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  • Enfermedades crónicas, prioridad olvidada

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Gobiernos y donantes deben encontrar maneras de abordar el aumento en las enfermedades no transmisibles, lo que significaría reconsiderar las prioridades de salud de los países en desarrollo.

En el ámbito de la salud mundial, como suele suceder en la vida, la percepción a veces llega a tener más peso que la realidad. Un ejemplo es la atención tan desmedida que se concede a la investigación y tratamiento de enfermedades transmisibles como el VIH/SIDA, la tuberculosis y la malaria, a pesar de que mueren muchas más personas a causa del cáncer o las enfermedades cardiovasculares, por ejemplo.

Las enfermedades infecciosas proliferan en el mundo en desarrollo. Pero estos países enfrentan una nueva y creciente amenaza por parte de las enfermedades crónicas. Para los próximos años, se pronostica un ascenso meteórico de afecciones como el cáncer y la diabetes. Sin embargo, la comunidad sanitaria internacional todavía presta muy poca atención al reto.

Un factor que contribuye de manera decisiva a la inercia reinante es el hecho de que estas enfermedades se siguen percibiendo como un problema que afecta a las personas de edad avanzada de las naciones prósperas, a pesar de la creciente evidencia de que, en su conjunto, los países en desarrollo se llevan la peor parte. Para que estos países puedan experimentar algún avance en la lucha contra las enfermedades crónicas, es menester que la comunidad internacional cambie la manera de percibirlas.

Por ejemplo, solo el cáncer mata a más personas por año que el VIH/SIDA, la malaria y la tuberculosis juntas. No obstante, la OMS invierte apenas 0,50 dólares por persona en enfermedades crónicas (sin contar la salud mental), en comparación con los 7,50 que destina a las principales enfermedades transmisibles.

Del mismo modo, las carteras de la Fundación Gates y de otros grandes donantes, como la Wellcome Trust, sobresalen por la falta de inversiones de envergadura en programas relacionados con enfermedades crónicas.

Más evidencia, menos acción

Hasta fines de los noventa, se desconocía casi por completo en qué medida las enfermedades crónicas afectaban a los países pobres. Pero ahora investigadores de todo el mundo saben mucho más sobre la magnitud del problema y los factores de riesgo que hacen que estas enfermedades sean cada vez más prevalentes.

¿Cómo se explica la falta de acción? Por un lado, los países ricos y los organismos donantes no proporcionan recursos con el argumento de que las naciones más pobres no consideran prioritarias las enfermedades crónicas. Al mismo tiempo, los países en desarrollo no solicitan fondos para estas enfermedades porque creen que tienen más posibilidades de obtener dinero para la investigación y el tratamiento de las infecciosas. En realidad, ambas partes deben esforzarse por salir de este atolladero de una vez.

En los propios países en desarrollo, la falta de políticas y programas de investigación sobre enfermedades crónicas obedece a dos problemas. En primer lugar, muchos responsables de formular políticas carecen de una base empírica sólida: aunque la OMS reúne datos mundiales, hay muy pocas iniciativas nacionales de recopilación de datos sobre tendencias locales y sus contextos.

En segundo lugar, en muchos países —tanto desarrollados como en desarrollo— los tomadores de decisión conciben los factores de riesgo de las enfermedades crónicas como elecciones relativas al estilo de vida, lo que a su modo de ver deja la prevención (y a veces también el tratamiento) fuera de su incumbencia.

Pero ese razonamiento es falso. Cuando elegimos fumar un cigarrillo o comer una hamburguesa estamos influenciados por los mensajes con que nos bombardean quienes fabrican esos productos. Y se trata de industrias que representan una importantísima fuente de ingresos para los países, de manera que los gobiernos también son parte interesada.

Sin duda, las autoridades tienen la responsabilidad de ayudar a las personas a reducir el consumo de tabaco o de alcohol. Si un gobierno permite la publicidad y venta generalizada de tabaco, alcohol y alimentos procesados, se supone que también debería contribuir a controlar o poner freno al consumo excesivo generado por la adicción a esos productos.

La agenda de investigación en salud pública también debe ponerse al día para procurar que la próxima generación de científicos que aborden las enfermedades del mundo en desarrollo ubiquen las prioridades de investigación en el mismo nivel de las principales necesidades.

Gran parte de la investigación en salud relativa a los países en desarrollo todavía pone el énfasis en las enfermedades infecciosas. Aun así, se han producido algunos avances: el Centro Internacional Fogarty de los Institutos Nacionales de Salud de EE. UU., por ejemplo, acaba de lanzar un programa de subsidios de 1,5 millones de dólares anuales para desarrollar capacidad de investigación en áreas como accidentes cerebrovasculares, enfermedad pulmonar y cáncer.

Sin embargo, en general, a excepción de lo que sucede en las instituciones más grandes, como Johns Hopkins o Yale, gran parte de los requerimientos de investigación en salud pública de los países en desarrollo aún se concentra principalmente en las enfermedades infecciosas.

Hace falta liderazgo

El mes pasado, la reunión africana de ministros de la OMS realizada en Argel subrayó que los países en desarrollo deben tomar la delantera y expresar sus prioridades de investigación en salud a los proveedores mundiales de fondos (véase Investigación en salud: pasar de la palabra a la acción). Sin embargo, no se abordó de manera explícita cuáles deberían ser esas prioridades.

La reunión de Argel fue el paso previo de una conferencia ministerial más grande que se celebrará en noviembre próximo en Bamako, Malí. Es importante que la reunión de Bamako ubique a las enfermedades crónicas en la agenda de forma expresa y destaque la relevancia que tienen para los responsables de tomar decisiones en el mundo en desarrollo.

Existen varias razones para hacerlo, más allá de las meramente humanitarias. Por ejemplo, las enfermedades crónicas no sólo afectan a los mayores, y el desarrollo de los países pobres sufrirá un durísimo revés a menos que se aborde el problema, que es cada vez más preocupante. De hecho, solo en el año 2000, la India perdió los años de vida productiva de 9,2 millones de personas de entre 35 y 64 años a causa de enfermedades cardiovasculares.

Más aún, corremos el riesgo de minar todo el avance realizado contra el VIH y la tuberculosis, si aquellos que sobreviven a estas infecciones tan terribles luego mueren jóvenes a causa de cardiopatías o cáncer.

En el ámbito mundial, ya se ha recorrido mucho camino en la investigación de las enfermedades crónicas, en especial en los países desarrollados. Si bien algunos de los resultados podrían aplicarse en las naciones más pobres, es posible que estos países afronten retos diferentes.

Por ejemplo, las personas de los países en desarrollo presentan rasgos étnicos distintos a los de quienes participan en los principales ensayos mundiales sobre enfermedades cardiovasculares; además, en estos países es más frecuente que los cánceres sean provocados por virus. Por lo tanto, los países en desarrollo deberán contar con investigación y ensayos propios que les permitan encontrar soluciones de relevancia local.

Cambios radicales

Por lo general, los sistemas de salud de las naciones en desarrollo aún no se encuentran orientados hacia las enfermedades crónicas. Se necesitan cambios radicales en el diseño de los sistemas de salud y la formación del personal sanitario. Este proceso se enriquecería con el conocimiento adquirido que pudieran compartir los países occidentales sobre la atención de enfermedades que allí son prevalentes desde hace mucho tiempo. 

Para empezar, los tratamientos son complejos. La malaria o el VIH/SIDA pueden tratarse mediante píldoras. Por el contrario, combatir el cáncer puede implicar un tratamiento costoso como la radioterapia, en tanto que las personas que sufren enfermedades crónicas tienden a necesitar más cuidados paliativos, quizá porque el tratamiento que requieren no se encuentra disponible en el país.

Esta complejidad supone gastos añadidos, asunto que los países deberán procurar resolver. Obtener fondos para antirretrovirales contra el VIH/SIDA ya ha demostrado ser bastante difícil. Ese tipo de operaciones puede ser un acuerdo de excepción entre un donante y un beneficiario. ¿Pero cómo harán los países para solicitar ayuda para tratamientos que duran toda una vida?

Abordar las enfermedades crónicas requerirá un apoyo significativo tanto de los donantes como de los gobiernos de los países en desarrollo. Ambos tienen que tomar conciencia de que los objetivos de desarrollo del milenio en materia de salud (tales como reducir la mortalidad materno-infantil) no se podrán alcanzar si los esfuerzos se concentran únicamente en las enfermedades infecciosas, sino que se necesitará un compromiso semejante que afronte el problema de las enfermedades crónicas.

Priya Shetty
Health consultant, SciDev.Net

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