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  • ¿Hora de reconsiderar leyes de propiedad intelectual?

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Las patentes que protegen el conocimiento científico pueden no ser tan útiles — ni valiosas— como muchos afirman.

La velocidad del colapso económico mundial está provocando una caída generalizada –que muchos llamarían tardía— en la realización de varias de las creencias subyacentes en la expansión económica de los últimos 20 años, las cuales requieren un cuestionamiento, particularmente aquellas que se refieren a las relaciones entre el Estado y el mercado.

Pero hasta ahora la necesidad de reevaluar el valor de la protección de la propiedad intelectual, y, en particular, la afirmación de que las patentes científicas y tecnológicas son esenciales para el crecimiento económico, no ha generado suficiente atención.

Pocos negarían que la innovación tecnológica necesite alguna forma de patentes de protección para prosperar. Sin protección, probablemente nadie invierta en el desarrollo de innovaciones, ya que tan pronto como los productos sean del dominio público, otros podrían copiarlos inmediatamente sin ningún costo.

Pero así como la crisis económica se puede atribuir a los gobiernos que siguieron de cerca las decisiones de los banqueros y especuladores, paralelamente sería peligroso confiar extremadamente en las patentes científicas para promover el desarrollo social.

¿Derecho a beneficios?

Tomemos, por ejemplo, el aura que rodea al Acta Bayh-Dole, promulgada en la década de los años ochenta en Estados Unidos, que dio a las universidades de los EE.UU., por primera vez, la propiedad de las patentes resultantes de investigaciones financiadas por el gobierno.

Hay una creencia, ampliamente difundida, de que esto favoreció el explosivo crecimiento de la economía de los EE.UU. en las siguientes dos décadas, haciendo ricos en este proceso a muchas universidades y a los científicos que trabajan para ellas. Aquellos con intereses comerciales, más que en el valor social de la ciencia, promovieron activamente esta opinión.

Esta convicción, por ejemplo, ha llevado a Sudáfrica a introducir una legislación similar. Y recientemente ha sido adoptada en la India, donde el gobierno, urgido por sus industrias farmacéuticas y de biotecnología (con el apoyo de la Cámara de Comercio de los Estados Unidos), está proponiendo una legislación más estricta de las patentes tomando como base explícita el enfoque del Acta Bayh-Dole, es decir facilitando que la investigación financiada con fondos públicos sea “propiedad” de las entidades privadas.

Sin embargo, hay muy poca evidencia empírica que demuestre que el Acta Bayh-Dole haya tenido el efecto que se le atribuye en los Estados Unidos, por no hablar de su conveniencia para los países en desarrollo.

Los críticos señalan, por ejemplo, que sólo un cinco por ciento aproximadamente de los ingresos de las universidades de los Estados Unidos proviene de las licencias de inventos.

¿Colaboración?

Por el contrario, existe una amplia evidencia -basada en anécdotas- en el sentido de que el Acta ha creado una mentalidad entre muchos científicos de que su conocimiento representa una potencial mina de oro que no debe ser compartida con sus competidores potenciales (es decir aquellos que trabajan en otras universidades), por lo menos hasta que haya sido protegido por una solicitud de patente.

De manera similar, el Acta ha conducido a una avalancha de patentes controvertidas -por ser sobre conocimientos científicos básicos-, llevando a lo que algunos comentaristas describen como una virtualmente impenetrable ‘maraña de patentes’ que bloquean a los inventores de pequeña escala cuando quieren comercializar sus productos. Por ejemplo, las patentes restrictivas sobre software limitan aún más su desarrollo y comercialización en el campo de las tecnologías de la información.

Como declaró recientemente un grupo de académicos, el actual impulso por una legislación similar en los países en desarrollo “está alimentado por reclamos exagerados y engañosos acerca del impacto económico del Acta en los Estados Unidos, lo que puede conducir a que los países en desarrollo esperen mucho más de lo que probablemente reciban”.

Lo hemos visto antes. El boom del ‘punto com’ de las compañías de tecnologías de la información a fines de los años noventa estuvo acompañado de un aumento astronómico similar en el valor de las pequeñas empresas de biotecnología, debido a que los capitalistas de riesgo estaban a la caza de otras oportunidades de inversión relacionadas con la tecnología. En muchos casos, el único activo de las empresas era la promesa de una patente sobre algún dato esencial en secuencias de genes.

Cuando la burbuja del punto com se reventó, el valor de las empresas de biotecnología también colapsó, dejando a muchos inversionistas enfrentando fuertes pérdidas. Su error fue no tanto la decisión de invertir en acciones de biotecnología, sino su inflada creencia en el valor de las patentes científicas.

Innovación radical

Existen alternativas a disposición de los gobiernos de los países en desarrollo. Por ejemplo, podrían enfocar su legislación sobre patentes en los inventos genuinamente tecnológicos, mientras dejan que la investigación con fondos públicos sea abiertamente accesible, y recompensan a los científicos que realizan inventos socialmente valiosos mediante otros mecanismos, como premios.

De manera más radical, los gobiernos podrían promover la ‘innovación abierta’ por la cual se alienta a un amplio rango de personas a trabajar en pro de los avances tecnológicos. Este enfoque ya ha sido sugerido en la India, por ejemplo, para diseñar nuevos tratamientos contra la tuberculosis.

Es tiempo de pensar radicalmente. Necesitamos nuevos tipos de estrategias de innovación para enfrentar los futuros desafíos económicos y sociales, así como para evitar repetir los errores del pasado reciente.

La protección de la propiedad intelectual seguirá siendo parte legítima de esas nuevas estrategias. Pero la ciencia podrá contribuir efectivamente a esos retos si permanece lo más abierta posible. Imitar el enfoque Bayh-Dole, y fomentar expectativas en torno solamente al valor comercial, no es el camino más adecuado.

David Dickson
Director, SciDev.Net

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