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  • Almacenamiento de agua: basarse en evidencias

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Enfrentar el cambio climático requiere comprender mejor las opciones para almacenar agua, señala Matthew McCartney, experto en hidrología.

La falta de agua es la principal causa de inseguridad alimentaria y pobreza entre las personas más pobres del mundo. Pero para muchos, el problema no es la escasez per se, sino la incapacidad para manejar la variabilidad de las precipitaciones.

En el África sub sahariana, por ejemplo, donde el 95 por ciento de las pequeñas plantaciones son de secano, la escasa previsibilidad sobre el momento y la cantidad de las lluvias hace que la agricultura sea extremadamente difícil. La falta de almacenamiento de agua limita severamente la capacidad de los agricultores pobres para hacer frente a las sequías e inundaciones, y se estima que le resta a la economía de Etiopía un tercio de su potencial de crecimiento.

Se espera que el cambio climático aumente la variabilidad de las precipitaciones en muchos lugares, incluso en aquellos donde se prevé un incremento del total de sus precipitaciones. En consecuencia, el manejo del agua se volverá más difícil, muchos agricultores pobres tendrán menos seguridad hídrica y serán cada vez más vulnerables.

En tales circunstancias, incluso pequeñas cantidades de agua almacenada pueden apoyar los cultivos o la ganadería durante los periodos secos, incrementando significativamente la productividad agrícola y económica y mejorando el bienestar de la población. El almacenamiento de agua cumple un importante papel en la reducción de la pobreza, el desarrollo sostenible y la adaptación al cambio climático.

Activos líquidos

Pero las soluciones para el almacenamiento de agua deben responder a los objetivos. La planificación de los recursos hídricos con frecuencia está centrada en grandes represas: aproximadamente el 40 por ciento de las 50.000 represas más grandes del mundo se usan para irrigación. Pero si bien muchas contribuyen significativamente al desarrollo económico, otras incurren también en significativos costos sociales y medioambientales y afectan adversamente a la gente pobre.

Para la agricultura, las represas son tan solo una alternativa entre un amplio rango de opciones de almacenamiento de agua, sea en la superficie o bajo tierra, que incluye humedales naturales, mejoramiento de la humedad del suelo, acuíferos de aguas subterráneas, estanques, tanques y pequeños reservorios.

Ninguno de ellas es la panacea. Cada una tiene su propio nicho en cuanto a factibilidad técnica, sostenibilidad socioeconómica, requerimientos institucionales e impacto sobre la salud pública y el medio ambiente. Por lo tanto, el impacto de los diferentes tipos de almacenamiento de agua sobre la pobreza puede variar significativamente dependiendo del contexto geográfico, cultural y político.

Donde tales contextos son considerados de manera adecuada, las soluciones de almacenamiento de agua pueden ser exitosas. En Burkina Faso y el norte de Ghana, por ejemplo, se han construido miles de pequeños reservorios para el abastecimiento de agua con fines domésticos, ganadería e irrigaciones de pequeña escala. Muchos de ellos han ayudado a las comunidades a adaptarse a vivir en zonas áridas, haciendo una contribución positiva a la reducción de la pobreza y al mejoramiento de las condiciones de vida.

Pero en otros lugares, el desarrollo de los almacenamientos a menudo ha ocurrido de manera fragmentada, en su mayor parte a través de iniciativas locales y con mínima planificación. Generalmente se caracteriza por ausencia o escaso manejo de datos, comunicación insuficiente con las partes interesadas de la localidad y las autoridades de agua, y carencia de un planeamiento integrado.

Con demasiada frecuencia, este enfoque ad hoc ha dado lugar a soluciones inadecuadas de almacenamiento, reflejadas en embalses cenagosos, pozos secos y una mayor incidencia de enfermedades como la malaria.

En 2009, por ejemplo, se estimaba que la mayor parte de los más de 4.000 estanques de recolección de agua de lluvia construidos entre 2003 y 2008 por el gobierno y las agencias no gubernamentales en la región de Amhara en Etiopía, no estaban operando o habían dejado de usarse. Este fracaso se debe a una serie de factores, entre los que se incluye inapropiada selección del lugar, problemas técnicos y de diseño (como inadecuados materiales de revestimiento, que propician filtraciones), y falta de compromiso de mantenimiento.

Soluciones flexibles

A medida que la población aumenta, las lluvias se vuelven más variables y la demanda de agua se incrementa, lo que hará más difícil la planificación y el manejo de las reservas de agua.

Además, todas las opciones de almacenamiento son potencialmente vulnerables a los impactos del cambio climático. Las sequías más prolongadas pueden limitar la capacidad de las medidas para aumentar la humedad del suelo a tal punto de no permitir el crecimiento de los cultivos. Y los estanques, tanques y depósitos pueden no llenarse lo suficiente como para apoyar a la agricultura, o estar en riesgo de dañarse debido a las inundaciones.

Maximizar los beneficios y minimizar los costos del almacenamiento de agua significará adecuar las soluciones a una amplia gama de complejos factores hidrológicos, sociales, económicos y medioambientales que están interrelacionados. Pero debido a las incertidumbres que plantea el cambio climático, la planificación también necesita ser mucho más flexible e integrada a una serie de niveles y escalas.

Las soluciones que combinan y se estructuran sobre las complementariedades de diversos tipos de almacenamiento probablemente sean más efectivas y sostenibles que aquellas basadas en una sola opción. Por ejemplo, las combinaciones entre el almacenamiento de aguas de la superficie y subterráneas, o entre reservorios grandes y pequeños, pueden disminuir los desajustes entre abastecimiento y demanda, y ya están siendo usadas exitosamente en algunas partes de la India y Sri Lanka.

Pero sin una mejor comprensión de qué tipos de almacenamiento son los que se adaptan mejor a las condiciones agroecológicas y sociales específicas, y en ausencia de una planificación más sistemática, muchos esquemas fracasarán en entregar los beneficios esperados e, incluso, podrían incrementar los efectos negativos del cambio climático.

La planificación del futuro debe basarse más en las evidencias. Se requieren estudios que ayuden a entender los impactos sociales y medioambientales de las diferentes opciones de almacenamiento, las implicancias de la ampliación de las intervenciones de pequeña escala y, esencialmente, las razones del éxito o fracaso de las intervenciones anteriores.

También se deben desarrollar métodos sistemáticos para evaluar la idoneidad y la efectividad de las diferentes opciones, tanto individualmente como dentro de los sistemas.

Matthew McCartney es hidrólogo del Instituto Internacional de Manejo del Agua en Addis Ababa, Etiopía.

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