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  • Cambio climático causa ‘hambre oculta’

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Impacto del dióxido de carbono en la calidad de los alimentos, vital para enfrentar desnutrición, dice el investigador agrícola Lewis Ziska.

Los científicos trabajan en la adaptación de la agricultura para garantizar un suministro estable de alimentos de cara al cambio climático. Pero tan importante como la cantidad de esos suministros es preservar su calidad.

Investigadores, diseñadores de políticas y el público están cada vez más conscientes de que la incertidumbre climática –caracterizada por el cambio en los patrones de las lluvias, el incremento de la desertificación y el aumento de las temperaturas— amenaza con disminuir la capacidad de las personas para producir alimentos sostenibles en muchas partes del mundo en desarrollo.

Pero pocos saben que el aumento en los niveles de dióxido de carbono (CO2) –el principal gas de efecto invernadero— afectaría también el valor nutricional de muchos cultivos alimenticios básicos.

Pérdida de nutrientes

A primera vista, esto parecería contrario al sentido común, debido a que el CO2 estimula el crecimiento de las plantas de varias especies básicas de cultivos como el trigo y el arroz, cereales que suministran la mayor parte de las calorías que necesitan las personas pobres en el mundo.

Pero es poco probable que el valor nutricional de esos rendimientos potencialmente abundantes mejore, porque el CO2 extra con frecuencia se transforma en carbohidratos como el almidón, lo que quiere decir que los niveles relativos de otros componentes pueden disminuir. Por ejemplo, el 20 por ciento o más de aumento en el CO2 de la atmósfera desde 1960 podría haber causado ya un descenso significativo (de 5 a 10 por ciento) en la concentración de proteínas de la harina de trigo.

Y un estudio reciente realizado por investigadores de la Universidad Southwestern de Texas, que incluyó los cultivos alimenticios más importantes como cebada, trigo, soya y papa, revela un descenso significativo (de 10 a 15 por ciento) en el contenido de proteínas si el CO2 de la atmósfera alcanza 540-960 partes por millón, un rango previsto para la mitad y fines de este siglo.

Además de ‘diluir’ los niveles de proteínas, el aumento del CO2 puede reducir los flujos de agua de una planta, afectando la ingesta de micronutrientes del suelo y reduciendo las concentraciones de nutrientes clave como azufre, magnesio, hierro, zinc y manganeso.

Hambre oculta

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación estima que más de mil millones de personas en todo el mundo están desnutridas. La desnutrición generalmente es resultado de la carencia de alguna proteína (necesaria para el desarrollo y mantenimiento muscular) o de micronutrientes como el yodo, la vitamina A o el hierro, que ayudan al sistema inmunológico y garantizan un desarrollo saludable.

La desnutrición es la causa de por lo menos la mitad de las muertes de 10.8 millones de niños y niñas cada año, exacerbando los efectos de enfermedades infantiles como sarampión, malaria, neumonía y diarrea, y puede tener efectos de largo plazo en el desarrollo cognitivo y la productividad económica.

Para muchos pobladores del mundo en desarrollo, la carne es escasa y las plantas proporcionan la fuente primaria de proteínas y micronutrientes.

Si, como creemos, el aumento en los niveles de CO2 disminuye los niveles de esos componentes esenciales en las plantas, las áreas más empobrecidas del mundo, ya amenazadas por la escasez en el suministro de alimentos, podrían encarar una carga adicional de ‘hambre oculta’.

Cambio de estrategias

Existen estrategias que podrían ayudar a que la calidad alimentaria no disminuyera. Quizás lo más obvio sea aumentar la fertilización con nitrógeno para compensar los menores niveles de proteínas. Pero la fertilización con nitrógeno podría ser demasiado cara o no estar disponible, especialmente en los países en desarrollo.

El consumo de más alimentos también podría proporcionar las proteínas o nutrientes necesarios. Pero esta opción es impracticable, particularmente si la distribución, suministro y costo de los alimentos están amenazados por el cambio climático.

Una solución más simple podría ser distribuir más suplementos alimenticios, basándose en prácticas comunes entre los organismos no gubernamentales.

La opción más promisoria en el largo plazo podría ser la biofortificación, es decir el desarrollo de cultivos mejorados nutricionalmente con un incremento en los niveles de proteínas o micronutrientes. Esto podría hacerse mediante fitomejoramiento tradicional, por ejemplo seleccionando cultivos con concentraciones más altas de proteínas para compensar el aumento en los niveles de CO2. Alternativamente, la ingeniería genética puede insertar genes específicos que refuercen la concentración de nutrientes o vitaminas, por ejemplo el ‘arroz dorado’ enriquecido con vitamina A.

Escasez de información

También necesitamos determinar urgentemente el papel exacto que el CO2 cumple en la producción de compuestos secundarios de valor nutricional en las plantas. En tanto su impacto negativo sobre las proteínas y micronutrientes está bien documentado, aún no hay información sobre sus potenciales beneficios. Por ejemplo, algunos estudios sugieren que una mayor cantidad de CO2 incrementa los niveles de antioxidantes en las fresas.

Sin embargo, cualquier esfuerzo para abordar la desnutrición en el mundo en desarrollo tomará tiempo y reconocimiento. A pesar de las ventajas potenciales del arroz dorado, por ejemplo, el uso del cultivo continúa atrapado en las redes de la burocracia reguladora a más de una década después de su creación.

Reconocer que existe el ‘hambre oculta’ como un aspecto de la calidad nutricional en el contexto del aumento de los niveles de CO2 y del cambio climático sigue sin ser tenido en cuenta por parte de científicos, grupos privados y formuladores de políticas.

Si se sigue descuidando la comprensión acerca de cómo impacta el CO2 en la calidad de los alimentos, continuará siendo un aspecto crítico del debate sobre el cambio climático y la seguridad alimentaria en el siglo XXI.

Lewis Ziska es fitopatólogo del Servicio de Investigación Agrícola del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos.

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