de apoyo a los productores y una política de precios hacia los biocombustibles, dado que simples fuerzas de mercado no reconocen tales beneficios y fracasan en reflejarlos en precios de mercado. Si esto fuera así, entonces el costo de combustibles fósiles podría ser mucho más alto, como un reflejo de su verdadero impacto en el ambiente. 

Los impactos ambientales de la producción de biocombustibles, tales como la tala de bosques para plantar cultivos que produzcan biocombustibles y la decadencia de la fertilidad de los suelos, pueden ser manejados de forma sustentable o dañina. Las políticas deberían tomar en cuenta los efectos positivos y negativos de los biocombustibles para ayudar a que nos aseguremos de no usar más energía produciéndolos en comparación a la que éstos en realidad proporcionan.

Los biocombustibles que no usan alimentos como recurso, tales como convertir celulosa en combustibles líquidos, pueden emplear desechos de biomasa y usar menos recursos de la tierra. Pero estas tecnologías de segunda y tercera generación todavía deben ser desarrolladas. Los futuros avances tecnológicos podrían convertirlos en competitivos a gran escala, pero no resolverán completamente el problema de la competencia alimentos-combustibles, porque algunos de esos materiales ricos en celulosa se usan para alimentar animales o para fertilizar tierras agrícolas luego de la cosecha, creando por consiguiente un costo para el ganado y la productividad de la tierra.  

Adicionalmente, en la medida que los biocombustibles hechos a partir de cultivos ricos en celulosa se vuelvan crecientemente más lucrativos, más tierra, agua y capital serán redestinados para producirlos y algunas partes del mundo podrían enfrentar una disyuntiva entre usar esos recursos para cultivar alimentos ricos en calorías y nutrientes, o para producir cultivos ricos en celulosa para combustible. Algunos científicos ven esto como un desafío para desarrollar especies de cultivos que puedan producir ambos productos, proporcionando así energía tanto para los humanos como para las máquinas de las que dependen.   

Quizás más importante, ya que la inseguridad alimentaria y nutritiva a gran escala ya existe -y probablemente se exacerbará con los actuales y futuros cambios en las condiciones climáticas- el enfoque de los gobiernos nacionales y las agencias internacionales asociadas debiera mantenerse en aumentar la productividad y resiliencia de la producción agrícola y de los sistemas alimentarios.

La creciente demanda por biocombustibles inevitablemente generará una tensión sobre estas producciones agrícolas y los sistemas de distribución de los alimentos, en la medida en que la producción de biocombustibles siga dependiendo ampliamente de los cultivos de alimentos como materia prima. Las innovaciones tecnológicas dentro de la industria de los biocombustibles finalmente reducirán esta dependencia. Pero en el entretanto, quienes hacen las políticas deben proporcionar incentivos agregados a la innovación y protección social para aquellos en mayor riesgo: los pobres con inseguridad alimentaria. 

Siwa Msangi es investigador del Instituto Internacional de Investigación en Políticas Alimentarias (IFPRI). IFPRI busca soluciones sustentables al hambre y la pobreza. Es uno de los 15 centros apoyados por el Grupo Consultivo para la Investigación Agrícola Internacional, una alianza de 64 gobiernos, fundaciones privadas y organismos internacionales y regionales. El sitio de IFPRI en Internet es www.ifpri.org. 

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