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Radar Latinoamericano: Menos celebración, más ponderación
  • Radar Latinoamericano: Menos celebración, más ponderación

Crédito de la imagen: Secretaría de Agricultura y Abastecimiento del Estado de Sao Paulo

De un vistazo

  • Brasil cumple 10 años de la legalización de los primeros cultivos transgénicos comerciales

  • El país es hoy el segundo mayor productor mundial de transgénicos

  • Aunque esto ha traído divisas, también hay costos ambientales y para los pequeños y medianos agricultores

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Tras 10 años de cultivos transgénicos en Brasil, Carla Almeida contrasta el crecimiento con la realidad en terreno.

Este año Brasil cumple diez años de la legalización de los primeros cultivos transgénicos comerciales en su territorio.
 
Oficialmente, la liberación ocurrió en 2005, con la aprobación de la segunda Ley de Bioseguridad del país. Pero fue en 2003 que el gobierno brasilero, bajo la presión de las multinacionales y algunos agricultores, emitió la primera de una serie de medidas provisionales permitiendo la venta de soja modificada genéticamente plantada ilegalmente en el país.
 
El hecho es que, independientemente de las leyes, las variedades de soja transgénica contrabandeadas desde Argentina —donde estos cultivos fueron legalizados en 1996— ya se cultivaban desde mediados de la década de 1990 en el sur de Brasil. Pero, a diferencia de lo ocurrido en el país vecino, los transgénicos no fueron recibidos con los brazos abiertos en Brasil, donde años de acaloradas disputas entre grupos antagónicos marcaron su proceso de reglamentación.
 
La Ley de Bioseguridad liberó el cultivo comercial de la soja RR de Monsanto —resistente al herbicida glifosato, producido por la misma empresa—, pero no puso fin a las contiendas, que siguieron durante años, intensificándose con cada solicitud de evaluación para la autorización para la siembra comercial de nuevos cultivos transgénicos.
 
El motor del crecimiento
 
Desde hace algunos años, sin embargo, el polémico debate, a pesar de que aún está lejos de un resultado, se enfría. El frijol genéticamente modificado de Embrapa — principal empresa nacional de investigación agropecuaria— fue aprobado en 2011 sin gran alarde. Investigaciones que apuntaban a los riesgos asociados a los transgénicos hizo un poco de ruido afuera, pero tuvieron poca repercusión en Brasil.
 
Esta desviación del tema de la agenda pública está lejos de significar, sin embargo, una menor participación del país en los cultivos transgénicos. Por el contrario. Brasil nunca ha estado tan comprometido con esta tecnología agrícola.
 
El país es el segundo mayor productor de transgénicos en el mundo, apenas detrás de Estados Unidos. Hay 37 variedades autorizadas para la siembra —cinco de soja, 19 de maíz, 12 de algodón y una de frijol— y un total de 37 millones de hectáreas ocupadas por estos cultivos. La soja transgénica es líder, con 24,4 millones de hectáreas sembradas en 2012, el 88,8 por ciento de la soja producida en Brasil.
 
Muchos celebran estos números y atribuyen a la transgénesis un voluminoso crecimiento de la producción de soja de Brasil en los últimos diez años, lapso en que habría crecido en 56 por ciento. Hubo ocho cosechas récord consecutivas y —dicen— de beneficio para el agricultor. Con esto, Brasil superó a Estados Unidos, históricamente el mayor productor mundial de soja.
 
De lo que no se habla mucho es que el país ha ido perdiendo espacio en el mercado de la soja procesada —como en salvado o aceite—, abandonando la oportunidad de enriquecer el producto y generar empleo.
 
Por otra parte, la soja más valorizada hoy es la convencional, cultivada en condiciones especiales por un pequeño número de productores y exportada a Japón y Europa, donde los transgénicos no prosperan. El rechazo europeo es tan grande que Monsanto desistió, al menos por ahora, de vender nuevas semillas transgénicas para este mercado.
 
¿Beneficio para quién?
 
Más allá de las cuestiones de producción y exportación, hay otros aspectos que se ponderarán con respecto a la expansión de transgénicos y soja en Brasil.
 
Uno de ellos es el costo ambiental. La soja —transgénica y convencional— se extendió por el Cerrado brasileño, provocando una importante deforestación y la expansión de la frontera agrícola en la Amazonía.
 
Este doble crecimiento también fue acompañado por un aumento vigoroso del uso de agrotóxicos en Brasil, llevando al país a la posición alarmante del mayor consumidor mundial de estos productos.

“Aquellos que desean retornar al cultivo tradicional no siempre lo logran, por la falta de semillas convencionales o de infraestructura capaz de evitar la contaminación con variedades GM”

Carla Almeida

 
Es difícil saber en qué medida la expansión de los cultivos transgénicos está relacionado con el aumento del uso de agrotóxicos, pero también es difícil negar esa asociación cuando se conoce el grave problema que enfrentan los productores con el aumento de resistencia de las plagas a los herbicidas utilizados tanto en los cultivos convencionales como en los transgénicos y la necesidad que tienen de aumentar las dosis aplicadas.
 
Además del problema de la resistencia, los altos precios de las semillas, las regalías exorbitantes cobradas por las multinacionales, los riesgos de contaminación de los cultivos, la sequía y la deuda también asustan a los productores brasileños que entraron en la soja transgénica, principalmente los pequeños y medianos, más dependientes de los préstamos y vulnerables a las adversidades naturales y de mercado.
 
Aquellos que desean retornar al cultivo tradicional no siempre lo logran, por la falta de semillas convencionales o de infraestructura capaz de evitar la contaminación con variedades modificadas genéticamente. Por otra parte, la falta de un sistema adecuado de segregación de la producción GM y no-GM es también un problema para el consumidor, que no tiene información confiable sobre los alimentos que ingiere y que ciertamente consume GM, sabiéndolo o no.
 
En este escenario contradictorio, las multinacionales, que representan 36 de las 37 variedades de cultivos transgénicos aprobados para su cultivo comercial en Brasil, no han perdido el tiempo. Tratan de avanzar en las demandas de los productores, con supuestas soluciones a sus problemas, algunos de los cuales ellos mismos han creado.
 
Monsanto, el principal proveedor de cultivos transgénicos en Brasil, lanzará este año su nueva variedad de soja desarrollada especialmente para agricultores sudamericanos, resistente no solo al glifosato, sino también a los insectos que comenzaron a atacar a este cultivo con mayor intensidad después de la expansión de la soja transgénica. La Intacta, como es llamada, costará US$ 115 por hectárea sembrada, muy por encima de los US$ 26 cobrados ​​por la variedad anterior.
 
Nada en contra de la tecnología en sí. Si ella puede ayudar al país a crecer, bien, pero sin que destruya el ambiente y no termine con los otros sistemas de cultivo. La perspectiva de alimentos más nutritivos desarrollados a partir de los transgenes también es buena, por supuesto, a pesar de que mucho se ha prometido y poco se difunde.
 
Si las empresas nacionales entran en el juego, como Embrapa lo empezó a hacer, creando variedades dirigidas realmente a los problemas locales, adaptadas a Brasil y  debidamente avaladas en cuanto a sus riesgos para la salud, el ambiente y la agricultura en general debidamente evaluados, aún mejor.
 
Pero, por ahora, aún no alcanza para celebrar la expansión de los cultivos transgénicos en Brasil.
 
Carla Almeida es periodista científica brasileña y ha colaborado con SciDev.Net desde 2005. Actualmente es editora de Ciência Hoje en línea, un sitio web de comunicación de la ciencia, y hace investigaciones en el área de la comprensión pública de la ciencia.
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