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  • Situación de Egipto llama la atención a ciencia árabe

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El descontento tras las recientes protestas en Egipto conlleva lecciones de cómo se manejan la ciencia y el periodismo en el mundo árabe.

Para la mayoría de egipcios que estuvieron protestando a gritos —y finalmente con éxito— en la Plaza Tharir de El Cairo y en otros lugares durante las pasadas dos semanas, la situación de la ciencia en el país ha estado muy lejos de sus reclamos.

Sin embargo, según las informaciones, los investigadores se han destacado entre los manifestantes. Esto demuestra que sus frustraciones profesionales frente a las políticas de sus gobiernos en torno a la ciencia y tecnología (CyT) resuenan junto con las apasionadas preocupaciones de muchos otros egipcios sobre lo que está pasando en su país.

Las frustraciones entre los científicos de Egipto han sido burbujas bajo la superficie durante muchos años. Algunas se han enfocado en la carencia de adecuado respaldo a la investigación de primer nivel en el país, donde los bajos salarios académicos han obligado a muchos científicos ya sea a diluir sus energías aceptando un segundo trabajo, o sumarse a la fuga de cerebros.

Otras presiones tienen implicancias aún más grandes. El fracaso en fomentar vínculos sólidos entre la investigación universitaria y la industria privada, por ejemplo, ha creado una cultura donde resulta imposible que la innovación tecnológica prospere. Esto es ampliamente reconocido como una de las razones de la escasez de trabajo para la gente joven, incluso para graduados calificados.

La rabia por el alto nivel de desempleo juvenil indudablemente ha propiciado la actual ola de protestas. Y detrás de todo esto subyace la constante crispación por los efectos de una poderosa —y a veces corrupta—burocracia gubernamental que desvía tiempo, energías y recursos de las actividades productivas.

No solo Egipto 

El año pasado, la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) publicó el Informe Científico de la UNESCO 2010, que señaló que estos problemas no son exclusivos de Egipto, sino que son comunes a muchos países del mundo árabe.

El informe menciona un número de iniciativas recientes en la región dirigidas a impulsar la investigación de alta calidad y promover las alianzas público-privadas para la investigación para el desarrollo, desde la nueva Universidad Rey Abdullah de Ciencia y Tecnología (KAUST por sus siglas en inglés) de Arabia Saudita, hasta la creación de parques de CyT en muchos estados.

Pero también señala que “en los países árabes, la indiferencia mostrada por los formuladores de políticas de CyT es la principal causa del actual estado vegetativo de la CyT”. Y critica el papel de los gobiernos por ejercer una “influencia indebida sobre las universidades, especialmente por consideraciones políticas”.

Es difícil estar en desacuerdo con las conclusión del informe de que estas y otras cuestiones profundas deben ser abordadas con urgencia si los países árabes quieren forjar economías vigorosas basadas en el conocimiento que satisfagan las necesidades de sus ciudadanos.

Oportunidades para el cambio 

El poder de las protestas de las últimas dos semanas ha mostrado de manera espectacular cuán profundamente desean ver los egipcios que sus gobiernos aborden los obstáculos que se interponen en el camino para acelerar el progreso social y económico y alcanzar esta meta.

Queda por ver de qué manera se resolverán estos aspectos más generales —ojalá de manera pacífica— ahora que el presidente Mubarak ha dejado la escena. Pero cualquiera sea el resultado, habrá muchas oportunidades en los meses venideros para reflexionar sobre las maneras de implementar los cambios políticos que la ciencia requiere urgentemente para contribuir al progreso de manera más eficaz.

Por ejemplo, el borrador de un ambicioso Plan de Acción Árabe de Ciencia y Tecnología (ASTPA, por sus siglas en inglés) elaborado por expertos de toda la región será sometido a aprobación durante la reunión cumbre de estados árabes programada para el próximo mes en Bagdad, Irak.

El plan identifica un número de áreas prioritarias para la investigación. Probablemente también proponga un “observatorio en línea de la CyT árabe” para supervisar su ejecución en los estados árabes, remarcando las áreas en las que los países pueden o no estar a la altura de sus compromisos.

Es fundamental que la supervisión no esté restringida a factores directos, como el nivel de apoyo a la investigación universitaria, sino que incluya un entorno político más general que permita que la ciencia florezca, y prevea los obstáculos que le impidan hacerlo (como ha sido el caso en Egipto).

Los actuales acontecimientos en El Cairo subrayan el hecho de que la contribución de la ciencia al desarrollo solamente se puede cumplir en un entorno político lo suficientemente favorable. La ciencia no puede prosperar, ni sus beneficios pueden ser ampliamente compartidos, en un estado burocrático demasiado restrictivo.

Permitir la libertad de prensa 

Dentro de tres meses, Egipto será anfitrión de un evento ajeno pero no menos importante: la 7º Conferencia Mundial de Periodistas Científicos, la que —al momento de escribir este editorial—todavía tiene como sede a El Cairo.

Esta reunión pondrá de relieve la función vital que los periodistas cumplen en comunicar, tanto a los formuladores de políticas como al público, el mensaje de que la CyT tiene un importante papel que cumplir en la promoción del desarrollo.

Inevitablemente, la conferencia también será una oportunidad para reflexionar sobre la necesidad de respetar la libertad de los periodistas a informar sobre las respuestas a este mensaje, y sobre los casos donde sus esfuerzos por comunicarse abiertamente han sido restringidos. El acoso a los periodistas —tanto nacionales como extranjeros— se ubica entre los aspectos más negativos de los recientes acontecimientos.

Científicos y periodistas tienen un interés común en la lucha para mejorar las condiciones, tanto materiales y políticas, bajo las cuales se desenvuelven. Deben hacerlo no solo en defensa de sus propios intereses, sino de todos aquellos en la sociedad que se benefician de su trabajo. En la Plaza Tahrir estuvieron compartiendo sus preocupaciones, a veces con consecuencias sangrientas. Esperemos que no haya sido en vano.

David Dickson
Director, SciDev.Net

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