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  • No se postule a presidente, señor Gore

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La entrega del premio Nobel de la Paz la semana pasada señala la llegada de una era de la comunicación pública de la ciencia.

Pocas veces la importancia de la comunicación de la ciencia como un puente para estrechar la distancia entre investigación y política ha tenido un respaldo más significativo que el anuncio hecho la semana pasada de que el Premio Nobel de la Paz sería compartido por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, en su sigla en inglés) y el ex presidente de Estados Unidos, Al Gore.

El premio refleja en qué magnitud el cambio climático ya no es un asunto meramente ambiental, sino uno de sobrevivencia global. Éste reconoce que en el mundo moderno se requieren tanto la buena ciencia como la buena comunicación si se quieren contrarrestar exitosamente tales amenazas para la seguridad global.

El IPCC merece con creces este reconocimiento. Establecido en 1988 como un tipo relativamente novedoso de foro internacional, al reunir a investigadores y tomadores de decisiones, el IPCC ha buscado crear consensos sobre la ciencia del cambio climático y su probable impacto en la actividad humana.

El esmerado trabajo de más de 2.000 científicos ha llevado al generalizado acuerdo de que la humanidad está enfrentando una amenaza sin precedentes debido a los desechos de sus propias actividades. La cuarta y última evaluación del IPCC, publicada a principios de este año, eleva de "probable" a "muy probable" (con más de 90 por ciento de probabilidad) la posibilidad de que la mayor parte del aumento global de las temperaturas promedio observado desde mediados del siglo XX se deba al incremento detectado de las emisiones de gas invernadero causadas por el ser humano.

Pero si los resultados científicos por sí solos fueran suficientes para persuadir a los políticos de actuar, entonces hace muchos años ya se habría tomado una firme acción para afrontar el cambio climático. La política es más compleja. Mientras muchos países han respaldado tal acción, especialmente firmando el Protocolo de Kyoto, otros no lo han hecho —particularmente el mayor emisor de carbono a nivel mundial: Estados Unidos. Y esto, a su vez, ha desalentado a los países en desarrollo más grandes —en particular China e India— a acordar un límite de emisiones de carbón, sobre la base de que ellos no son actualmente los mayores infractores.

Un cambio profundo en la opinión pública

Aquí es donde entra Al Gore. Sería engañoso afirmar que él solo ha transformado el debate sobre la política climática en Estados Unidos. Muchos otros factores e individuos, desde la comunidad científica estadounidense hasta el gobernador de California Arnold Schwarzenegger, han jugado papeles clave en persuadir a la administración Bush de que el calentamiento global es una amenaza mayor que no desaparecerá y que se necesita una acción significativa.

Lo que es cierto, sin embargo, es que es improbable que Bush hubiera considerado este mensaje si no hubiera sido por lo que algunos han descrito como un 'cambio profundo' en la opinión pública estadounidense.

Hace un año, el cambio climático era ampliamente visto sólo como otro temor ambientalista. Hoy los estadounidenses se están haciendo preguntas sobre los autos que manejan y la aislamiento (o la falta de éste) en sus casas. Por todo esto Gore —el comunicador público más efectivo de la comunidad del cambio climático— debe llevarse gran parte del crédito, particularmente por su documental premiado con un Oscar, 'Una verdad incómoda'.

Para aquellos que sólo están familiarizados con Gore como una suerte de ayudante inexpresivo y falto de imaginación del ex presidente Bill Clinton —características ampliamente responsables de su fracaso en suceder a Clinton— se han sorprendido por la combinación de pasión, inteligencia y humor que él le ha impreso a la tarea de involucrar al público estadounidense en el debate del cambio climático.

Pero aquellos que lo vieron en acción como un miembro del Congreso de los Estados Unidos al inicio de su carrera política habrán visto las mismas sensibilidades en funcionamiento.

Ya sea batallando contra las fallas de las autoridades de salud y seguridad, o defendiendo una gran cantidad de regulaciones contra los ataques de la industria, Gore tiene una larga historia de luchas por causas ambientales, una respuesta al alegato de que él es simplemente un político fracasado buscando reencarnarse en un campeón ambiental.

Las limitaciones de los políticos convencionales

Debe ser tentador para Gore considerar otra carrera a la Casa Blanca. Pero sería un error para él hacerlo. Está claro que su talento se puede emplear de formas más efectivas.

Hay tiempos en que, tal como la ciencia es demasiado importante para dejársela a los científicos, la política es demasiado importante para dejársela a los políticos. O, visto de otra forma, donde se requiere un cambio de percepción para lograr un cambio de conducta, hay límites en lo que un político convencional puede lograr.

El cambio climático es uno de esos temas. El IPCC ha hecho un sólido caso para la acción. Es de esperar que el reconocimiento del comité de los Nobel reduzca más el número de escépticos del clima. Y que la naturaleza del premio signifique que los científicos del clima puedan aseverar que están comprometidos en dedicarse a la "ciencia por la paz", un argumento que antes era privilegio de los investigadores en energía nuclear.

Los cambios en el estilo de vida que se requieren para adaptarse a las realidades del cambio climático y para mitigar sus próximas acciones —particularmente cuando eso se refiere a desafiar férreos intereses, como aquellos de la industria petrolera— no vendrán sólo como respuesta a razonamientos científicos.

Para dar crédito a Gore, él reconoció esto en una etapa temprana y ha complementado la ciencia esencial con la pasión necesaria y la astucia política. Y el comité Nobel ha reconocido, como Gore, la importancia de una comunicación efectiva de la ciencia al servicio de la seguridad global.

David Dickson
Director de SciDev.Net

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