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  • Tenemos que deshacernos de la viruela para siempre

La decisión de retrasar de nuevo la destrucción de reservas del virus de la viruela no toma en cuenta preocupaciones del mundo en desarrollo. 

Hace menos de 50 años, decenas de millones de personas en muchas partes del mundo en desarrollo todavía sufrían por una de las enfermedades más temidas, la viruela. 

La tasa de mortalidad era alta: entre 30 y 40 por ciento de quienes contraían la enfermedad morían. Y casi todos los sobrevivientes sufrían desfigurantes cicatrices que, particularmente en el caso de las mujeres, podían virtualmente eliminar todas las posibilidades de una vida social normal. 

Gracias a una concertada campaña lanzada por la OMS en 1967, que combinaba una vacunación generalizada con innovadoras estrategias de manejo, la enfermedad fue eliminada en 20 años. El último caso de ocurrencia natural conocido fue en Somalia en 1977. 

Pero a este éxito, uno de los mayores triunfos de la OMS, se le ha restado brillo por la resistencia de dos países —Estados Unidos y Rusia— a destruir las últimas reservas que mantienen del virus de la viruela. 

Los dos países están impidiendo que la comunidad de salud pública pueda afirmar categóricamente que la enfermedad ha sido exitosamente eliminada de la faz de la Tierra, y están manteniendo vivo el temor de que pueda reemerger. 

Este temor es más fuerte en los países en desarrollo, que son los que más sufrieron por la viruela (se cree que la enfermedad se habría originado en África antes de expandirse a India y China). Éstos también son, por cierto, los menos adecuadamente equipados para enfrentar un futuro brote, y sus preocupaciones se han puesto en suspenso luego de que la autorización para destruir las reservas fuera nuevamente postergada. 

Retraso de tres años 

En vista de la continua oposición de Estados Unidos y Rusia, el mes pasado la Asamblea Mundial de la Salud, el órgano de gobierno de la OMS, difirió por otros tres años la decisión de si las reservas existentes de todos los tipos de virus de la viruela (Variola) debieran ser destruidos. 

El argumento estándar de quienes están a favor de retener las reservas de viruela es que más investigación probablemente produzca vacunas y tratamientos más efectivos

El malestar con las intervenciones actualmente disponibles radica en parte en la historia de la vacuna original contra la enfermedad, la que más tarde se descubrió que era potencialmente fatal para pacientes infectados con VIH. 

La preocupación parece estar alimentada por temores de que si el virus —recientemente descrito por un destacado virólogo indio como tan amenazante que podría convertirse en “una bomba atómica de hombre pobre”  — cayese en manos de un grupo terrorista, podría utilizarse tanto contra blancos militares como contra población civil. 

Argumentos débiles 

El primero de estos argumentos, sobre la investigación, no puede ser descartado. Ciertamente se podría llevar a cabo más investigación sobre el virus, particularmente sobre las propiedades de sus múltiples variantes. Pero un informe reciente destaca que en Estados Unidos la mayor parte de esta investigación se requiere principalmente para cumplir con regulaciones. 

Y los argumentos a favor de tal investigación se debilitan aún más por el hecho de que ahora hay dos vacunas efectivas. Ambas se consideran ampliamente capaces de dar a las personas protección suficiente contra cualquier brote futuro de la enfermedad aunque, por razones obvias, las pruebas han tenido que restringirse a animales. 

Si una vez que las actuales reservas hayan sido destruidas surgiera una situación donde se considerara esencial hacer nueva investigación sobre el virus, actualmente se conoce lo suficiente sobre su estructura genómica como para reconstruirlo desde cero, usando las técnicas de la biología sintética moderna. 

Asimismo, muchos observadores creen que la supuesta amenaza terrorista es exagerada. Pese a su potencia, el virus se expande lenta e impredeciblemente, características que reducen su atractivo para grupos terroristas más inclinados al impacto instantáneo (y a la publicidad) de las armas, bombas y posiblemente los químicos tóxicos. 

Finalmente, está el argumento económico: mantener la seguridad de las reservas existentes de Variola, protegerlas ya sea de un escape accidental o de caer en las manos equivocadas, no es barato. E, inevitablemente, desvía fondos y recursos para la investigación de problemas más urgentes. 

Factores políticos en juego 

¿Por qué, entonces, hay una continua oposición a la destrucción de las reservas? Parece haber otros dos factores en juego, ambos ampliamente conocidos pero ninguno de ellos abiertamente discutidos. 

Uno es que tanto en Estados Unidos como en Rusia hay carreras científicas que continúan construyéndose sobre la investigación del virus. Es poco sorprendente que estos investigadores no quieran que las reservas sean destruidas. 

Y el segundo factor es que, pese a las claras limitaciones de la viruela como un arma biológica útil, algunos temen que ambos países quieran mantener reservas del virus como una fuente de futuras armas biológicas. 

Pero ambos argumentos ponen el interés nacional sobre el bien mundial. El rechazo a aceptar la destrucción de las reservas restantes del virus es vista en gran parte del mundo en desarrollo como una expresión del continuo deseo de dos de las superpotencias mundiales por ejercer su dominio hegemónico. 

Sus preocupaciones toman peso por la perspectiva de que los países en desarrollo carguen la mayor parte del impacto de la posible exposición al virus. Según un virólogo nigeriano, consejero de la OMS, a diferencia de los países ricos que han acumulado reservas de vacuna contra la viruela, “África es una parte del mundo donde un ataque biológico con viruela probablemente tendría un efecto más devastador”. 

El mundo merece, y puede hacerlo, mejor. El presidente de EEUU Barack Obama, en particular, ha indicado su deseo de usar la ciencia como un vehículo de ‘diplomacia blanda’, ejerciendo influencia a través de un liderazgo moral más que con la fuerza militar. 

Una decisión de destruir las reservas de virus de la viruela sería una prueba de tal compromiso. La próxima oportunidad de hacerlo vendrá cuando la Asamblea Mundial de la Salud aborde el asunto nuevamente en 2014. Obama bien podría estar aún en el poder. Si es así, el mundo en desarrollo esperará que para ese entonces él haya cambiado de idea. 

David Dickson
Director, SciDev.Net