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Radar Latinoamericano: ¿la Ciencia será #ciencia?
  • Radar Latinoamericano: ¿la Ciencia será #ciencia?

Crédito de la imagen: Fiocruz

De un vistazo

  • El interés del público por estar informado sobre ciencia puede tener un límite, hipotetizan algunos

  • Ese desinterés de la gente puede deberse a la irrelevancia social de la información científica divulgada por los medios

  • Un antídoto puede ser la posibilidad de emocionar con la ciencia en contextos de proximidad vivencial, pero sin traicionar su esencia.

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En los congresos académicos hay dos cosas que casi nunca faltan: lamentos por lo mal que van las cosas y optimismo por lo muy bien que pueden ir.
Cuando hay buena suerte aparecen también ideas discordantes, desafiantes, insurrecciones intelectuales.

Todo esto ocurrió en el reciente V Congreso Internacional de Comunicación Pública de la Ciencia (COPUCI), en la ciudad de Paraná, Argentina. En la última sesión del encuentro, Claudia Mazzeo (del Instituto Nacional de Tecnología Industrial) diagnosticó un rasgo de la comunicación de la ciencia en Argentina que es fácilmente extensible al resto de Latinoamérica. Haciendo referencia a resultados de la Tercera Encuesta Nacional de Percepción, Mazzeo se lamentó de que el incremento en incentivos de comunicación pública de la ciencia no consiga cristalizar en la ciudadanía. A pesar de que casi tres cuartas partes de la población encuestada considera que la profesión de científico tiene entre “bastante” y “mucho” prestigio, casi 60% fue incapaz de mencionar al menos una institución científica.

Pero Mazzeo no se quedó en el sufrimiento: pidió al público que aventurara explicaciones. Y entonces vino la idea desentonante. Desde la grada, Antonio Mangione, de la Universidad Nacional de San Luis, la deslizó como una hipótesis sólo en apariencia inocente: ¿y si resulta que hay un límite al interés del público por estar informado en cuestiones de ciencia?
 
No claudicarás
Si Mangione acierta en su hipótesis, ¿no sería casi como una claudicación? Nos veríamos obligados a aceptar que la curiosidad del público alcanzó su nivel de saturación respecto del agua en Marte, la diversidad biológica, la materia oscura o el proverbial grupo de científicos latinoamericanos heroicamente inmerso en un grupo más grande de científicos de primer mundo embarcados en una gloriosa investigación en otros continentes.

Epicentro del estropicio, le pregunté a Mangione de dónde salió semejante hipótesis. “Es algo que he estado masticando hace mucho tiempo”, me dijo, a raíz de la lectura de un trabajo de Ana María Vara , que a su vez hace referencia a otro de Einsiedel y Thorne. Vara reproduce las (nada menos que) cinco razones por las que el público muestra —y ejerce— desinterés por la información científica, desde la sumisión total al principio de autoridad (“No sé nada sobre X; dejaré que los expertos me digan lo que necesito saber”) hasta la resignación total frente a un presente incomprensible pero con un futuro amable (“No sé mucho sobre X, y no puedo acceder a la información, de manera que realmente no puedo saber más hasta que la información sea más accesible”).

Esto fue lo que disparó la idea en la mente de Mangione. “Si existe esta heterogeneidad”, me contó, “difícilmente todos, masivamente, podrán acercarse a incorporar el conocimiento científico (...) porque no les interesa, por diferentes razones, absolutamente genuinas”.

Acaso también sea genuina una hipótesis más amplia: que una fuente intensa de ese desinterés público sea la irrelevancia social —aparente o real— de la información científica divulgada. ¿Y si la comunicación de la ciencia expandiera sus horizontes temáticos hasta enredarse, con frecuencia, con las políticas públicas?

Este Radar examinó ya varios ejemplos: enseñanza de las ciencias , malnutrición infantil , transición energética , economía y ambiente , política costera  o cambio climático. Algunas políticas públicas tienen consecuencias potencialmente gravísimas —huracanes magnificados por el cambio climático; o la criminalización violenta o despenalización mesurada de la producción y consumo de marihuana—, pero tienden a aparecer en la agenda periodística como si la ciencia no tuviera mucho que aportar a la discusión.
 
Libido intelectual
A Mangione lo intriga otra vía de excitación del interés público. Lo importante —me dijo—, lo que marca la agenda de los medios, evidentemente no alcanza: “No alcanza para que se lea, no alcanza para que todos sepan”. En cambio, hay en los humanos un motor basal en el que vale la pena pensar en este contexto: “No comprendí mucho de ciencia viendo documentales. Yo me entusiasmé con la ciencia. No entendía un corno de la racionalidad de la ciencia.

Hasta cuando llevé el primer curso de epistemología en la Universidad no tenía una sola herramienta racional para vivenciar, desde lo racional, la ciencia”.

La transcripción de sus palabras traiciona la emoción con la que me las dijo en la conversación vía Skype. Y ese es justamente el punto: la posibilidad de emocionar con la ciencia en contextos de proximidad vivencial, pero sin traicionar su esencia. No siendo una idea novedosa, tampoco es una que hayamos examinado exhaustivamente desde la investigación académica. “Es emocionante”, celebra Mangione. “Genera una apetencia por comprender la complejidad, y eso no está en la escuela, no está en nuestros textos periodísticos, no está presente en la comunicación pública de la ciencia”.

Lo que Mangione insinúa es nada menos que una insurrección cultural. “Vivenciar, desde lo racional, la ciencia”, supone hacer que el publico se emocione con el acto de comprender argumentos complejos, de digerir evidencia presentada en formatos casi nunca entretenidos, en dominar inferencias y deducciones sofisticadas. Hacer del pensamiento un sentimiento excitante.

¿Suena ingenuo? Regresemos la memoria apenas 20 años. Internet ya existía, pero mayormente en círculos académicos, militares, de gobierno y en un puñado de corporaciones empresariales. A Internet le tomó un par de décadas convertirse en #internet.

Subyacente a los lamentos del COPUCI, en Paraná, está el optimismo de que discutir los fundamentos de la comunicación de la ciencia es una de las condiciones para esa insurrección cultural. Adherir la ciencia a los temas de la agenda periodística es otra. Pero ojo: la ciencia en la dimensión que la hace relevante. Esto es, no sólo “los resultados” sino los argumentos y la evidencia que los sostiene, en narrativas que exciten la emoción del entendimiento.
Hará falta investigación académica novedosa, porque el desafío —emocionar con la inteligencia— es enorme.

Pero el premio, #ciencia, bien lo vale.


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