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Radar latinoamericano: La letra con hambre… no entra
  • Radar latinoamericano: La letra con hambre… no entra

Crédito de la imagen: FAOALC / Flickr

De un vistazo

  • Más allá de la obesidad, la desnutrición es el problema nutricional más relevante en los países en desarrollo

  • Este problema puede tener un impacto potencial significativo en el desarrollo del pensamiento lógico-matemático en los niños

  • Intervenciones conjuntas de remediación nutricional y estimulación intelectual en niños han tenido resultados exitosos

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En el mundo en desarrollo no se pesa a dos tercios de los recién nacidos. ¿Revelación noticiosa o dato curioso pero irrelevante?

Visto que en casi todas las naciones latinoamericanas se habla ya de la epidemia de obesidad, especialmente la infantil, podría alegarse que dejar sin pesar a 67 por ciento de los recién nacidos es serio.

Y, sin embargo, lo es por razones en el otro extremo: “La desnutrición es el problema nutricional más relevante en los países en desarrollo”, escriben once investigadores de la Universidad de Chile en la revista Archivos Latinoamericanos de Nutrición[1].

¿Más relevante que la obesidad? La escala de la desnutrición puede estimarse con cifras. Según el Mapa del Hambre del Programa Mundial de Alimentos[2], en
Latinoamérica entre 2011 y 2013 solo cinco países —Argentina, Chile, Venezuela, Cuba y México— tuvieron a menos de 5 por ciento de su población total con subnutrición[3]. La mayoría de la región estuvo entre 5 y 14,9 por ciento; Bolivia y Nicaragua cayeron entre 25 y 34,9 por ciento, y sólo Haití rebasó 35 por ciento.

Pero el problema tiene una dimensión social difícil de capturar en cifras, particularmente cuando la malnutrición ocurre entre el embarazo y los primeros dos años de vida. Daniza Ivanovic, de la Universidad de Chile, ha investigado el tema largamente y ha publicado que “los efectos de largo plazo de la malnutrición en edad temprana pueden afectar el desarrollo del cerebro, el IQ y el rendimiento escolar[4]”. Investigadores brasileños indican que si la malnutrición se presenta durante períodos críticos de génesis y crecimiento de neuronas, “puede inducir disfunción cerebral parcialmente irreversible”[5].

En este Radar Latinoamericano nos hemos ocupado antes de la educación como tema de interés científico, aunque mayormente desde las políticas públicas y desde la pedagogía. ¿Es descabellada la idea de que el rendimiento escolar a los seis años pueda haber estado determinado por la historia nutricional de los niños, incluso desde el embarazo?
 
Argumentos y evidencias

La hipótesis existe desde 1963, cuando los sudafricanos Stoch y Smythe sugirieron, con extrema precaución, la posibilidad de que “la desnutrición durante la infancia pueda resultar en que el cerebro deje de alcanzar su potencial completo en tamaño, y no deja de ser razonable el suponer que esto podría predisponer, también, la inhibición del desarrollo intelectual y de personalidad óptimo”[6].

Sorprende lo tentativo de su formulación por lo robustas que parecen las premisas. Stoch y Smythe citan estudios que muestran el retraso en el crecimiento de diversos animales mal alimentados en etapas tempranas, y hacen notar que 70 por ciento del peso del cerebro humano adulto se alcanza durante el primer año de vida y que casi todo el crecimiento cerebral ocurre en los 24 meses desde el nacimiento.

Su parsimonia, empero, parece haber sido visionaria. En un artículo de revisión, en 2009, Ivanovic analiza la asociación entre el bajo peso al nacer y el desarrollo cognitivo, y aunque sostiene que “perjudicaría el proceso de enseñanza-aprendizaje en la etapa escolar”, advierte que “los hallazgos relativos a estas asociaciones no son concluyentes, existiendo gran controversia”.

Cuestionada por correo electrónico, Ivanovic me aseguró que sus investigaciones “confirman que la circunferencia craneana, indicador de la historia nutricional y del desarrollo cerebral, es el parámetro antropométrico de mayor relevancia para el proceso educativo y cuyo impacto en el rendimiento escolar va aumentando a medida que ascendemos en el sistema educacional”.

En cambio, Abelardo Ávila, del Instituto Nacional de Nutrición, en México, me habló largamente de los avances con chicos nacidos con deficiencia nutricional pero atendidos, ya en edad escolar, con intervenciones centradas en la estimulación. “Los niños que sobreviven esa primera etapa pueden encontrar un ambiente muy estimulante por las demandas del entorno social”.

¿Evidencia contradictoria… o escenarios complejos? Ávila me explicó que, ante el insulto nutricional en esa primera etapa de su desarrollo, el cerebro activa mecanismos de ahorro energético: sueño excesivo, retraso del desarrollo motriz y del aumento de talla. La neurogénesis y el sistema nervioso central tienen prioridad, y eso explicaría la aparente desaparición de los efectos deletéreos unos años después. Según Ávila, el cerebro responde a los estímulos ambientales con la plasticidad que ya le conocemos.

Pero estos avances se observan midiendo peso y talla y, cuando mucho, IQ y circunferencia craneana. Lo que preocupa a Ávila es más sofisticado. La desnutrición, me dijo, “permite el desarrollo de muchas actividades cognitivas, pero no necesariamente las que se demandan ahora para desarrollar pensamiento lógico-matemático”.
Reaparece la hipótesis: la malnutrición perinatal afecta, después, al estudiante.
 
Ciencia que urge hacer

Ávila y colaboradores han ensayado intervenciones conjuntas de remediación nutricional y estimulación intelectual, con resultados sorprendentes. “Los niños con desnutrición grave que recibieron buena estimulación tienen mejor desarrollo que los bien nutridos sin estimulación”, me dijo. Más aún, “la fracción etiológica de la estimulación es como de 60 por ciento, contra 30 por ciento de nutrición (y 10 por ciento de incertidumbre)”.

Ivanovic concuerda implícitamente. Me dijo que urge hacer investigación sobre “la calidad de la educación en el marco de un contexto multicausal”. En Chile ya lo hacen, siguiendo tres ejes: el sistema educacional, la familia y los factores del educando, y entre éstos los impactos de “la situación alimentaria y nutricional del educando en el rendimiento y deserción del sistema educacional”.

Un cliché muy socorrido, en inglés, es food for thought.

Es un cliché apetecible.



Javier_Cruz.jpg 
Javier Cruz es físico de la Universidad Nacional Auntónoma de Mexico (UNAM), ejerce el periodismo de ciencia desde hace 21 años en diarios y revistas, radio y TV. Es académico de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM. 


Referencias

 

[3] El documento describe el indicador como “la proporción de la población expuesta al riesgo de no tener acceso a un aporte calórico suficiente”.
[4] Ivanovic, DM et al.: “Long-term effects of severe undernutrition during the first year of life on brain development and learning in Chilean high-school graduates”. Nutrition 16 (11-12), (2000).
[5] Batista et al.: “Malnutrition during central nervous system growth and development impairs permanently the subcortical auditory pathway”. Nutritional Nueroscience15(1), (2012).
[6] Stoch, MB y Smythe, PM: “Does undernutrition during infancy inhibit brain growth and subsequent intellectual development?”.Arch. Dis. Childh.38 (1963).
 

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