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  • Los límites de la diplomacia científica

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El uso de la ciencia con fines diplomáticos tiene evidentes atractivos y varias ventajas, pero no lo consigue todo

La comunidad científica tiene una merecida reputación por su perspectiva internacional: los científicos suelen ignorar fronteras e intereses nacionales cuando se trata de la colaboración o del intercambio de ideas sobre los problemas mundiales.

Por lo tanto no es sorprendente que la ciencia atraiga a los políticos interesados en abrir canales de comunicación con otros estados. La firma de acuerdos de cooperación científica y tecnológica es frecuentemente el primer paso para los países que quieren estrechar sus relaciones de trabajo.

De manera más significativa, los científicos han formado vínculos clave tras bambalinas, cuando no ha sido posible un diálogo más ostensible. En el apogeo de la Guerra Fría, por ejemplo, las organizaciones científicas fueron un conducto para discutir sobre el control de las armas nucleares.

Lo que la ciencia puede lograr

Recientemente, la administración Obama ha dado un nuevo impulso a este campo, en su deseo de llevar a cabo una “diplomacia blanda” en regiones como el Medio Oriente. Los acuerdos científicos han estado a la vanguardia de las actividades administrativas en países como Iraq o Pakistán.

Pero –tal como se vio en una reunión titulada Nuevas Fronteras en la Diplomacia Científica, realizada en Londres esta semana (1 y 2 de junio)– la utilización de la ciencia con fines diplomáticos no es tan sencilla como parece.

Algunas colaboraciones científicas demuestran claramente lo que los países pueden alcanzar trabajando conjuntamente. Por ejemplo, el nuevo sincrotrón que se construye en Jordania se está convirtiendo rápidamente en un símbolo del potencial de trabajo en equipo en el Medio Oriente.

Pero es menos evidente que la cooperación científica pueda convertirse en precursora de la colaboración política. Por ejemplo, a pesar de las esperanzas de que el sincrotrón de Medio Oriente ayude a llevar paz a la región, varios países están reacios a adoptarlo hasta que se resuelva el problema palestino.

De hecho, uno de los oradores de la reunión de Londres (organizada por la Royal Society del Reino Unido y la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia) sugirió incluso que los cambios de las innovaciones científicas conducen inevitablemente a la turbulencia y la agitación. En dicho contexto, ver a la ciencia como un motor para la paz podría ser una mera ilusión.

Valores en conflicto

Tal vez el tema más controvertido examinado durante la reunión fue de qué manera la diplomacia científica puede enmarcar los esfuerzos de los países desarrollados para ayudar a construir las capacidades científicas en el mundo en desarrollo.

Hay muy pocas objeciones en cuanto a los esfuerzos de colaboración que se presentan como un auténtico deseo de asociación. De hecho, la asociación –sea entre individuos, instituciones o países– es la nueva palabra de moda en la comunidad de la “ciencia para el desarrollo”.

Pero una verdadera asociación requiere relaciones transparentes entre los socios que estén preparados a tratarse como iguales, lo cual va en contra del papel implícito de los diplomáticos: promover y defender los intereses de sus propios países.

John Beddington, asesor científico en jefe del gobierno británico, puede haber sido un poco duro cuando dijo en la reunión que un diplomático es alguien “enviado al extranjero a mentir por su país”. Con ello tocó un nervio sensible.

Mundos distantes pero codependientes

La verdad es que la ciencia y la política conforman una alianza inestable. Ambos se necesitan. Los políticos necesitan a la ciencia para alcanzar sus metas, sean sociales, económicas o –desafortunadamente– militares; los científicos necesitan apoyo político para financiar sus investigaciones.

Pero también ocupan diferentes universos. La política, en su raíz, se trata del ejercicio del poder por uno u otro medio. La ciencia es –o debería ser– la consecución de sólidos conocimientos que puedan ponerse al servicio de propósitos útiles.

Una estrategia para promover la diplomacia científica que respete esas diferencias merece apoyarse, particularmente si se enfoca en medios para obtener respaldo político y financiero con el propósito de que la ciencia alcance metas más humanitarias, como la lucha contra el cambio climático o la reducción de la pobreza en el mundo.

Pero un compromiso con la diplomacia científica que ignore las diferencias, y actúe por ejemplo como si la ciencia pudiera sustituir a la política (o quizás más preocupante, en sentido contrario), es peligroso.

El compromiso de la administración Obama con el “poder blando” ya está fallando. Confronta desafíos que van desde los ensayos de armas nucleares de Corea del Norte hasta la oposición interna al límite de consumo de petróleo. Saborear la realidad puede no ser tan malo.

David Dickson
Director, SciDev.Net

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