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El valor y el reto de la ciencia de la complejidad
  • El valor y el reto de la ciencia de la complejidad

Crédito de la imagen: Alun McDonald/Oxfam

De un vistazo

  • Para sacar más gente de la pobreza, el trabajo asistencial debe entender la complejidad del mundo

  • La ciencia debe estar en el centro de cada intervención de desarrollo, dice el libro

  • Adoptar la teoría de la complejidad requeriría una revolución en el financiamiento y el personal

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Nuevo y convincente libro sugiere la necesidad de una revolución científica en la práctica asistencial, aunque hay retos.
 
La cooperación ha tenido algunos éxitos al haber contribuido a sacar de la pobreza a mil millones de personas en las pasadas dos décadas. Pero cuantificar esa contribución es más complicado. Y ahora el desafío es cómo sostenerla y llegar a los siguientes mil millones que se debaten incluso en más pobreza que los primeros beneficiarios.
 
Ben Ramalingam, investigador del desarrollo, sostiene que la cooperación no logrará este objetivo sin un replanteamiento fundamental. Su libro Ayuda al borde del caos, (Aid on the Edge of Chaos) publicado la semana pasada, detalla este razonamiento de una manera convincente. Su documentación sobre los fracasos de la ayuda y sus preguntas sobre algunos éxitos —como la erradicación de la viruela— es impresionante.
 
El libro aboga por una aplicación más cuidadosa y consistente del mismo tipo de pensamiento científico que explica cómo crecen los embriones y mueren las galaxias: analizando los sistemas adaptativos complejos, más conocido como teoría de la complejidad.
 
La ciencia frecuentemente se aplica a sectores específicos del desarrollo, desde la salud y la agricultura hasta el medio ambiente. Pero aquí, Ramalingam exhorta a poner realmente a la ciencia en el centro de cada intervención del desarrollo: básicamente al desarrollo como disciplina científica.
 
El libro también cuestiona la manera en la que las instituciones de desarrollo tienden a pensar de la ciencia. Demuestra que la ciencia no es simplemente un instrumento para poner en marcha programas, como una herramienta dentro de una máquina. En cambio, Ramalingam y los teóricos de la complejidad sostienen que la ciencia podría configurar la manera como concebimos los programas de desarrollo en sí mismos y lo que deberían tratar de lograr.
 
La ciencia de la complejidad no tiene que ver con intervenciones de ingeniería para un mundo organizado artificialmente. Se trata  de entender y documentar las complejidades de nuestro mundo real, y ha desarrollado la capacidad de hacerlo. El enfoque es prometedor, como bien lo señaló el director fundador de SciDev.Net, David Dickson. Y se aleja de la visión simplificada de la ciencia y la tecnología que la mayoría de ONG sostiene tradicionalmente, como lo describió Duncan Green de Oxfam.
 
Percepciones del pensamiento sistémico
 
La estructura del libro refleja los complejos sistemas adaptativos que describe. Al sumergirse en cualquier página, a primera vista las ideas parecen familiares aunque un poco abrumadoras.
Consumido de esa manera, el libro parece incluso un tanto repetitivo, haciéndose eco de la arrogancia y experiencia de gran parte de la práctica del desarrollo. Pero al explorarlo más en detalle revela una estructura sutil e ideas originales de aplicación del pensamiento sistémico al desarrollo. 
 
Y es importante indicar que hay varias oportunidades de aplicación: el libro no presenta un solo modelo.

Ramalingam ha propiciado un debate crucial sobre el uso de la ciencia en el desarrollo”.

Nick Ishmael Perkins


Me sorprende que haya cuatro principios de la teoría de la complejidad para la cooperación y el desarrollo. El primero, que la sociedad y la economía son, al igual que la naturaleza, sistemas. De hecho, las sociedades y las comunidades a menudo actúan como sistemas integrados en otros sistemas: imagine los pueblos ligados a las políticas nacionales, las instituciones tradicionales y los mercados multinacionales.
 
Segundo, los agentes en estos sistemas interactúan unos con otros y con sus entornos, respondiendo constantemente y cambiando entre sí. Esto significa que cada acción tiene una red de consecuencias en cascada y el entendimiento de estas dinámicas es crucial para comprender el cambio.
 
En tercer lugar, a pesar de estas complejas interacciones, el comportamiento de cada individuo o institución está configurado por reglas simples que son resultado de procesos evolutivos de adaptación. Un ejemplo de ello podría ser la procreación en el mundo natural, donde la variedad de formas en la que los organismos tienen sexo está determinada por su entorno y respaldada por su urgencia básica de mantener la especie.
 
Por último, esto tiene una serie de implicancias. Fundamentalmente, la necesidad de establecer un exhaustivo inventario sistémico de los entornos, redes y dinámicas dentro de ellos, así como la necesidad de considerar el desarrollo como facilitador de diversas acciones experimentales, en vez de diseñar grandes y estandarizadas intervenciones individuales. Las consecuencias de todo esto son similares al cambio de paradigmas en las disciplinas científicas.
 
Retos con la complejidad
 
Pero la aplicación de la teoría de la complejidad supone retos para la práctica actual del desarrollo, muchos de los cuales se reflejan en el libro.
 
Ramalingam tiene claro que este no es un libro de instrucciones. No obstante, una clara y resumida descripción de los complejos sistemas adaptativos desde la perspectiva de planificación del desarrollo ayudaría al argumento.
 
Alguien, en algún lugar, necesitará enfrentar el rompecabezas de llevar esas ideas a la práctica —lo que el libro y en otras partes se entiende como un esquema mental— porque hay preguntas prácticas y complicadas en torno a la implementación. Por ejemplo, ¿cómo se consigue el ‘nivel de zoom’ adecuado para la asignación de agentes y dinámicas cuando se es consciente que todo está conectado?
 
Una crítica sustancial y constructiva de los complejos sistemas adaptativos para el desarrollo también sería útil. Esto es importante para el crecimiento de cualquier organismo de conocimiento científico.
 
Está sin resolverse, además, la idea de que esta clase de análisis de sistemas es en gran medida indiferente a la agenda normativa del meollo del trabajo de desarrollo: no dejar a nadie de lado. De hecho, describir una sociedad como un ecosistema natural requiere una toma bastante desapasionada del sufrimiento y del poder. Por supuesto, el análisis de los sistemas podría trazar la dinámica de género, por ejemplo, pero se requiere más trabajo para exponer el caso -y los estudios de caso- sobre este asunto.
 
Y es necesario que haya más estudios del impacto de la ciencia de la complejidad, no tanto para demostrar su valor, sino más bien como síntesis y análisis de sus aplicaciones. Por ejemplo, todos los enfoques, modelos y herramientas derivados de los análisis de complejidad a los que se refiere el libro parecen ofrecer igual valor a pesar de las claras diferencias en los contextos aplicados y los recursos requeridos.
 
Podría ser útil evaluar esas aplicaciones en relación con las fortalezas y debilidades relativas de los diversos objetivos o parámetros. Nuevamente, esto va más allá del alcance de este libro, pero debe ser tomado en cuenta por la comunidad que trabaja en la práctica del desarrollo.
 
Cuando se trata de la implementación, se deben tomar en cuenta las limitaciones en la disponibilidad y calidad de los datos. Para poner el problema en perspectiva: solo cinco países del sub Sahara africano tienen registros actualizados de información nacional que ofrecen cierta credibilidad. Demasiados sistemas de datos están muy fragmentados como para satisfacer el reto de los análisis de complejidad.
 
Esto pone de relieve que el cambio requerido por la teoría de la complejidad en la práctica del desarrollo no se puede exagerar. Implica una revolución en las estructuras de financiación, personal y comunicación. Como lo señala Ramalingam, ningún sistema puede cambiar si no cambia en sí mismo. Por lo tanto, regresamos a un problema fundamental: cómo efectuar un cambio institucional y una transformación social a una escala que marque una diferencia.
 
Curiosamente, el libro menciona la experiencia del Banco Mundial con el análisis de la complejidad en torno a diversos aspectos de las reformas políticas en el sudeste asiático. Una de las principales lecciones que surgen de estas experiencias es que los reformadores necesitan encontrar espacios donde los cambios ya estén en marcha, o  sean más fácilmente aprovechables por el sistema, y facilitar dicho cambio. En la práctica, esto significa reducir la ambición del banco e incluso su visibilidad.  Puede ser que los teóricos de la complejidad deseen recordar esta lección cuando armen sus casos.
 
Sin embargo, ninguno de estos retos es tan serio como para que los profesionales del desarrollo deban pasar por alto los complejos sistemas adaptativos. Al igual que los dibujos del libro, sería una tremenda vergüenza ignorarlos. Ramalingam ha propiciado un debate crucial sobre el uso de la ciencia en el desarrollo; esté alerta a las reacciones de personajes clave en las páginas de opinión de SciDev.Net.

Nick Ishmael Perkins
Director SciDev.Net
@Nick_Ishmael
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