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  • Latinoamérica requiere 'gran impulso' a inversión en CyT

Éxito de países latinoamericanos se ve limitado por falta de inversión en ciencia, dice Francisco Sagasti, experto en políticas de desarrollo.

América Latina es tierra fértil para políticas creativas de ciencia y tecnología (CyT), pero sus logros en este campo son limitados.

Invierte solamente el 0,6 por ciento de su PIB en investigación y desarrollo, aproximadamente un tercio del promedio mundial. Tiene 8,5 por ciento de las publicaciones del mundo, pero representa solo el 3,5 por ciento de los investigadores mundiales, el 4,9 por ciento de las publicaciones científicas y el 0,2 por ciento de las patentes.

Hay una divergencia de larga data entre las ideas y los logros en conocimiento e innovación . Por ejemplo, 40 años atrás, los países latinoamericanos aprendieron a vincular la investigación, la industria y el gobierno (el ‘triángulo de Sábato’) y a financiar la innovación tecnológica, pero la mayoría de los países fracasó al aplicar esas lecciones.

¿Cómo podemos explicar estas deficiencias? Una mirada retrospectiva a la reciente historia de la región sugiere que tiene sus raíces en las políticas de CyT de la segunda mitad del siglo XX.

Iniciativas de política

Durante los primeros años de la década de los cincuenta surgieron en América Latina dos líneas desconectadas de las políticas de ciencia y tecnología.

La primera iniciativa estuvo asociada con las ideas de la “distribución desigual de los frutos de los progresos técnicos” propuesta por la Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina y el Caribe, que condujo a políticas que fomentaban la producción industrial nacional para crear demanda de tecnología local.

La segunda iniciativa adoptó el enfoque lineal de ‘presión de la oferta’ propugnada por la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) que hacía énfasis en el apoyo a la investigación científica, lo que generaría tecnologías a ser usadas en las actividades de producción.

Ambas líneas se unieron a finales de los años sesenta, marcando el comienzo de un periodo de avances conceptuales y experimentación.

A partir de la década de los años setenta, los académicos de la región examinaron el impacto del contexto socio-político en el desarrollo científico-tecnológico, y debatieron cómo pasar de la ciencia y la tecnología ‘dependientes’ a ‘autónomas’, cuyo objetivo era abordar los problemas y preocupaciones regionales en lugar de las prioridades establecidas por los investigadores de cada país.

Se diseñaron planes para vincular estas capacidades a objetivos de desarrollo más amplios, evaluando de qué manera la ‘década perdida’ de los años ochenta afectó los esfuerzos para impulsar la capacidad de la CyT, y se propusieron vías para alcanzar sociedades más equitativas y transformar las estructuras productivas mediante la ciencia, la tecnología y la innovación (CTI).

Los investigadores de políticas estudiaron la interacción entre el gobierno, las empresas y las organizaciones de investigación y discutieron sobre el papel de las universidades y las instituciones públicas de investigación.
Evaluaron el impacto socioeconómico de los acuerdos de transferencia de tecnología y las opciones tecnológicas, explorando nuevos enfoques y financiando esquemas para las políticas de CyT, y analizando en detalle el comportamiento tecnológico de las empresas.

Para cerrar la brecha entre los conceptos y la ejecución de las políticas, se propusieron enfoques de sistemas para las políticas de CyT centrados en la forma como los instrumentos políticos funcionan en la práctica. Sin embargo, con la notable excepción de Brasil y en menor medida Chile, estas ideas no concitaron la fuerza suficiente para sostener las iniciativas políticas sobre CTI.

Desarrollo sostenible

Hay varias razones para este fracaso. Por ejemplo, históricamente se ha puesto menos énfasis en la ciencia que en el derecho o las humanidades, y las estrategias de desarrollo con mucha frecuencia pasan por alto el rol de la ciencia y de la tecnología. Y los líderes políticos a menudo han sido indiferentes a ellas, considerando que la inversión en este campo es un lujo inalcanzable.

La situación comenzó a cambiar en la primera década del nuevo milenio, con la transición hacia la ‘sociedad del conocimiento’ que generó un renovado interés en el papel de la CTI para promover el desarrollo inclusivo y ambientalmente sostenible.

Esto condujo a las instituciones diseñadoras de políticas a crear consejos de innovación y establecer nuevos acuerdos financieros, poniendo un mayor énfasis en los programas de posgrado, mejoramiento de los esquemas de evaluación e impulsando la cooperación regional de CyT.

Las lecciones de la experiencia conllevaron a mejorar el diseño e implementación de las políticas de CTI. Los formuladores de políticas se centraron en asuntos de larga data, como el uso de recursos naturales como trampolín para la transformación tecnológica, pero también abordaron nuevas preocupaciones como el papel de las industrias y servicios digitales.

Gran impulso

En la primera década de este siglo, la región ha mantenido su estabilidad económica y crecimiento a pesar del creciente impacto de las fuerzas globales, como el cambio climático, la crisis financiera y los desastres naturales.

Esta estabilidad se basa en la mayor demanda de materias primas de la China e India, mayor demanda de bienes y servicios, y políticas macroeconómicas sensatas. Por otra parte, América Latina tiene capacidad de resistencia y adaptación derivada de su diversidad de recursos naturales y una herencia cultural y lingüística común.

La población de América Latina es lo suficientemente grande como para crear mercados viables sin ejercer presión sobre los recursos de la región. Y la infraestructura ha avanzado lo suficiente como para mantener las actividades económicas, pero no se ha desarrollado tanto como para imponer restricciones resultantes de las decisiones e inercias del pasado.

Todo esto dejaría a América Latina en una buena posición para encarar los desafíos del siglo XXI si no fuera por la deficiencia en su capacidad de CTI.

Basándose en seis décadas de experiencia política, no solo es posible sino esencial dar un ‘gran impulso’ a las inversiones en investigación científica, desarrollos tecnológicos e innovación.

La región debería tener como objetivo triplicar la inversión en I+D, del 0,6 por ciento a 1,8 por ciento del PIB, el nivel promedio de inversión en Europa y ligeramente por encima del promedio mundial de 2007. Solamente entonces América Latina podrá aprovechar sus recursos para satisfacer exitosamente el desafío del crecimiento que tiene por delante.

Francisco Sagasti es investigador principal del FORO Nacional/Internacional en Lima, Perú, y profesor visitante en el Instituto de Empresa de Madrid, España. Su más reciente libro, ‘Ciencia, Tecnología, Innovación. Políticas para América Latina’, fue publicado por el Fondo de Cultura Económica en abril de 2011.

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