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  • Juicio a científicos: lección en preparación de desastres

Las penas de prisión por homicidio dadas a seis científicos italianos y a un funcionario público la semana pasada han suscitado un torrente de indignación. Los medios de comunicación han hecho eco del sentimiento de impotencia de muchos científicos en cuanto los terremotos son imposibles de predecir.

 Sin embargo, pocos han fijado la atención sobre los hechos reales del juicio; no se trataba del fracaso de la ciencia para predecir terremotos: tenía que ver con la información faltante e incorrecta sobre el riesgo antes del terremoto de magnitud 6.3 que sacudió L’Aquila, en el centro de Italia, el 6 de abril de 2009.

Algunos residentes no dejaron sus viviendas porque se sintieron incapaces de tomar decisiones informadas, a pesar de que la evacuación es una tradición desde hace varias generaciones. En consecuencia, 309 personas murieron, algunas de ellas persuadidas por la información de los científicos de quedarse en casa. [1]

En declaraciones ofrecidas la semana pasada, David Ropeik, de Scientific American dijo que la escasa comunicación científica fue la culpable, subrayando que los científicos tienen la responsabilidad de compartir su experiencia con la población en riesgo para que puedan tomar decisiones informadas. [2] Stephan Faris, de Time, dijo que los científicos debieron haber consultado los modelos estadísticos de terremotos a fin de proporcionar información más probabilística que ayudase a la gente a decidir qué acción tomar. [3]

No obstante, hay cuestiones mucho más serias sobre este incidente: ¿quién es el ‘experto’ que toma decisiones sobre la acción y qué información se debe comunicar a las autoridades, al público y a los medios de comunicación?

Límites de la previsión

En una reunión celebrada el 31 de marzo de 2009 en la sede gubernamental de L’Aquila, los científicos se reunieron para discutir el enjambre de terremotos recientes (varios terremotos pequeños en un corto periodo de tiempo). Al parecer los científicos no descartaron la posibilidad de la ocurrencia de un gran terremoto.

Pero hubo poca discusión sobre qué hacer antes de un evento importante, a pesar de la vulnerabilidad de las edificaciones antiguas.

En una conferencia de prensa, Bernardo De Bernardinis, entonces vice director del Departamento de Protección Civil, señaló que la situación en L’Aquila no representaba “ningún peligro”.

“La comunidad científica continuamente me asegura que, por el contrario, es una situación favorable debido a la descarga continua de energía”, afirmó. [1]

¿Este es un caso en el que el mensajero (De Bernardinis) se equivocó? ¿O el mensajero no entendía la ciencia y sus incertidumbres? El científico a su lado, Franco Barberi ¿pudo haber corregido este error?

Aquí es donde surgen los problemas de fondo. La brecha entre la experiencia y la capacidad de tomar decisiones es algo que he descubierto una y otra vez en mi investigación sobre los sistemas de alerta temprana, especialmente en el caso de los volcanes.

Los vulcanólogos por ejemplo trabajan incansablemente en generar conocimiento sobre un peligro específico, tratando de obtener mejores métodos de monitoreo y posibles herramientas de previsión. Nótese el uso del término ‘previsión’ -no predicción-, el primero referido por lo general a una aproximación mientras que el segundo implica un nivel de precisión que no es posible lograrse para el caso de muchos peligros naturales.

El hecho es que sin tener capacidad de proporcionar certidumbre científica, un investigador puede esforzarse por proporcionar un mejor pronóstico. Las previsiones se vuelven entonces una suerte de apuesta, y la casualidad rara vez es ciencia.

Contexto para las decisiones

Pero estos pronósticos son solo una parte del problema. Los funcionarios responsables de la seguridad ciudadana también tienen que combinar esta información incierta sobre los peligros —en la que no son expertos— con su propio campo de experiencia: los factores sociales, económicos, políticos y culturales específicos de sus poblaciones en riesgo.

Por lo tanto, no sorprende que estos tomadores de decisión se apoyen en gran medida en los científicos para recomendar las acciones a tomar antes de enfrentarse al público.

Esto significa que la ciencia es verdaderamente tan solo una parte del problema; la comprensión del contexto en que puede ocurrir un desastre es igualmente importante si se trata de dar un buen consejo.

Como no es posible predecir los terremotos, se requiere tomar precauciones, y la más común es asegurarse de que todas las edificaciones en las regiones sísmicas cumplan con códigos estrictos de construcción.

En L’Aquila, pocas construcciones eran seguras, por lo que tradicionalmente sus habitantes tenían la precaución de evacuar. La comprensión de este contexto histórico es vital para que cualquier científico o tomador de decisión pueda ofrecer orientación en la evaluación de los riesgos involucrados.

Comprender las incertidumbres

Las incertidumbres científicas no significan que las crisis no puedan ser bien manejadas. Cuando el Monte Pinatubo hizo erupción en Filipinas en 1991, la educación y divulgación exhaustivas ayudaron a la gente a tomar decisiones informadas sobre la acción a seguir, y se estima que así se salvaron alrededor de 250.000 personas.

En L’Aquila, las autoridades de emergencia que trabajaban junto con los científicos no hicieron advertencia formal alguna sobre acciones de precaución previas al terremoto. Sin esta información, que clarificase las incertidumbres, los tomadores de decisión no pudieron adoptar decisiones informadas para prevenir la pérdida de vidas. La alerta temprana se convierte así en un acto de fe.

Entonces, ¿quién es el mejor experto para dar este consejo, los científicos o los funcionarios públicos? ¿Y qué pasa con la población local y su experiencia?

Mientras que esta es una batalla constante en las prácticas de manejo de riesgos de muchos países desarrollados, los países en desarrollo están tomando la delantera con nuevas formas de trabajar conjuntamente.

Países como Filipinas e Indonesia ya han reunido a científicos, expertos en poblaciones vulnerables y expertos locales para hacer una evaluación de riesgos más integral, y hay un impulso creciente para adoptar este enfoque. [4] [5] El manejo de las erupciones de 2010 en Monte Merapi, Indonesia, es otro buen estudio de caso.

Pero los tomadores de decisiones no solo son científicos o funcionarios; en parte, cada persona debe tomar sus propias decisiones en torno a las advertencias.

Lo que demuestra el juicio de L’Aquila es que en lugar de señalar a los culpables con el dedo, debemos mejorar el conocimiento y entendimiento de los peligros naturales, mediante el fomento de la resiliencia y la educación de la comunidad, y siempre dando cuenta de las incertidumbres. Los países en desarrollo están mostrando que este enfoque puede ser exitoso.

Carina Fearnley es profesora de riesgos ambientales en la Universidad Aberystwyth del Reino Unido, y afiliada al Centro de Peligros Aon Benfield UCL de University College London. Pueden escribirle a: cjf9@aber.ac.uk

 

Referencias

[1] Hall, S. Scientists on trial: At fault? Nature 477, 264–269 (2011)

[2] Ropeik, D. The L'Aquila verdict: A judgment not against science, but against a failure of science communication. (Scientific American, 2012)

[3] Faris, S. The Aquila earthquake verdict: Where the guilt may really lie. (Time, 2012)

[4] Surano. Strategy of geological hazard mitigation in Indonesia. (Centre for Volcanology and Geological Hazard Mitigation, Indonesia)

[5] Philippine Institute of Volcanology and Seismology

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