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  • ¿Debe el tercer mundo adoptar la energía nuclear?

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Una combinación de factores parece inclinar la balanza del factor riesgo/beneficio a favor de la opción nuclear en los países en desarrollo. SciDev.Net invita a sus lectores a opinar.

Poco antes de la cumbre llevada a cabo la semana pasada en Rusia, los medios de comunicación sugirieron que las naciones del G8 respaldarían un plan global para promover la energía nuclear, sobre la base de que ésta es necesaria para satisfacer la demanda energética tanto de los países desarrollados como de aquellos en vía de desarrollo.

Los informes citaban un reciente borrador de un documento con la postura oficial sobre seguridad energética enviado a la cumbre. Éste habría propuesto que los países en desarrollo participasen en un “sistema conjunto de energía nuclear” como “una opción viable para reducir su pobreza en energía, así como la brecha energética”. Entre sus recomendaciones específicas había un llamado a construir una nueva generación de los llamados reactores rápidos alimentados a base de neutrones, capaces de generar (o 'alimentar') su propia fuente de plutonio a partir de uranio natural.

De manera predecible, estos informes provocaron una fuerte oposición. Los críticos repitieron su preocupación esgrimiendo que el poder nuclear es sencillamente demasiado peligroso, un argumento punzante en el país donde hace exactamente 20 años ocurrió el peor desastre nuclear del mundo, la explosión de la planta de energía nuclear de Chernobyl.

Los gobiernos que comparten estas preocupaciones, tales como Alemania e Italia, parecen haber logrado su cometido ese día en San Petersburgo. Pese a que otros líderes podrían haber apoyado la posición de dicho borrador, no hubo ninguna mención a un plan global de energía nuclear en los documentos finales de la cumbre.  

No obstante, dos décadas después de que el accidente de Chernobyl convirtiera a la energía nuclear en un paria para la gran parte de la comunidad internacional de países en desarrollo, los argumentos para su exclusión se revisan de nuevo.

Nuevas presiones

Numerosos factores hoy en día favorecen la energía nuclear, tanto en el mundo desarrollado como en los países en desarrollo. Uno de ellos es que sin importar su atractivo, las fuentes de energía renovables, tales como el biogás o incluso la energía solar, tienen pocas posibilidades de satisfacer las demandas de energía de una población urbana en rápido crecimiento a nivel mundial. 

De acuerdo con estimaciones, el número de personas viviendo en ciudades podría duplicarse a casi 7 mil 500 millones entre hoy y 2050, mientras que la población rural podría caer de 3 a 2 mil 500 millones. Al mismo tiempo, es poco probable que los combustibles renovables sean capaces de enfrentar la presión que esto provocará sobre los sistemas de energía centralizados.

El segundo gran factor es la necesidad de abordar el cambio climático. La única posibilidad realista de retardar el calentamiento global es reducir drásticamente las emisiones de carbono. Tal como la industria nuclear lo ha estado destacando hace muchos años, la energía nuclear es una forma obvia de lograrlo.     

En el largo plazo, el mundo necesita tender hacia economías de baja energía basadas en energías renovables, como el viento, la biomasa y la energía solar, tal vez agregando a éstas la energía de fusión, si ésta puede volverse segura y económica. Pero una transición demasiado rápida podría traer escasez de energía con perjuicios para la industria y un devastador impacto social.

Esta predicción subyace en el nuevo documento del gobierno del Reino Unido sobre una nueva política energética, publicado la semana pasada. Éste concluye que expandir la energía nuclear es un componente esencial de cualquier estrategia que pueda combatir el calentamiento global y, a la vez, continuar satisfaciendo las necesidades energéticas del país.

Un tercer factor es la evolución de la tecnología nuclear en sí. Nadie está diciendo que el poder nuclear sea cien por ciento seguro. Pero lo nuevos avances tecnológicos y el diseño de nuevos reactores han reducido las posibilidades de accidentes y reforzado nuestra habilidad de enfrentar lo que ocurra.

Preocupaciones continuas

Ninguna de las anteriores es una razón para la complacencia respecto de los peligros de la energía nuclear. Quedan muchos interrogantes sobre cómo asegurar sus beneficios al tiempo que se reducen sus riesgos a un nivel socialmente aceptable.

Tal vez más importante, la comunidad internacional debe asegurar que no se desvíe material nuclear hacia fines militares.

La continua determinación de Irán de reprocesar combustible nuclear –un paso para la construcción de armas nucleares- torna este asunto más pertinente (ver Iran's nuclear standoff: we need a peaceful solution).

El G8 reforzó la importancia de las políticas de no proliferación nuclear. Pero los países que ya poseen grandes arsenales nucleares han fracasado en convencer a los escépticos de que tienen sus plantas nucleares bajo control. Y la percepción de que las armas nucleares están restringidas a un club de minorías ricas dificulta persuadir a otros países de renunciar a sus propias ambiciones.

Otro interrogante es si los residuos radiactivos podrían desecharse de manera segura. Sin embargo, este asunto ha sido estudiado de cerca por muchos años y aunque la solución perfecta todavía no se ha descubierto, hoy están disponibles varias alternativas viables, tales como el almacenamiento profundo.

Agendas ocultas

Subyaciendo todo el debate nuclear, incluso en el mundo civil, existe la preocupación de que quienes promueven la energía nuclear para el mundo en desarrollo estén haciéndolo principalmente por sus propias razones políticas y económicas, más que por un genuino compromiso de satisfacer las necesidades de los países en desarrollo, tal como esos países los perciben.

En la medida en que el poder nuclear sea visto como un instrumento por el cual los tecnológicamente poderosos pueden controlar y explotar a aquellos que carecen de tal poder, el debate nuclear estará plagado de desconfianza.

Por ejemplo, la propuesta hecha a principios de este año por el presidente Putin sobre plantas de energía nuclear flotantes que satisfagan las necesidades de los países en desarrollo ha sido ampliamente vista como motivada por el deseo de explotar el conocimiento nuclear que existe en su país y, al hacerlo, extender su influencia internacional.   

Pero en lugares donde la tecnología nuclear se ha integrado a políticas energéticas impulsadas por necesidades reales, así como en aquellos donde dichas políticas hacen uso adecuado de una amplia gama de fuentes de energía, incluyendo las renovables, no hay una razón inherente por la cual los países en desarrollo debieran excluir la alternativa nuclear de entre sus opciones. 

Sólo una de varias opciones

Los argumentos para rescatar la energía nuclear de su relegada posición se han vuelto poderosos. Factores técnicos, tales como la futura demanda energética, los problemas del calentamiento global y la creciente seguridad de las nuevas tecnologías nucleares parecen estar empujando el equilibrio riesgo-beneficio a favor de lo nuclear.

Sin embargo, los desafíos sociales y políticos permanecen y no serán resueltos enfocándose sólo en la energía nuclear. Aun cuando no hay razones para excluir la tecnología nuclear, esta no es la única solución. Cada tecnología energética debiera ser evaluada según sus propios méritos.  

Los países en desarrollo deben desarrollar habilidades y experiencia en variadas tecnologías energéticas, de manera que puedan elegir la que mejor apunte a sus necesidades. Los países que desarrollen esta capacidad estarán mejor equipados para satisfacer sus propias demandas energéticas según sus propios términos.   

David Dickson
Director SciDev.Net

Lea el documento del G8 sobre la estrategia global de seguridad

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