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  • Se calienta el clima del IPCC

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La declaración poco ajustada a la realidad por parte del Cuarto Informe de Evaluación del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) sobre la posible desaparición completa de los glaciares del Himalaya en el año 2035 es interesante desde varios puntos de vista.

En primer lugar, ¿cómo una denuncia tan absolutamente inverosímil puede haber sido incluida en un primer borrador de evaluación de los ‘líderes expertos del mundo’, como son descritos los autores del IPCC? En segundo lugar, ¿cómo sobrevivió semejante denuncia a todas las revisiones por parte de otros autores pares del IPCC y algunos externos? Y en tercer lugar, ¿cómo puede ser que la denuncia, publicada en abril del 2007, se mantuviera intacta por más de dos años antes de llegar a titulares de prensa?

Pero quizá lo más destacado de todo fue la reacción del presidente del IPCC, Rajendra Pachauri, cuando los resultados de un estudio indio sobre los nevados especialmente solicitado cuestionó la denuncia del IPCC. Lo descalificó como “ciencia vudú”.

La altiva actitud de Pachauri ayuda a explicar por qué la controversia alrededor de la denuncia fallida, que –después de todo- es una pieza menor de los impactos del cambio climático, está ahora en todos los periódicos, blogs y medios audiovisuales.

Pero para entender completamente la coyuntura de este episodio, debemos reflexionar sobre el inesperado cambio de rumbo de los sucesos en la política de la ciencia del cambio climático en los pasados tres meses.

Bajo fuego

El momento inicial fue el 'Climagate', cuando más de mil correos electrónicos de la Unidad de Investigación del Clima (CRU, por sus siglas en inglés) de la Universidad de East Anglia, en el Reino Unido, se hicieron públicos, bien fuera porque se los habían robado, o porque alguien los había filtrado (Ver Lecciones sobre ciencia derivadas del 'climagate').

Los correos electrónicos llegaron a ser portadas de periódicos durante varias semanas y promovieron una cascada de denuncias sobre la conducta de algunos científicos del clima y sus intentos por retener información.

Es más, aunque los correos filtrados a duras penas pueden constituirse en evidencia de una conspiración sobre el calentamiento global, sí legitiman a quienes ponen en duda la ortodoxia científica y al propio IPCC.

Los correos electrónicos dieron a sus críticos una credibilidad sin precedentes a los ojos de los medios más influyentes y del público, quienes cuestionaron incluso de una manera más contundente y con menor deferencia, la ciencia que sustenta el cambio climático inducido por la acción del ser humano. ¿Es cierta la evidencia científica? O ¿Están los científicos elevando los riesgos y minimizando las incertidumbres?

El IPCC es obviamente el blanco de todas estas preguntas. Ganó estatus público y altura a raíz del premio Nobel de Paz, por su sensato presidente y por su papel clave para buscar consenso sobre los efectos del cambio climático, y se ha convertido en la fuente obligada con autoridad para exponer denuncias sobre bases científicas relacionadas con el cambio climático.

Muchos de sus pronunciamientos han sido utilizados por sus simpatizantes políticos para justificar sus fórmulas de política. “Como la ciencia lo demanda”, fue la frase quejumbrosa durante las conversaciones del clima en Copenhague en diciembre pasado, y, desde luego durante los meses y años anteriores.

Denuncias incorrectas

Tanto el ‘Climagate’, como los inesperados resultados de las conversaciones de Copenhague han permitido que los críticos ataquen abiertamente al IPCC. Como resultado, la falsa denuncia sobre los glaciares del Himalaya se han convertido en un símbolo.

No es tanto que se haya cometido un error, así sea atribuible al científico disidente que lo incluyó desde el principio, al lapso en el proceso de revisión por pares del IPCC o incluso a la actitud arrogante de Pachauri.
No. El significado del error radical es el hecho de que prueba definitivamente que no todo lo que escribe el IPCC, o declaren sus portavoces más serios, es verdad. Ahora los escépticos y los bloggers están examinando otros capítulos del informe del IPCC como nunca antes lo habían hecho para encontrar más evidencia de declaraciones y denuncias incorrectas o sustentadas deficientemente.

Y lo peor es que han encontrado algunas, como por ejemplo el atribuir el aumento en los costos por desastres al cambio climático y denuncias en el sentido de que hasta el 40 por ciento de la selva amazónica podría reaccionar drásticamente a la sequía.

Es tiempo de un cambio

¿Qué significa todo esto? Bueno, no quiere decir que las conclusiones principales, bien documentadas, sobre el impacto del ser humano en el sistema climático sean destruidas. Tampoco significa que esté fuera de lugar la preocupación de los riesgos sobre el futuro del cambio climático.

Lo que sí significa es que en su próxima evaluación, el IPCC debe ser lo suficientemente preciso y adherirse a sus propias normas básicas.

Quizá significa también que deben revisarse las reglas, especialmente aquellas que tienen que ver con el uso de fuentes no arbitradas y las formas como se manejan los comentarios de los revisores.

El peligro de reclamar, u ofrecer ser la última autoridad, bien sea para determinar cómo la gente debe vivir o cómo se deben diseñar políticas, es que se exponen a ser vulnerables a errores humanos o prácticas pobres.

Al considerarse como la fuente autorizada e impecable del más avanzado conocimiento científico sobre cambio climático y con sus seguidores justificando sus acciones con un “como la ciencia del IPCC lo demanda”, la caída del IPCC era casi inevitable.

Si el IPCC hubiese sido menos arrogante, Pachauri hubiera sido más cauteloso en el uso de frases como la ‘ciencia vudu’. Y un poco menos de deferencia hacia la ciencia que ‘demanda acciones’, y una más honesta articulación de razones éticas y políticas para sus acciones propuestas podrían haber hecho más sólidos los argumentos de quienes trabajan por el cambio climático.

Mike Hulme es profesor de cambio climático en la Escuela de Ciencias Ambientales de la Universidad de East Anglia, Norwich, Reino Unido.

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