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  • Agricultura basada en la ciencia

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Pese a que los cultivos GM son controvertidos, aún desempeñan un papel clave para aliviar las necesidades alimenticias del mundo. Dichas controversias acentúan la necesidad de un vigoroso marco regulador.

Hay varias razones por las cuales muchas de las comunidades más pobres del mundo en desarrollo sienten una justificada suspicacia –si no escepticismo- respecto de la ciencia y la tecnología modernas.

Algunas de las razones se basan en la experiencia práctica. Un ejemplo es el hecho de que los frutos de la ciencia a menudo no llegan a los niveles más pobres de la sociedad. Piense en la falta de los medicamentos más básicos en muchas partes de África, y el consiguiente problema de la generalización de las enfermedades.

Otro ejemplo es que habitualmente son las comunidades más pobres las que sufren los efectos colaterales del crecimiento basado en la tecnología. Piense en los campesinos que enferman o mueren luego de la exposición a pesticidas químicos. O cómo las comunidades urbanas y rurales pobres en áreas del mundo en desarrollo son más vulnerables a los impactos del cambio climático, resultante éste en gran medida de la industrialización occidental.

Pero la desconfianza se debe también al hecho de que la fe en las soluciones científicas puede chocar con las reconfortantes certezas de los sistemas tradicionales de creencias. Esto, a su vez, significa que estas soluciones podrían socavar no sólo las prácticas sociales que sostienen dichos sistemas de creencias –el ejemplo más obvio es la medicina tradicional- sino también la cohesión social que éstas generan. 

Reúna estos factores y obtendrá como resultado que, con todas sus promesas, la ciencia moderna a menudo genera un sentido de alienación, arraigado en sentimientos de pérdida de control. En principio, todos estaríamos de acuerdo con la idea, como decía el filósofo Francis Bacon, de que “conocimiento es poder”. En la práctica, el conocimiento científico es frecuentemente visto como un refuerzo al poder de aquellos que ya lo sustentan, lo que, en consecuencia, priva aun más de derechos a aquellos que carecen de él.  

Oposición a los cultivos GM

En ningún otro caso esta alienación se aprecia de manera más fuerte que en la pública oposición a los cultivos genéticamente modificados (GM). Los críticos frecuentemente etiquetan esta oposición como 'irracional' o 'anticientífica'.

Tal pensamiento se refleja en el veredicto emanado ayer de la Organización Mundial de Comercio, que derribó la oposición europea a las importaciones de cultivos GM desde Argentina, Canadá y los Estados Unidos, sobre la base de que Europa carecía de justificación científica suficiente para ejercer tal acción (ver WTO says Europe's GM ban broke trade rules).

En cierta medida, las críticas son justificadas. La 'ciencia' que los opositores a los cultivos GM citan como apoyo a su causa es con frecuencia engañosa, incompleta o simplemente errónea. Piense en la cobertura dada al trabajo del inmunólogo Árpád Pusztai, cuya afirmación de que las patatas GM pueden debilitar el sistema inmune es objetada por la mayoría de los científicos en esta materia, pero sigue siendo ampliamente citada por los opositores a los cultivos GM.  

O preste atención al argumento de que los alimentos GM pueden causar alergias. La evidencia no es mayor que los datos que indican que las emisiones de dióxido de carbono no aceleran el calentamiento global. Pese a ello, quienes rápidamente rechazan la segunda aseveración, suelen tener pocas dificultades para aceptar la primera.

Todo esto, sin embargo, hace perder de vista el hecho de que la oposición a los cultivos GM no se basa en una evaluación científica de sus riesgos y beneficios relativos. En su lugar, ésta se ve fortalecida por profundos sentimientos de desconfianza y alienación, y el hecho de que la tecnología GM cumple con muchos de los criterios que desencadenan tal reacción.  

Las raíces de la alienación

Para empezar, intervenir directamente la estructura genética de las plantas (y animales) es ampliamente visto como una forma de interferencia no sólo sobre un proceso natural, sino también sobre las prácticas agrícolas tradicionales desarrolladas alrededor de estos procesos a lo largo de siglos. 

La agroindustria basada en la ciencia podría sostener que la biotecnología ha estado entre nosotros desde que los humanos aprendieron a fermentar para obtener alcohol. Pero la industria también sabe que cuando las técnicas de manipulación genética se inventaron, a principios de los ’70, éstas representaron un giro tecnológico que ha transformado al sector.

En segundo lugar, el sistema internacional de patentes, que controla el acceso a la propiedad intelectual, implica inexorablemente que quienes buscan usar las tecnologías GM sólo pueden hacerlo si están dispuestos a ceder parte del control sobre las prácticas involucradas (o si están dispuestos a arriesgarse usándolas ilegalmente).  

Esta es la principal crítica a la 'tecnología terminator': cultivos manipulados para producir semillas estériles. Los agricultores que usan dichas semillas deben comprar otras nuevas cada año, habitualmente a compañías multinacionales. Esto significa que no pueden seguir la práctica tradicional de guardar semillas de un año para usarlas el próximo.

En tercer lugar, el sentimiento de alienación de la gente puede aumentar cuando investigadores foráneos se llevan recursos genéticos hacia el extranjero para estudiarlos, con la posibilidad de que las multinacionales farmacéuticas y las industrias químicas obtengan dividendos al incorporar los ingredientes activos a nuevos productos.

Los opositores a esta práctica la han llamado acertadamente 'biopiratería'. La palabra encapsula el sentimiento de que las comunidades nativas han sido privadas de valiosas pertenencias, a menudo sin permiso, y con poca o ninguna retribución (ver African 'biopiracy' debate heats up).

Confundiendo ciencia y política

El problema con todos estos argumentos es que, pese a levantar preocupaciones legítimas sobre cómo se controla la tecnología moderna, éstos pueden satanizar a la tecnología misma. Y al hacerlo, también pueden involucrar a la ciencia sobre la cual esta tecnología se basa.

A veces se justifica conectar a los medios con sus fines. La Asociación Nacional del Rifle, en los Estados Unidos, podría sostener que son las personas –no las armas- las que matan, pero eso no implica que las armas sean una tecnología neutral (cabe destacar que el sistema de patentes de EE.UU. rechaza proteger artefactos claramente antisociales, como las cartas-bomba).

Éste no es el caso de los cultivos GM. La tecnología podría haber asociado peligros que permanecen desconocidos, como el impacto ecológico a largo plazo de cultivar plantas GM.

Pero también es claro que, en el supuesto de que el uso de la tecnología sea apropiadamente monitoreado y controlado, tiene el potencial de satisfacer las necesidades de los agricultores –tanto a gran como a pequeña escala- así como también la demanda de la sociedad por una producción de alimentos costo-eficiente. 

No se trata de que los peligros no existan, así como suceden también con otras tecnologías modernas (como los automóviles o el uso de la píldora anticonceptiva). Tampoco se trata de argumentar contra el tener cautela cuando sea posible, particularmente cuando algunos de los procesos involucrados no son adecuadamente comprendidos (la alteración ecológica es un ejemplo).

Pero no hay una razón inherente para creer que, dado el suficiente compromiso político, los riesgos involucrados no puedan reducirse a un nivel socialmente aceptable, tal como ha ocurrido con esas otras tecnologías. 

En otras palabras, tal como con cualquier aplicación de la ciencia, una regulación cuidadosa puede asegurar un uso responsable de la tecnología GM.

Una mejor comunicación

Nada de esto, sin embargo, apunta al asunto clave de la alienación antes descrito. Y hasta que esto no sea abordado de manera satisfactoria, las personas mantendrán sus suspicacias respecto de la tecnología GM.  

Un paso hacia la reducción de la desconfianza es una mayor transparencia. La información sobre la ciencia –y la tecnología que se basa en ésta- debe comunicarse de manera efectiva.

Eso también significa que la información no debe restringirse a los aspectos positivos de la tecnología, sino que debe abarcar todos los datos relevantes; nada genera más suspicacias que la sensación de que se ha suprimido información desfavorable. 

Pero la comunicación tiene que situarse en un contexto. Es improbable que ayude el predicar sobre las virtudes de la agricultura basada en la ciencia sin tomar en cuenta las preocupaciones subyacentes de la población.

La comunicación efectiva debe involucrar una conciencia sobre los factores que generan alienación y causan desconfianza en la ciencia, lo que en la práctica significa proporcionar a las personas la información que necesitan para mantener un sentido de control sobre lo que es importante para ellas.

Este compromiso subyace en el dossier de SciDev.Net sobre biotecnología agrícola (o 'agri-biotech'), así como en el resto de nuestras actividades. Cuando el dossier se lanzó se llamaba 'Cultivos GM', y se enfocaba exclusivamente en los aspectos científicos y políticos que debían abordar quienes se enfrentaban a decisiones sobre cómo manejar esta nueva tecnología.  

La decisión de rebautizar este dossier como 'Agri-biotech' refleja un reconocimiento de que la tecnología GM no es la única forma como la ciencia moderna puede impulsar la producción de alimentos. Esto se destaca en un nuevo informe especial que esboza otros enfoques de alta tecnología en agricultura y ganadería que no necesariamente requieren técnicas GM (ver The role of non-GM biotechnology in developing world agriculture).

Entre tanto, dos nuevos artículos de opinión dan cuenta del continuo debate sobre si las técnicas GM son compatibles con la agricultura sustentable (ver GM crops and pest control).

Tras esta ampliación del dossier yace la convicción de que es esencial un compromiso con la agricultura basada en la ciencia si el mundo en general –y los países en desarrollo en particular- pretenden satisfacer la creciente demanda por alimentos.

Igualmente importante es un compromiso para asegurar que las nuevas tecnologías se apliquen dentro de un marco político que propenda hacia la inclusión social (por ejemplo, con cláusulas adecuadas sobre la repartición de utilidades, o adaptando las leyes de propiedad intelectual a las situaciones locales). Esto minimizará los sentimientos de alienación y desconfianza.    

Prestar atención a un aspecto y no al otro reducirá significativamente las posibilidades globales de éxito. Abordar ambos de manera simultánea es una tarea más desafiante pero esencial si es que se busca alcanzar las promesas de la biotecnología agrícola. Dispararle al mensajero –la ciencia sobre la cual se basan estas tecnologías- no es la respuesta.

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