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  • Usar la genética para enfrentar la desnutrición

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Jim Kaput propone que los esfuerzos para enfrentar la desnutrición incorporen la nutrigenómica, la interacción entre los alimentos y la genética.

Quienes sufren de hambre no solo necesitan comida. Necesitan los nutrientes adecuados para mantener y promover una buena salud. La ayuda alimentaria puede servir para prevenir la hambruna pero si esos alimentos no están nutricionalmente balanceados podrían también contribuir a enfermedades crónicas y muertes prematuras.

El suplemento con nutrientes esenciales —mediante alimentos completos, alimentos fortificados o suplementos— es especialmente importante en los países en desarrollo, donde la desnutrición contribuye con aproximadamente el 60 por ciento de las muertes entre los niños y niñas menores de cinco años de edad, según la organización Médicos sin Fronteras.

Pero ¿qué niveles de nutrientes se requieren para mantener la buena salud y prevenir enfermedades? Para responder esta pregunta debemos recurrir a la nutrigenómica, el estudio de la interacción entre los nutrientes y los genes para alterar el metabolismo.

Variación genética

Los genes de una persona determinan la manera en la que su cuerpo absorberá y usará los nutrientes. Como cada persona es genéticamente única, las cantidades y tipos de nutrientes requeridos para mantener una buena salud pueden diferir entre individuos.

Incluso pueden diferir entre poblaciones históricamente separadas que se han adaptado genéticamente para hacer frente a diferentes entornos ambientales.

La diferencia más visible causada por esta adaptación es el color de la piel. La variación desde el rosa al marrón no solamente ayuda a prevenir las quemaduras solares; también permite que las cantidades apropiadas de luz solar penetren en la piel para crear la vitamina D a partir de precursores inactivos.

Una adaptación genética menos obvia es la persistencia de la lactosa, que describe la producción continua de la enzima lactasa en la edad adulta y metaboliza la lactosa, el azúcar que se encuentra en la leche. La mayoría de los mamíferos dejan de producir lactasa después del destete, pero aquellos seres humanos que continuaron tomando leche recibieron proteínas, calcio y agua, lo que les permitió sobrevivir bajo las duras condiciones climáticas del norte de Europa y África central.

Por consiguiente, muchos de sus descendientes sobrevivieron y llevaron el gen variante de la lactosa. Muchos europeos del norte y del África central mantuvieron la capacidad de beber leche, mientras que aproximadamente el 70 por ciento de la población mundial es intolerante a la lactosa.

Las diferencias genéticas en las poblaciones también pueden ser el resultado de deficiencias históricas o exceso de nutrientes en suelos, plantas y animales. Por ejemplo, la carencia de hierro, selenio u otros micronutrientes en la dieta puede ser el resultado de genes que ayudan a la absorción, almacenamiento y uso de esos nutrientes esenciales.

Procesos similares actúan en las plantas y animales domesticados. Por ejemplo, el cultivo de arroz en el delta de la región de Arkansas es química y nutricionalmente diferente del arroz cultivado en la India debido a que los suelos locales, la lluvia, las temperaturas y otras condiciones afectan el crecimiento de las plantas, su maduración y su estructura química.

Por un adecuado equilibrio

La principal implicancia de esta variación genética en el mundo en desarrollo es que los alimentos por sí solos no son suficientes. Un alimento inadecuado puede ser tan dañino para las personas como la falta del mismo.

Considere, por ejemplo, la epidemia de obesidad y enfermedades crónicas que afecta no solamente a los países con alimentación asegurada sino también a las áreas urbanas de países en desarrollo, como China, donde una de cada seis personas (215 millones de individuos) tiene sobrepeso, según lo señala la OMS.

El exceso de calorías y grasas contribuye sin duda alguna a esta epidemia, pero también es cierto que muchos alimentos manufacturados o procesados no tienen un balance nutricional. Las naciones industrializadas están enfrentando crisis financieras y de salud debido a este desequilibrio de nutrientes y los países en desarrollo deben enfrentar la dualidad de tener desnutrición en las áreas rurales y sobrenutrición en los centros urbanos.

Paradójicamente, ambas formas de desnutrición pueden actuar mediante un proceso molecular similar a la modificación del ADN, llamado epigenética, para causar cambios estables pero no hereditarios en la forma en la que se usan los genes. Tanto la desnutrición como la sobrenutrición, particularmente en el útero, pueden causar estos programas epigenéticos para crear un desajuste entre la alimentación ‘prevista’ por el medio ambiente y la real.

El suministro de calorías requeridas para las mujeres en edad fértil y sus hijos es necesario, pero no suficiente para optimizar su programación epigénetica. El balance apropiado de micronutrientes es esencial para la salud tanto en el corto como en el largo plazo.

Por supuesto, no es suficiente suministrar una nutrición apropiada a las mujeres jóvenes. Proporcionarles nutrientes adecuados a sus hijos es también fundamental para mantener un entorno alimentario que promueva una salud óptima a través de toda la edad adulta. Es necesario que estos conceptos bien establecidos sean informados a las políticas públicas y a los programas de fortificación de alimentos.

Nutrición a la medida

La ciencia nutrigenómica está todavía en pañales y se conoce poco aún sobre cómo adaptar las intervenciones nutricionales de acuerdo con la genética de las poblaciones.

Los progresos han sido lentos debido a que muchos estudios se han enfocado en poblaciones locales y relativamente homogéneas usando diseños experimentales disímiles. Pero un grupo internacional de científicos nutrigenómicos, llamado Proyecto Genoma de Micronutrientes, ha comenzado a coordinar esfuerzos para desarrollar protocolos y bases de datos armonizados, con miras a comparar cómo los individuos responden a la alimentación en diferentes entornos geográficos y poblaciones culturalmente distintas.

Esos esfuerzos son esenciales para proporcionar a los expertos en políticas alimentarias y a las agencias nacionales e internacionales el conocimiento de base para abordar la desnutrición en el mundo en desarrollo.

El estudio de las interacciones entre genes y nutrientes ha comenzado, pero requiere indudablemente de una inversión bastante mayor en investigación básica y aplicada en poblaciones genética y culturalmente diversas. Dichos estudios, si son diseñados de manera adecuada, rápidamente pueden llevar a la práctica la ciencia básica para ayudar a aliviar la inseguridad nutricional.

Jim Kaput es director de la División de Medicina y Nutrición Personalizada de la Administración de Alimentos y Drogas (FDA) de los Estados Unidos.

Las opiniones expresadas en este artículo no necesariamente reflejan la política oficial de la FDA.

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