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  • Cultivos fortificados debutan en el mundo en desarrollo

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Varios cultivos ricos en micronutrientes comenzarán a aparecer el próximo año, pero ¿el mundo en desarrollo está listo?, pregunta Tatum Anderson. 

Mijo rico en hierro, trigo con abundancia de zinc, mandioca teñida por la adición de betacaroteno. Una variedad de cultivos desarrollados para contener micronutrientes que pueden hacer frente al problema generalizado de la desnutrición está a punto de lanzarse al mundo en desarrollo, a partir de principios del próximo año. 

La semana pasada (del 9 al 11 de noviembre), en la primera reunión de expertos internacionales en biofortificación, se escuchó que, después de casi una década de investigación y desarrollo, las semillas de mijo perla con alto contenido de hierro se presentará en la India el próximo año, y la mandioca y el maíz potenciado con betacaroteno (sustancia que el cuerpo convierte en vitamina A) serán introducidos en Nigeria y Zambia en 2012. La batata con betacaroteno adicional ya está en el mercado. 

Pero, ¿podrán las personas con desnutrición aprovechar estas soluciones a los problemas de salud causados por la falta de nutrientes? Los expertos en la reunión, la Primera Conferencia Mundial sobre Biofortificación, ahora están volcando su atención en ganarse a sus clientes… y se están dando cuenta de que hay muchos obstáculos 

La falta de micronutrientes como el yodo o el zinc puede dar lugar a raquitismo, debilitamiento severo y restricción del crecimiento intrauterino y contribuyó en una gran proporción a los 2,2 millones de muertes por desnutrición en menores de cinco años en 2005, según un informe de 2008 de The Lancet

Las personas con carencia de micronutrientes generalmente dependen de los cultivos básicos para darles suficientes calorías para sobrevivir, pero carecen de otros alimentos que contienen micronutrientes, tales como fuentes de proteínas y vegetales. 

La esperanza derivada de la biofortificación es que podría brindar esos micronutrientes a través de cultivos muy básicos a los que las personas tienen acceso. 

Pero estas ideas ahora deben explicarse al resto del mundo, dice Ross Welch, científico especializado en cultivos y suelo de la Universidad de Cornell, Estados Unidos, y especialista en trigo enriquecido con zinc.
“Hay que asegurarse de que el consumidor los comerá, y que los agricultores los planten. Necesitamos políticas gubernamentales para promover la planificación de la biofortificación de cultivos”. 

Los africanos, por ejemplo, que por generaciones han optado por alimentos básicos de color blanco, ¿los cambiarán por otros alimentos de color amarillo y naranja ricos en betacaroteno? Las variedades de maíz de color amarillo son a menudo asociados con alimentos para animales. 

Howarth Bouis, jefe de HarvestPlus, una organización que ha logrado el desarrollo de muchos cultivos biofortificados surgidos de una variedad de institutos de investigación en todo el mundo, cree que los hábitos se pueden cambiar. Pruebas recientes hechas en Uganda con batata de pulpa anaranjada biofortificada revelaron que si los beneficios de la vitamina A se explican a las madres, la comida se consume. 

El problema, reconoce, será difundir esos mensajes a bajo costo. Hablar directamente a los consumidores es caro y esa parte del proyecto podría ser más cara que el proceso de mejoramiento inicial, dice. 

La comunidad en desarrollo también necesita de la persuasión. Muchos creen que la biofortificación es una solución técnica costosa —con un costo de desarrollo de US$100 millones por variedad— para un problema que debería ser abordado haciendo frente a cuestiones sociales y económicas.
 
La clave, se cree, serán las mejoras demostrables en la salud. 

Pero ha habido pocos estudios a gran escala que hayan buscado una relación directa, en escenarios de la vida real, entre el consumo de cultivos biofortificados y la mejora de la salud. Un ensayo de este tipo consiste en alimentar a un pequeño grupo de personas para determinar que los niveles de micronutrientes efectivamente aumentan en sus organismos. 

El arroz dorado, un cultivo biofortificados con betacaroteno cuyos inventores esperan que pueda ayudar a terminar con el flagelo de la ceguera relacionada con la deficiencia de vitamina A en el mundo, ha sido probado en menos de 100 personas hasta ahora. Por lo general, a los participantes se les ha dado una sola porción de arroz, un suplemento de vitamina A o verduras, para comparar los resultados.
 
Sólo una prueba de efectividad se ha llevado a cabo hasta el momento en la cartera de HarvestPlus y los resultados aún no han sido publicados. 

Batata cocida en Flickr/telepathicgeorge

Ensayos en Uganda con batata de pulpa naranja biofortificada han revelado que, si se explican los beneficios, el alimento se consume

Flickr/telepathicgeorge

Los ensayos de este tipo son necesarios porque no es suficiente que un nutriente esté presente en un alimento. Para que pase al torrente sanguíneo debe estar en una forma absorbible: debe ser biodisponible. 

La biodisponibilidad es un aspecto complicado influenciado por muchos factores que los ensayos deben resolver: el suelo en que crece el cultivo, la molienda, el almacenamiento, la forma en que se cocina el cultivo e, incluso, los alimentos con los que se acompaña y que se tragan al mismo tiempo. 

La biodisponibilidad de los cultivos que contienen betacaroteno se degrada una vez que han sido cosechados. Quizás lo más difícil, las bacterias que existen en el intestino de una persona parecen afectar la biodisponibilidad, lo que significa que, alrededor del mundo, la absorción de nutrientes del mismo cultivo puede variar. 

Un equipo de la Universidad Estatal de Iowa, Estados Unidos, presentó un alentador trabajo en la conferencia que mostró que en el organismo el betacaroteno en el maíz biofortificado se convierte en vitamina A a un ritmo mayor que el del maíz normal y de las hortalizas, incluidas las zanahorias. 

Ahora los científicos quieren saber por qué el betacaroteno desaparece del maíz a diferentes velocidades dependiendo de la variedad del cultivo. También quieren entender el papel de los prebióticos, sustancias que aumentan la tasa de absorción de los micronutrientes en el cuerpo. 

La inulina, por ejemplo, es un carbohidrato no digerible que puede aumentar la absorción de hierro, zinc y otros minerales. Biofortificando los cultivos, tanto con nutrientes como con prebióticos, puede mejorar la biodisponibilidad. 

Suponiendo que los nutrientes están disponibles y que los lugareños están convencidos de comer esas plantas, también existen otros obstáculos. 

En general, los resultados surgidos de la tecnología de última generación tienden a ser presentados a un costo más alto, sin embargo, los precios de estos cultivos deben ser favorables a los pobres si se quieren lograr los objetivos, dice Marc Cohen, investigador senior en política humanitaria y cambio climático de Oxfam América. 

¿Superará la biofortificación a otras armas en la guerra contra la desnutrición, tales como los súper exitosos suplementos vitamínicos o los alimentos como la salsa de soja y la sal, que se fortalecen a través de procesos industriales? 

Los donantes están considerando los méritos de alternativas tales como fertilizantes enriquecidos con zinc o con yodo que podrían aumentar los niveles de micronutrientes de los alimentos a través del suelo. 

También hay una resistencia a la biofortificación derivada de su relación con los cultivos genéticamente modificados (GM). El arroz dorado se ha desarrollado utilizando la tecnología transgénica. Pero nada en la cartera de HarvestPlus utiliza modificación genética. 

El debate sobre los transgénicos ha oscurecido discusiones constructivas sobre la adecuada investigación en biofortificación y las estrategias de ejecución, de acuerdo con Sally Brooks, investigadora del centro Caminos Sociales, Tecnológicos y Ambientales hacia la Sostenibilidad (STEPS, por sus siglas en inglés), que forma parte del Instituto de Estudios para el Desarrollo del Reino Unido. 

Algunos creen que HarvestPlus y otras organizaciones mundiales han adoptado un enfoque desde lo global a lo local en la investigación de biofortificación, en un esfuerzo por crear tecnologías genéricas que puedan funcionar en todo el mundo.
 
Esto significa que los científicos de países en desarrollo y los agricultores han tenido poco que decir sobre los tipos de cultivos que podrían ser más adecuados y sus ideas no han sido aprovechadas para impulsar la agenda de investigación. 

“Hay un desajuste entre un fuerte énfasis en el impacto a escala y el trabajo con los agricultores locales”, dice Brooks. “Ellos tienen muy poco que decir sobre la apariencia [de un cultivo]. No importa si las variedades son cultivadas convencionalmente o por ingeniería genética. La cuestión es la misma”. 

Pero HarvestPlus dice que ahora se está comprometiendo con entusiasmo con los agricultores de los países desarrollados. 

Vea carta al editor

Vea un video de una sesión plenaria sobre los progresos y desafíos de la investigación en biofortificación realizada en la conferencia por Howarth Bouis, director de HarvestPlus:

 

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