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  • Equipando universidades para combatir la pobreza

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Todos los países en desarrollo necesitan universidades eficientes. Pero no deben estar basadas en los modelos de la ‘torre del marfil’ que persistían en el pasado.

Muchas universidades en los países en desarrollo mantienen una imagen de sí mismas de instituciones elitistas, aisladas de las necesidades e intereses de la sociedad que las rodea. Irónicamente, este modelo está siendo abandonado en el mundo desarrollado que lo creó y lo promovió.

En la década del ochenta, la adhesión excesiva de los países en vía de desarrollo a este modelo - herencia del colonialismo - fue en parte culpable del colapso del apoyo a la enseñanza superior dado por agencias de cooperación bilaterales y multilaterales.

Organizaciones como el Banco Mundial argumentaron que las universidades en África en particular colaboraban muy poco con la prosperidad económica y producían demasiados graduados inútiles para trabajar y con habilidades académicas para las cuales había poca demanda.

Afortunadamente, esta situación ha cambiado. Un creciente número de agencias de cooperación y organizaciones multilaterales ahora comprende que los cortes de hace 20 años fueron demasiado lejos, y desea ayudar para que el sector de la educación superior se reconstruya y modernice. Hay un reconocimiento en aumento en el sentido de que las universidades fuertes son esenciales para la prosperidad social y económica, particularmente por sus contribuciones a los esfuerzos nacionales científicos y tecnológicos.

Pero mientras los fondos empiezan a volver al sector - el informe de la Comisión por África de 2005, por ejemplo, recomendó que los donantes occidentales proporcionen US$5 mil millones para las universidades africanas en un período de 10 años -, los errores del pasado no deben repetirse. Si las universidades deben cumplir las nuevas expectativas, debe exigirse un modelo nuevo que refleje y responda a las necesidades del mundo que los rodea.

Aumenta la competitividad

El potencial de las universidades en los países en desarrollo para ayudar a alcanzar los desafíos sociales y económicos es elocuentemente descrito en un documento estratégico sobre educación, ciencia y tecnología elaborado recientemente por el Banco Africano de Desarrollo, el cual actualmente está disponible para el público en el portal del banco.

Basado en parte en el análisis del propio Banco sobre los requisitos de educación superior del continente y en la respuesta más probable - discutida en una reunión en Ghana a principios de este año -, el documento apoya seriamente la inversión en las instituciones terciarias que proporcionarán las habilidades en ciencia y tecnología necesarias para acelerar el crecimiento económico y aumentar la competitividad internacional.

La estrategia del Banco se enfoca en la necesidad de reforzar los centros de excelencia en ciencia y tecnología nacionales y regionales, fortalecer o rehabilitar la infraestructura existente, -incluidas las instituciones de educación terciaria -, y vincular la educación superior, la ciencia y la tecnología con la industria y el comercio.

Nadar contra la corriente

Hay una clara evidencia de que las agencias de cooperación internacional pueden ayudar a lograr esos objetivos. Durante los últimos 30 años, por ejemplo, el Departamento para la Cooperación en Investigación de la Agencia de Cooperación Internacional Sueca (SIDA, por su sigla en inglés) ha nadado contra la corriente internacional insistiendo en invertir en infraestructura en ciencia y tecnología.

Una evidencia de su éxito se puede ver en instituciones como la Universidad de Dar-es-Salaam en Tanzania. En gran parte gracias al apoyo de la SIDA, la Universidad ha crecido de unos pocos cientos de estudiantes en 1975 a muchos miles en la actualidad, y es un centro de investigación líder en el este de África en campos que van desde la tecnología informática hasta la biología marina.

Le siguen otras agencias de cooperación. El Banco Mundial, por ejemplo, ha anunciado que ya no es reacio a proporcionar préstamos para la educación superior, y un consorcio de fundaciones con base en Estados Unidos ha estado ayudando desde hace varios años a un selecto grupo de ese tipo de instituciones a lo largo del continente.

Pero aún hay un largo camino por recorrer para establecer una infraestructura de educación superior. Es necesario evitar errores anteriores, - no más instituciones costosas cuyos objetivos reflejan las ambiciones académicas de aquellos que trabajan en ellas, en lugar del deseo de contribuir al bienestar nacional.

Necesidad de crear trabajos

Los gobiernos deben reconocer que las universidades ya juegan un papel importante para dar respuesta a las necesidades sociales. Con frecuencia los investigadores universitarios en áreas que van desde la minería hasta el cambio climático reclaman que sus habilidades son ignoradas por los gobiernos, que prefieren pedir consejo a asesores occidentales.

Los generadores de políticas también deberían estar más al tanto del potencial de las universidades para hacer frente al grave problema de la creación de trabajos. El crecimiento con base en la innovación es una de las formas más exitosas de reducir el desempleo, un hecho que debería persuadir a los países para que apoyen la educación superior como parte de sus estrategias de reducción de la pobreza. 

Además, las universidades necesitan crear lazos con el sector privado. Esto no significa sacrificar la excelencia científica o la libertad académica, sino abrir oportunidades para la colaboración productiva, - por ejemplo, a través de un compromiso conjunto de hacer ‘parques científicos’ como los que promovieron las universidades en el mundo desarrollado en los últimos 20 años.

Un estrecho acercamiento académico a la ciencia y la tecnología debe expandirse hasta llegar a temas como los derechos de propiedad intelectual y la política de gobierno.

Una mayor apertura depende de mejorar la comunicación más allá de la academia en las universidades del ‘futuro’. La renuencia a comunicarse con el sector privado, con los generadores de políticas o con la comunidad en general es uno de los fracasos más grandes del modelo de la ‘torre de marfil’. Las universidades que lo ignoren están en el peligro de compartir el mismo destino que el de los dinosaurios.

David Dickson
Director, SciDev.Net

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