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Ponerle precio a los ecosistemas no siempre es bueno
  • Ponerle precio a los ecosistemas no siempre es bueno

Crédito de la imagen: Neil Palmer / CIAT

De un vistazo

  • Dar valor monetario a ecosistemas puede tener efectos negativos sobre la biodiversidad, halla estudio

  • Esto podría derivar en la introducción de elementos artificiales o especies exóticas y deteriorar el ambiente

  • Si bien puede ser una técnica de conservación valiosa, es necesario analizar los casos en profundidad

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Ponerle un valor monetario a los ecosistemas y a los servicios que ofrecen no siempre deriva en mejores políticas para la conservación de la biodiversidad, advierte un artículo de opinión publicado en Science (31 de octubre).
 
En su texto, Bill Adams, jefe del Departamento de Geografía de la Universidad de Cambridge (Reino Unido), señala que al ponerle un precio a los servicios de los ecosistemas basándose en lo útil que estos puedan resultarle a las personas, pueden perderse valores que favorecen la conservación de la biodiversidad.   
 
Puede ocurrir, por ejemplo, que al valuar financieramente un ecosistema se tomen acciones políticas (como concesiones para explotación de recursos naturales) que al final deterioran las relaciones con las comunidades indígenas o habitantes originarios de la zona, que muchas veces son quienes velan por el mantenimiento del ecosistema.
 
Además, Adams observa que se podría derivar en la introducción de elementos artificiales o especies exóticas en el ecosistema, y así generar modificaciones sustanciales o deterioro.
 
Por ejemplo, “servicios como el secuestro de carbón podrían ser proveídos en el futuro por ecosistemas que retienen poca de su diversidad original. Esos ecosistemas ofrecen poco valor en términos de conservación de la biodiversidad”, explica el artículo.
 
Para él, la valoración de los ecosistemas como técnica para tomar medidas económicas y de conservación es un tema de interés en el mundo, pero es especial en países en desarrollo, donde se concentra la gran mayoría de la biodiversidad del mundo.
 
Como ejemplo, el autor cita el caso del murciélago mexicano “cola de ratón” (Tadarida brasiliensis mexicana), vital en el control de las plagas de los cultivos de algodón estadounidenses. Sin embargo, el valor monetario asignado a este servicio del ecosistema cayó 79% entre los años 1990 y 2008, luego de que se introdujeran varios tipos de semillas transgénicas de este algodón resistentes a las plagas.

Walter Pengue, profesor titular de Ecología en la Universidad Nacional de General Sarmiento (Argentina), dice a SciDev.Net que la reflexión de Adams llega en un momento adecuado, dado que en enero de 2015 se realizará en Bonn, Alemania, la reunión de la Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas (IPBES), en la que espera tratarse este tema.
 
Por su parte, Marco Otoya, del Centro Internacional de Política Económica para el Desarrollo Sostenible de la Universidad Nacional de Costa Rica, señaló que si bien las observaciones de Adams son valiosas, es necesario analizar con mayor profundidad “aquellos casos en donde la valoración ha generado cambios drásticos en los ecosistemas, como la sustitución del capital natural por capital hecho por el ser humano y el deterioro de la condiciones socioeconómicas de la población”.


Enlace al artículo en Science


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